Marcharon desde su campamento de tiendas en el centro de la capital de Yemen, tomados de las manos y bailando al ritmo de canciones patrióticas que resonaban desde bocinas.

Varios caminaban con bastones, otros traían flores de plástico. Algunos se hincaron para ofrecer la que podría haber sido su última oración.

Pero no pasó mucho tiempo antes de que sonaran los disparos.

La multitud siguió avanzando hacia el tableteo de las armas automáticas y el ulular de las sirenas. Una ambulancia regresó del tiroteo con el primer muerto, trasladado en un cobertor sostenido de las esquinas.

Al concluir el día, las fuerzas de seguridad del régimen habían matado a cuatro manifestantes y casi 40 estaban heridos. Aún así, los manifestantes estaban optimistas al regresar a su campamento mientras coreaban "erhal, erhal", que significa "vete" en árabe.

La de Yemen, con casi 10 meses, es la sublevación popular de mayor duración en la llamada Primavera Arabe de rebeliones en Medio Oriente. Durante ese tiempo ya cayeron los gobernantes de Egipto, Túnez y Libia, y éste último fue muerto. En Siria, donde las protestas comenzaron un mes después que en Yemen, la sublevación se ha convertido en un baño de sangre constante a consecuencia de la represión del régimen de Bashar Assad.

A lo largo de ese tiempo, los manifestantes de Yemen han persistido. A pesar de sufrir repetidos ataques de las fuerzas de seguridad, su campamento de tiendas ubicado en una importante intersección de Saná y al que apodaron "Plaza del Cambio" se ha extendido a las calles vecinas y ha crecido a unas 100.000 personas, duplicándose durante las protestas de los fines de semana.

Se ha convertido prácticamente en un pueblo dentro de una ciudad, conectado a un sistema provisorio de agua corriente y lo suficientemente grande como para que se requiera un servicio de moto taxi para ir de un extremo a otro.

Afuera de sus tiendas, algunos manifestantes han plantado dátiles, que requieren años para crecer, un símbolo de su determinación para apegarse a la protesta el tiempo que sea necesario.

Su combustible propulsor ha sido un poderoso idealismo. La meta inmediata es obligar al presidente Alí Abdalá Salé a dejar el poder, pero en su campamento de tiendas se percibe un sentimiento de que constituyen el núcleo para un "nuevo Yemen" en el que las rivalidades tribales, regionales y políticas que desde hace tiempo han dividido a esta empobrecida nación se derretirán y desaparecerán.

Pero es difícil mantener el idealismo.

Algunos partidos políticos que solían ser aliados de Salé se han unido a los manifestantes en la Plaza del Cambio e incluso la han dominado, lo cual ha incrementado los temores de los activistas de que secuestrarán el movimiento y se conformarán con menos del cambio radical que busca la "revolución".

"Los partidos políticos están tratando con la revolución como una forma de negociar políticamente con el régimen", dijo Jaled al-Ansi, un abogado de 41 años que se destaca entre los activistas. "No nos iremos cuando Salé se vaya. Queremos un estado civil y permaneceremos firmes hasta que lo consigamos".