El mayor reto de Ollanta Humala, que asumirá la presidencia de Perú este jueves, es hasta qué punto realizará "la gran transformación del país" que prometió sin dañar el crecimiento económico, duda que mantiene a los peruanos entre la esperanza y el temor.

Frente a las ansias de cambio que manifiesta buena parte de la población del país, especialmente en el interior agrario e indígena, y sobre las que Humala ha construido su proyecto político desde su primera postulación en 2006, la apretada segunda vuelta obligó al próximo mandatario a prometer que mantendría las líneas económicas de la última década.

La pregunta central se perfila entonces en cómo Humala logrará equilibrar en su política las esperanzas de cambio de una población que ansía acceder a ese crecimiento que los números macroeconómicos señalan y el miedo al cambio que existe entre los sectores empresariales y buena parte de la población de la capital Lima.

Los resultados de la segunda vuelta electoral son claros: mientras en zonas del interior del país Humala logró el apoyo de más del 70 por ciento de la población, en Lima perdió con solo un 42 por ciento de los votos.

Aunque los números que el saliente Gobierno de Alan García se esfuerza en repetir muestran un crecimiento económico que ha sido bautizado ya por algunos como "el milagro peruano", buena parte de la población se siente fuera de una fiesta a la que no ha sido invitada.

"García contó con los recursos necesarios para enfrentar los serios problemas de exclusión que vive nuestro país, pero terminó representando a los grupos de poder y enfrentado con millones de excluidos", afirmó el analista Wilfredo Ardito en un reciente artículo.

Precisamente, esta inclusión es otro de los puntos centrales de la propuesta de Humala, un intento por crear un país que, como señala Ardito, ha permanecido dividido entre clases sociales, zonas geográficas e incluso razas.

Aunque los proyectos sociales prometidos por el líder de la coalición Gana Perú jugarán un papel central en este proceso integrador, las mayores espectativas recaen en las formas y maneras con las que el próximo mandatario afrontará los numerosos conflictos sociales y las demandas del interior del país.

Humala ha prometido que buscará dar prioridad al diálogo frente a la confrontación, en referencia a la política que el Gobierno de García ha mantenido durante los últimos cinco años.

Durante su presidencia, García ha calificado varias veces a los sectores opuestos a su política neoliberal de ser como "el perro del hortelano", dijo textualmente refiriéndose a la población indígena que protesta por la explotación de la selva.

Otro de los cambios prometidos por Ollanta Humala es reducir el gran problema de la corrupción, que desde el Gobierno de Alberto Fujimori en los 90 ensucia desde la calle hasta las altas esferas, como muestran los escándalos destapados durante el Gobierno de García, como el que obligó a dimitir al primer ministro Jorge del Castillo.

La polémica por la reunión a principios de julio del hermano del próximo presidente, Alexis Humala, con altos funcionarios de Rusia, ha generado dudas sobre si el nuevo Gobierno heredará lo malo de los anteriores, a pesar de que su partido ha asegurado que dicha reunión no fue a iniciativa de Ollanta.

Sin embargo, hasta el momento las únicas señales que Humala ha dado sobre sus líneas de Gobierno son el gabinete de ministros recientemente anunciado, y en la que se detecta una alta dosis de pragmatismo y un intento por calmar a los que dudaban de su compromiso por mantener la política económica.

El anuncio de Miguel Castilla, que hasta hace unos días ocupaba el viceministerio de Hacienda, como titular de la cartera de Economía va en esta línea y la misma bolsa de valores de Lima que cayó un 12,51 por ciento al día siguiente de la victoria de Humala ha respondido con ganancias desde el anuncio.

Por otro lado, la designación del izquierdista Rafael Roncagliolo como ministro de Exteriores lanza una señal de cambio en las labores diplomáticas, sobre las que Humala ha subrayado su intención de mantener buenas relaciones con todos los vecinos sin tener en cuenta el componente ideológico.