Raidel Molina, de 21 años y escaso pelo facial, lima con cuidado una parte rota de una mesa antigua que casi le quintuplica la edad.

El siguiente paso será, explica, pegar un pieza de madera en el pedazo roto y después darle forma pacientemente para que iguale la moldura de color oscuro.

"Lo que más me gusta es el detalle", dijo.

Molina es estudiante de segundo año en la escuela taller Gaspar Melchor de Jovellanos de La Habana, donde jóvenes de 17 a 25 años con inclinaciones por el arte y que disfrutan el trabajo manual aprenden el inusual arte de la restauración de objetos históricos.

El curso de dos años incluye lecciones prácticas en todo lo necesario, desde carpintería y albañilería hasta pintura de murales y trabajos en yeso.

Los estudiantes redondean su educación general con matemáticas, historia, lengua y cultura para ayudarlos a comprender las antigüedades que restauran.

Desde su fundación en 1992 bajo un convenio entre la Oficina del Historiador de la Ciudad y el gobierno español, unos 860 graduados han pulido su arte mientras participan en más de 150 proyectos de restauración en La Habana Vieja, un vecindario otrora descuidado al que la UNESCO declaró Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1982 y que actualmente es un gran atractivo turístico.

Los administradores afirman que la escuela ofrece a los alumnos la oportunidad de estudiar algo que les agrade, y posteriormente casi el 70% encuentra trabajos de restauración en el vecindario.

"No me imagino sentada detrás de un escritorio, no soporto el aire acondicionado", dijo Patricia Godínez Alonzo, de 27 años, ex estudiante que se quedó para enseñar cómo restaurar vitrales.

"Mi hermana es contadora y es feliz, pero ese tipo de trabajo me parece monótono", agregó.