En una humilde barriada de Copiapó, de visita al hogar paterno, Jimmy Sánchez, el más joven de los 33 mineros de Atacama, revive las secuelas que el encierro dejó en su cabeza y muestra que la popularidad no les ha traído dividendos.

A un año del accidente en una mina de Chile, del que este viernes se cumplirá el primer aniversario, el joven obrero explica, en una entrevista con Efe, que hace ocho meses que afronta esos traumas psicológicos solo, sin ayuda de psicólogos ni pastillas.

"No tomo pastillas para dormir, y antes cuando iba al psicólogo sí lo hacía, y me ayudaban mucho las pastillas, pero espero que algún día pueda superar esto", dice con un halo de esperanza.

Los síntomas son varios. "Paso con mucha angustia, con pena, me gusta estar solo, no me gusta conversar. Ando enojado todo el día. En la noche me acuesto y tengo pesadillas. Me cuesta quedarme dormido", explica.

Aunque, si algo positivo dejó el cautiverio, fue que Jimmy disfruta más el día a día y ahora aprovecha cada momento con su familia, en especial con su padre, Juan Sánchez, que ha levantado en casa un auténtico santuario en honor a su retoño.

Desde que en diciembre pasado le dieron de alta, Jimmy no ha encontrado empleo, aunque no descarta volver a sumergirse en una mina, un trabajo que le sigue gustando a pesar de la dura experiencia reciente.

¿Cómo se explica que esté dispuesto a volver a un yacimiento? "Porque lo que pasamos fue cosa del destino, pero gracias a Dios, estamos acá y ahí que seguir adelante nomás", explica.

Esa falta de ingresos se ha convertido en otra fuente de preocupaciones para Sánchez, quien, como la mayoría de sus compañeros, no ha logrado trocar fama por dinero y sigue viviendo igual que antes de que su rostro saltara a las pantallas.

"Es mentira que seamos millonarios", insiste. Y es fácil creerle, porque las entrevistas, libros y películas basadas en su hazaña no parecen haber cambiado los frágiles cimientos de la vivienda, construida a retazos de hormigón y madera.

En este año, las mejores recompensas fueron las invitaciones para viajar al extranjero, a Estados Unidos, a Reino Unido, a Grecia.

Pero, de todas esas experiencias, Sánchez se queda con su visita a Israel, y el motivo es simple. "Porque pasamos por donde estuvo Dios", dice.

En esos viajes tuvo la oportunidad de compartir risas y fotos con algunos de sus compañeros de encierro, con los que asegura que la relación es "buena", aunque ahora el contacto se ha reducido a ocasiones esporádicas.

"Nosotros nos vemos solo para las reuniones o a veces nos vemos en el centro (de Copiapó), pero de pasada nada más", cuenta.

Los 33, sus rostros y sus nombres, presiden ahora la habitación que su padre ha acondicionado en el piso superior de la casa.

Como si se tratara de un museo de la hazaña, Juan Sánchez ha recopilado todos los objetos simbólicos del paso de su hijo por el yacimiento San José, que llevó a su familia a instalar una carpa permanente en el llamado campamento Esperanza, ahora desaparecido.

Los muros de la habitación, que exhiben algunos periódicos con el drama en la portada, encierran pequeños tesoros, como una reproducción fiel del mensaje en el que anunciaron, tras 17 días de aislamiento, que estaban vivos.

A partir de ese día, se sucedieron decenas de cartas, guardadas con celo por su padre, que Jimmy envió a través de una pequeña cápsula.

"La primera cartita fue la más emocionante, la más impactante, la que nos hizo llorar y todo, pero eran cortitas porque (al principio) no tenían papeles dentro", cuenta su padre a Efe.

Juan Sánchez también exhibe con orgullo la bandera, firmada por los 33, que Jimmy envió desde el fondo de la mina, y el traje especial con el que su hijo salió a la superficie y volvió a la vida, el 13 de octubre del año pasado.

Desde entonces, la popularidad no ha cambiado a la familia. "Algunos (mineros) han hecho algunas monedas más por las entrevistas que han hecho, pero hay muchos que están viviendo igual como siempre", asegura el padre.

Pero, al menos, la experiencia sí les ha ensanchado el corazón. "Con lo que le pasó al Jimmy empecé a valorar más a mis niños, a quererlos, a decirles que les quiero, a abrazarlos de vez en cuando... Nunca tanto tampoco", ríe Sánchez con una mirada pícara, pero limpia, sin ningún resentimiento a la vista.