La red de escuelas bilingües "Yad Be Yad" (De la mano) da a luz este mes a la primera generación de un singular proyecto que busca sembrar semillas de paz entre judíos y árabes por medio del conocimiento mutuo y fomentar la integración en la dividida sociedad israelí.

"Cada judío que estudia aquí sabrá que un árabe no es una amenaza, que no es un monstruo con el que no se puede tratar", dice a Efe Yazen Jalef, de 17 años y para quien la principal contribución de su colegio es que borra "los estereotipos que como árabe tenía de los judíos, y viceversa".

Miembro de la comúnmente conocida como "minoría árabe-israelí" (palestinos que viven en Israel desde 1948), Jalef integra la primera generación de alumnos que se gradua de la escuela tras doce años de estudios.

"Estas cosas pequeñas son las que traerán cosas más grandes (..) como la paz", agrega con un sentido de responsabilidad social inusual en otros jóvenes de su edad.

Un millar de judíos y palestinos, todos israelíes, comparten aula en esta red creada en 1997 por iniciativa de dos educadores -uno judío y otro árabe- que decidieron "ser parte de la solución y no del problema", según Ira Kerem, jefe de relaciones públicas de la llamada en árabe "Id ba-Id".

"Decidieron enseñar a los niños, desde una temprana edad, a no odiarse, sino a respetarse y ser amigos", puntualiza sobre la esencia del proyecto, que ha recibido el apoyo de donantes privados y los gobiernos de EEUU, Gran Bretaña, Holanda y Suiza.

Una ayuda fundamental para hacer frente a los altos costes de una iniciativa que para abrirse paso tiene que dotar cada aula de primaria con dos maestros -uno de cada grupo étnico- y duplicar actos y ceremonias para respetar a cada comunidad.

Como escuela concertada, explica, "el Ministerio israelí de Educación sólo paga la mitad del profesorado".

Por las características del alumnado de sus cinco centros y los objetivos de la red, Yad Be-Yad emerge en entornos geográficos en los hay una masa crítica de población judía y árabe suficientemente grande, y donde puede contribuir a que la sociedad israelí supere una de sus asignaturas pendientes: el sectarismo étnico y religioso.

Con las contadas excepciones de Jerusalén, Haifa, San Juan de Acre, Yafo y algunas otras, la sociedad israelí suele estar repartida entre localidades judías y árabes, entre barrios laicos y seculares, y entre cuatro tipos de escuelas estatales: laica, religiosa, ultraortodoxa-judía y árabe.

Una división que hace sesenta años intentaba garantizar el respeto y la tolerancia hacia todas las comunidades y minorías, pero que con el transcurso del tiempo se ha convertido en una trampa mortal.

Ha perpetuado un sentimiento separatista que aflora con rapidez en el tan común esquema "nosotros-ellos" con el que los adolescentes israelíes, independientemente de si son judíos o árabes, suelen hablar de otros de su edad.

"Yo no quiero que mis hijos vivan las experiencias que yo tuve, todo el tiempo con el miedo en el cuerpo al judío", declara Kifah Harshid, una madre árabe-israelí que tiene escolarizados a dos de sus hijos en el centro de Jerusalén, el más grande de la red con 530 alumnos desde preescolar hasta bachillerato.

Dalit, arqueóloga judía con un niño de seis años en el mimo centro, "no ve ninguna otra solución, más que la educación" a los problemas sociales y políticos en Israel.

Un educación que no está ausente de unos dilemas y obstáculos que se agudizan conforme los niños se convierten en adolescentes.

Paradójicamente, los más fáciles son los de carácter político, para los que Yad Be-Yad aplica una desarrollada técnica de diálogo, respeto y tolerancia que sella en sus alumnos el lema de "permitido discrepar, prohibido pelear".

Estrategia que, sin embargo, no resuelve los problemas de integración que afloran en la adolescencia cuando chicos y chicas descubren la sexualidad.

En lo que es una excepción a la regla, Dalit, la madre judía, asegura sin ambages no tener ningún problema con que su hijo le trajera una novia palestina.

"Aprendería a cocinar las recetas de su madre", afirma sobre si se diera el caso.

Tampoco lo tiene Kifah, la madre palestina, quien sin embargo reconoce que "no le sería fácil" y que "hay aún ciertas diferencias y mis hijos y otros niños árabes entienden que no todo está permitido".

Otro punto de inflexión, político y social a la vez, lo ha experimentado la primera generación de alumnos en los últimos dos años, cuando sólo los adolescentes judíos recibieron sus convocatorias de alistamiento para el ejército, circunstancia que en los próximos meses separará a quiénes han reído y jugado juntos desde la guardería.

Elías L. Benarroch