La tensión entre los partidos ultra ortodoxos judíos y el centro secular está marcando estos días las difíciles negociaciones para la formación de la coalición que integre el próximo Gobierno israelí, que estará encabezado por Benjamín Netanyahu.

La entrada en el mapa político israelí del experiodista Yair Lapid como segunda fuerza parlamentaria ha puesto sobre la mesa de las negociaciones uno de los problemas que la clase media laica considera más acuciante, el denominado "reparto de la carga" o, en otras palabras, la exigencia de que el creciente número de ultraortodoxos se eduque, trabaje y cumpla el servicio militar.

Lapid no parece querer dar marcha atrás en sus exigencias, que dificultan enormemente la incorporación al próximo Ejecutivo de los partidos ultra ortodoxos, el sefardí Shas y el askenazí Judaísmo Unido de la Torá, socios tradicionales del Likud, a los que Netanyahu quiere a toda costa dentro de la coalición.

Los ultrarreligiosos se revuelven ante cualquier amenaza a su tradicional forma de vida y consideran que la incorporación al servicio militar y al mundo laboral atenta contra su dedicación devota al mundo de la Torá (Antiguo Testamento), por lo que no apoyarán a un gabinete dispuesto a reducir sus exenciones y privilegios.

Pero el líder del novedoso partido Yesh Atid, cuya principal promesa electoral fue precisamente la distribución más equitativa de las obligaciones militares y económicas, no parece dispuesto a moverse un ápice de sus demandas.

Lapid declaró el miércoles que entiende que el estudio de los textos sagrados es parte de la existencia judía, pero que no debe ser una excusa para que los niños no aprendan matemáticas e inglés, los jóvenes no sirvan a su patria y los adultos no trabajen para mantenerse.

Ha exigido que las escuelas de los haredim (literalmente, temerosos de Dios, como se conoce a los ultraortodoxos) se integren en el currículum que el Ministerio de Educación exige al resto de colegios, un paso clave para que accedan a la educación básica y puedan más adelante encontrar trabajo.

En su página de Facebook, el hasta hace poco presentador de telediarios ha recordado que Maimónides, respetado pensador judío español del siglo XII, estudió en una escuela secular, mientras que otros sabios judíos como Hanmanides y Rashi trabajaron.

Netanyahu, que anhela gobernar al frente de la coalición más amplia posible, a poder ser con más de ochenta diputados (su facción Likud Beitenu cuenta solo con 31), trata de aproximar posturas y de convencer a Lapid de que flexibilice sus peticiones.

Entre los argumentos de Netanyahu está el de que sin los ultra ortodoxos no se puede llevar adelante un verdadero proceso de paz con los palestinos, cuyo reinicio estaba también entre las principales propuestas del programa de Yesh Atid.

Pero éste no parece moverse un ápice de la demanda que le aupó como segunda fuerza política del país: la inclusión de todos a la hora de pagar las facturas y tomar parte en el Ejército.

"Si alguien piensa que hay una posibilidad de que nos unamos a un gobierno sin una ley que diga que todo hombre y mujer joven en Israel debe hacer el servicio militar o social y que ningún sector está libre de esta obligación, deben saber que no ocurrirá", aseguró una fuente de Yesh Atid al diario Maariv.

Altos cargos del Likud han calificado la postura de Lapid de "extrema", "imposible de aprobar", "impracticable" e incluso "exagerada y arrogante".

Los dos líderes se encontrarán hoy para tratar de pulir diferencias, acercar posturas y alcanzar un punto medio que les permita convivir en el nuevo Ejecutivo, que deberá marcar el rumbo del país durante los próximos cuatro años.

Un partido clave para lograrlo puede ser la derecha nacional-religiosa de la formación Hogar Judío, liderada por Nafatalí Benet, que se ha convertido en la cuarta fuerza política con 12 escaños.

Benet apoya también la idea de que los ultra ortodoxos no pueden seguir viviendo en un mundo aparte, ajenos a los esfuerzos que el país exige al resto de la población.