Al despuntar el alba, un viento gélido barre las cenizas de pequeñas hogueras regadas en las cumbres andinas que rodean La Paz, hacia las que llegan cada agosto centenares de personas para ofrendar a la Pachamama, madre tierra.

En altares de piedra, bajo una cruz, arden fetos de llama, dulces caseros en forma de botellas de diferentes colores, lanas multicolores, cebo de llama, nuez, trigo bañado en pintura dorada, pétalos de flores blancas, hierbas aromáticas e incienso mientras un sacerdote aymara llamado yatiri musita oraciones y aviva las llamas arrojando alcohol.

Cada uno de esos elementos representa a la familia, el trabajo, los negocios, la salud y los estudios. Los devotos rezan oraciones al dios cristiano y a las deidades andinas esperando buenos augurios y luego se marchan.

Si las cenizas quedan blancas es señal de que los deseos se cumplirán, explicó Esteban Torres, un anciano aymara que desde hace 52 años celebra estas ceremonias a cambio de dinero.

Agosto está dedicado a la Pachamama y las ofrendas se extienden todo el mes. La tradición está asociada al calendario agrícola andino.

"Agosto es una época en la cual los espíritus del subsuelo emergen y se van a posesionando de todo el espacio andino, son rituales por la abundancia y fertilidad", explicó el antropólogo Milton Eyzaguirre.

Considerada hereje, esa práctica estuvo proscrita por siglos, pero desde hace varios años va ganando adeptos incluso entre las clases medias de Bolivia, un país indomestizo y de fuertes tradiciones andinas.

Los descendientes de los incas mezclaron sus creencias paganas con las nociones de la fe católica para resistir la persecución durante la colonia y así lograron que sus rituales sobrevivieran.

Según la cosmovisión de los habitantes andinos, la Pachamama despierta de sed y hambre tras el estío y las ofrendas buscan saciarla a cambio de favores. Los altares llamados apachetas se alzan en las cumbres, donde se cree que habitan las deidades.

Las ceremonias comenzaron al amanecer del primer día del mes y se extenderán hasta el 31. Todos los que participan en ellas mastican coca, la hoja casi mística para los indígenas cuya producción excedente va a parar a la fabricación de cocaína.