Fueron cientos de miles en sus buenos tiempos, pero ahora sólo quedan en Marruecos algo más de 2.000 judíos, que asisten impotentes al éxodo irreversible de los jóvenes, y tras ellos sus mayores.

Sin embargo, las tumbas de santos judíos diseminadas por todo Marruecos atraen cada año a miles y miles de fieles originarios del país magrebí y atestiguan el tremendo apego que los judíos marroquíes, desde Israel hasta Canadá o Venezuela, tienen hacia la tierra de sus ancestros.

Una de las tumbas más famosas es la de Rabi Amrán Ben Diwan, santo enterrado hace dos siglos bajo un olivo centenario en las cercanías de Uezán, en las estribaciones del Rif, la cadena montañosa del norte de Marruecos.

Allí, cada mes de mayo acuden cientos de judíos de Israel, de Francia, de España y de América para rezar por el santo y pedirle su intercesión, porque tiene fama de milagrero y concede muchos deseos en cuestiones de amores, embarazos y empleos.

Hay quien, como Estrella Beniflah, ha llegado tras un larguísimo viaje de dos días desde Miami para arreglar un problema de pareja con su marido que dura ya 15 años ¿Quiere que el santo le arregle el matrimonio? "Lo que quiero es que me deje en paz y me devuelva a mis hijos", dice con amargura.

Estrella es de origen ceutí, y tiene a sus hermanos y primos diseminados por Gibraltar y la costa del sol española. Se queja de que su marido, judío de origen alemán, es muy distinto a ellos, los sefardíes.

Efectivamente, son los judíos sefardíes, mucho más que los askenazis (originarios del norte de Europa) los que mantienen vivas las romerías ("hilula") que tienen por destino las tumbas de los santos.

David Obadia, vicepresidente segundo de la Federación de Comunidades Judías de España, también es asiduo a la "hilula" de Uezán, ya que -razona- no hay en España tumbas de santos al desaparecer del mapa los judíos en 1492.

Es paradójico que mientras en España viven 50.000 judíos, en Marruecos solo queden 2.500 según los cálculos más optimistas, pero la llama del judaísmo marroquí sigue viva y cada año vienen al menos 40.000 fieles hebreos apegados a sus orígenes.

Estos visitantes hacen su ruta de "hilulas", visitan las sinagogas o sus ruinas, se prosternan en sus numerosos cementerios y reservan a veces hoteles en ciudades como Marrakech y Agadir para celebrar el Pesaj (la Pascua judía) y otras festividades.

Pese a todo ese apego a la tierra de Marruecos de los hijos de Israel, solo quedan actualmente 80 judíos en Rabat, otros tantos en Fez o Tánger (ciudades donde llegó a haber miles), y el único lugar donde queda una "masa crítica" es Casablanca, donde no llegan a 2.000.

Judith Adtías, judía nacida en un humilde barrio de Rabat y emigrada a Francia hace más de 30, todavía adolescente, lamenta haberse marchado de Marruecos, pero reflexiona: "Sencillamente seguimos el movimiento: empezó a haber menos escuelas, no había vida para los jóvenes, comenzamos a marcharnos fuera a estudiar, y al cabo de un tiempo los padres también se van y se cierra la casa familiar".

Con las manos cargadas de velas, Judith se acerca a la tumba del santo Ben Diwan y las arroja, una a una, sobre la fogata que cada mayo se enciende encima de su tumba: por cada vela, el creyente formula un deseo.

Las llamas van creciendo en intensidad, pero las ramas del olivo centenario -según dicen los que saben- nunca se han quemado ni sus hojas han resultado heridas por el fuego.

El Rabino de Tánger Iacov Torjman explica que el santo Ben Diwan "nunca ha querido que se erija un mausoleo sobre su tumba, y todos los intentos han resultado baldíos". El santo prefiere el fuego.

Torjman tiene a sus hijos en Estados Unidos: "Ellos nunca volverán aquí, no hay porvenir para ellos". Sea por razones laborales, por la llamada que Israel ejerce sobre cada hebreo o por la dificultad de llevar una vida de judío con comunidades tan pequeñas, los jóvenes se van para no volver.

Veronique, una judía de Rabat, añade otro detalle sobre el que pocos quieren hablar: "Ya no reconozco el Marruecos de mi infancia; hay demasiadas barbas y demasiados velos; nadie se mete conmigo, pero siento que este país es menos abierto".

La noche de la "hilula" es larga. Tras el rezo -solo hombres- en la sinagoga local, todos pasan a una cena donde se subastan objetos decorativos por la bagatela de 2.000 o 3.000 euros.

Los fondos irán a parar a la Comunidad Judía de Casablanca, que administra los bienes judíos. Unos bienes abundantísimos y dispersos por todo Marruecos, que pronto serán ya materia de los libros de Historia.

Javier Otazu