Cuando se cumple una década de su muerte, la figura del guerrillero afgano Ahmad Sha Masud sigue levantando mucha controversia en su país a pesar de ser en cierta forma el héroe oficial del nuevo Afganistán surgido tras el 11-S.

Muchas calles de Kabul siguen adornadas con la imagen del conocido como "León del Panjshir" -en referencia al valle al norte de Kabul del que era originario-, pero las fotografías del militar están amarillentas y son cada vez más escasas.

Este viernes se conmemoró, con actos en numerosos puntos del país, el asesinato de Masud, ocurrido en la provincia nororiental de Tajar solo dos días antes de los atentados contra las Torres Gemelas.

El principal homenaje, que tuvo lugar en Kabul, no fue presidido por el presidente afgano, Hamid Karzai, algo que algunos medios locales interpretan como una señal de acercamiento del mandatario a los talibanes, contra los que Masud luchó a muerte.

Ahmad Sha Masud empezó a forjar su leyenda durante la resistencia de los "muyahidines" afganos contra los soviéticos, que tuvieron en este auténtico experto en la guerra de guerrillas a su más duro adversario.

En su libro "Ghost Wars" - ganador del premio Pulitzer en 2005-, el periodista estadounidense Steve Coll recuerda que "durante el horror de la ocupación soviética, Masud simbolizó para muchos afganos el espíritu y el potencial de su heroica resistencia".

Pero Coll también relata como la figura del legendario comandante empezó a enturbiarse a ojos de los afganos por su participación en el gobierno del país durante la década de 1990.

"Es difícil perdonar lo que hicieron las tropas bajo su mando durante su etapa como ministro de Defensa antes de la llegada de los talibanes", explica a Efe la diputada Shukriya Barakzai.

"Los que ahora lo ven como un héroe deberían recordar los actos horribles que perpetraron los militares del Gobierno en Kabul", añade Barakzai, en referencia a las masacres que vivió Afganistán por la guerra civil posterior a la marcha de los soviéticos.

Además de los claroscuros de esta etapa en el Ejecutivo, derrocado por los talibanes en 1996, despiertan recelos sus relaciones con potencias occidentales que vieron en él un aliado para luchar contra los seguidores del mulá Omar y capturar a Bin Laden.

Masud fue asesinado por dos supuestos periodistas de origen árabe que hicieron explotar una carga explosiva escondida en una cámara falsa, una acción que se ha relacionado con Al Qaeda aunque no hay pruebas definitivas de ese vínculo.

Tras la caída del régimen talibán dos meses después de su muerte, Masud fue elevado al altar de los héroes afganos por los nuevos gobernantes, en gran parte procedentes de la Alianza del Norte que lideraba el militar.

Pero muchos no dejaron de ver en él una figura controvertida.

"Aunque resulte paradójico, Masud debía su poder al apoyo de las potencias occidentales y su retórica nacionalista no tenía mucho que ver con la realidad de su trayectoria", afirma a Efe Candance Rondeaux, especialista del "think tank" International Crisis Group.

Rondeaux añade que el apoyo de EEUU y sus aliados al comandante del Panjshir encarnan a la perfección el "erróneo y miope" intento de comprar con armas y dinero a los señores de la guerra afganos en su intento de estabilizar el país.

A pesar de su prematura muerte, la figura de Masud aún tiene un peso destacable en la convulsa política afgana, en especial por la presencia de varios de sus allegados en el actual Ejecutivo.

"Gente como Fahim (vicepresidente) o Bismilá (ministro de Interior) provienen del grupo de Masud, aunque su jefe en realidad se avergonzaría de ellos", explica el ex diputado y analista afgano Daud Sultanzoi, una opinión que comparten otros observadores.

"La mayoría de los que dicen ser sus seguidores no entienden realmente cuál era su visión para Afganistán -lamenta Shukriya Barakzai-, lo único que quieren es apropiarse de su nombre y su leyenda para sus propios intereses personales".

Pau Miranda