Aunque hace tres o cuatro décadas que la televisión latinoamericana muestra resúmenes de ligas como la española o la italiana, en los últimos años el paisaje del fútbol global que vemos desde este lado del Atlántico cambió a una velocidad increíble.

Un ejemplo es el técnico del Arsenal Arsene Wenger. Muchos lo conocen hoy como un señor en riesgo de ser despedido, a punto de asegurarse su séptima temporada seguida sin títulos tras quedar el sábado afuera de la Copa de la FA.

El problema para su imagen es que, en los primeros nueve de sus quince años al mando de los Gunners, cuando ganó tres ligas — una invicto — y cuatro Copas FA, no teníamos tanto fútbol inglés en la televisión ni era tan grande la oferta de prensa deportiva, en inglés o español, por internet.

Tampoco era tanto, para ser sinceros, el interés que despertaba la liga Premier en los años en que La Liga y la Serie A se disputaban el primer puesto en el paladar internacional.

A medida que los clubes ingleses compraron cada vez más jugadores latinoamericanos, africanos y del resto de Europa, el atractivo de su fútbol subió y también lo hizo el interés de los espectadores extranjeros. Recordemos que cuando los argentinos Carlos Tevez y Javier Mascherano pasaron del Corinthians al West Ham en 2006, la movida fue bastante novedosa para jugadores sudamericanos.

Hoy, si usted tiene tiempo, ganas y televisión de paga, viva en Buenos Aires, Ciudad de México o Los Angeles, puede pasar gran parte de su semana mirando en vivo fútbol inglés y de las otras principales ligas europeas.

Comienza el lunes con los partidos rezagados de las ligas española e inglesa. Sigue el martes y miércoles con la Liga de Campeones, el jueves con la Liga Europa y el viernes con el primer partido de la fecha de la Bundesliga.

El sábado, el desayuno es de la Premier (se recomienda té), el aperitivo (o antipasto) de la Serie A y el almuerzo de España (paellas no, ya que La Liga suele tener doble o triple cartelera y no hay tiempo para siestas). De vez en cuando, se puede condimentar con la Eredivisie holandesa o la Ligue 1 francesa y, el domingo, repetir el menú o mezclar al gusto.

Semejante dieta, hay que decirlo, no es para todos. La mayoría de los seres humanos necesitamos alguna motivación específica para sentarnos casi dos horas a mirar a 22 tipos corriendo una pelota.

Ahí es donde está la gran encrucijada del fútbol de hoy, globalizado hasta el tuétano y con el condimento adicional del Twitter: cada vez hay más hinchas cuya única conexión con su equipo pasa por una pantalla. No es el cuadro del barrio, el equipo del abuelo, la camiseta que seguían por una radio cuando eran chicos, de cuyos goleadores pegaban afiches en su habitación.

¿Y qué?, dirá más de uno. Este tipo de lamentos nostálgico-conservadores siempre suelen sonar a cantinela de viejo, por más que en este caso lo escriba un treintañero.

La disyuntiva pasa por pensar si queremos que el fútbol sea sólo un espectáculo que disfrutar o bien una comunidad de la cual participar.

En el primer caso, al que parece vamos encaminados, la identidad del individuo va mutando en forma gradual de "hincha" a "consumidor". La diferencia es clave: la relación con el consumidor depende de lo que éste reciba a cambio de su dinero (títulos, ídolos, entretenimiento), mientras que el hincha se enorgullece de lo que él le da a su equipo (fidelidad, lágrimas, la devoción de sus propios hijos).

Si los lazos dejan de ser entre un individuo y otros igual que él — canallas, choriceros, manyas, bosteros — para convertirse en una transacción por control remoto entre cliente y proveedor, va a ser más difícil que la comunidad se sostenga.

Imaginemos un caso poco probable pero posible. Como le acaba de pasar al Rangers escocés, los clubes británicos sufren un serio descuento de puntos si entran en un proceso de quiebra. Si un día Roman Abramovich o el jeque Mansur se cansan de invertir en Chelsea y Manchester City y los clubes se ven obligados a ganar más de lo que gastan, teóricamente podrían enfrentarse a ese proceso y arriesgarse a un descenso a segunda.

¿Usted cree que el 100% de los extranjeros que hoy hinchan por el Chelsea o el City seguirían sus campañas en segunda, con menos estrellas, sin grandes rivales, sin transmisión en vivo? De hecho, ¿conoce a alguien que se acuerde cada fin de semana del West Ham, el Deportivo de La Coruña o la Sampdoria?

Ahora, piense en el River Plate argentino y el América de Cali colombiano, que esta temporada están conociendo en carne propia los avatares del ascenso. Antes que el abandono masivo de las gradas, los dos generaron un nuevo fervor entre sus seguidores, orgullosos de estar en las malas junto a su equipo como estuvieron en las buenas.

¿Cuál es la diferencia? El descenso es para estos hinchas una afrenta personal, el comienzo de al menos un año de ser el blanco de las burlas de los vecinos, parientes y compañeros de trabajo. No es algo que se pueda resolver cambiando de canal ni comprando la camiseta de otro club.

Ojalá que, mientras disfrutamos cada vez más de este fútbol global, no nos olvidemos de seguir siendo hinchas además de consumidores. Se sufre más, pero vale la pena.

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Diego Graglia es editor de Deportes de The Associated Press y está en Twitter como @TheDailyDG.