El noruego Magnus Carlsen, la nueva estrella de ajedrez mundial, declina ser comparado con el futbolista argentino Leo Messi como medida de su excelencia en el tablero y prefiere, en todo caso, ser comparado con un jugador del Real Madrid, el equipo de sus amores.

La renuncia al apelativo "messiano" ha sido revelada por el representante de Carlsen, Espen Adgestein, durante el Mundial de Madrás, en el que el joven noruego, que cumple 23 años el próximo día 30, arrebató la corona universal al indio Viswanathan Anand, hijo de la villa, por el contundente marcador de 6,5 a 3,5 puntos.

Carlsen reúne dos condiciones para ser llamado "Vikingo". La primera, su procedencia noruega; la segunda, su condición de seguidor "merengue", un "vikingo", como llaman a los seguidores madridistas sus enemigos.

Hace dos años, el nuevo campeón mundial tuvo ocasión de presenciar en el Camp Nou la victoria del Real Madrid en el campeonato de liga (1-2). Adgestein recordó que Carlsen tuvo que guardar la compostura en el campo, pero que, de regreso al hotel, celebró el resultado "como si él mismo hubiera ganado el partido".

"A veces algunos aficionados se refieren a él como +el Messi del ajedrez+ y no le gusta. Prefiere ser comparado con un jugador del Real Madrid y no del Barcelona", comentó el representante al diario The New Indian Express.

El Mundial de Madrás, sin ser fuente inagotable de anécdotas, como ocurrió en otros duelos históricos, registró curiosidades de andar por casa.

Lejos quedan los tiempos en que sobre el tablero se ventilaba, no sólo la primacía entre dos Grandes Maestros, sino también la preeminencia de los imperios o modelos políticos a los que representaban.

En 1972 el encuentro en Reikiavik entre el estadounidense Bobby Fischer, aspirante, y el campeón, el soviético Boris Spassky llevó al deporte-ciencia a la cima de su relevancia universal. Después el ajedrez ha vuelto a tener picos de gran popularidad como en los duelos entre Anatoly Karpov y Gari Kasparov, pero ya sin el enorme revuelo de aquel "duelo del siglo", como se le ha llamado.

La tensión entre Carlsen y Anand, si es que realmente la hubo en Madrás, no admite comparación con las zapatiestas de antaño. Campeón y aspirante se han estrechado la mano antes de las partidas -sin mirarse a los ojos, es cierto- y han compartido rueda de prensa al terminar las partidas, algo impensable en aquellos duelos.

El encuentro entre Karpov y el disidente soviético Viktor Korchnoi -luego nacionalizado suizo- celebrado en Baguío (Filipinas) en 1978, arrojó jugosas anécdotas.

Los contendientes se acusaron mutuamente de propinarse patadas bajo la mesa durante las partidas y los organizadores tuvieron que improvisar una tabla de separación entre los dos.

Korchnoi, obsesionado con los servicios secretos soviéticos, denunció la presencia de un parapsicólogo instalado entre el público con el único propósito de perturbarlo en sus reflexiones.

La psicosis de Korchnoi le llevó a protestar por el yogur que Kárpov solía tomarse a media partida. El suizo denunció que el producto láctico escondía mensajes en clave para Kárpov y exigió que le fuera servido exactamente a la misma hora y siempre del mismo sabor, para evitar los crípticos mensajes. Terminó perdiendo el encuentro.

En el hotel Hyatt Regency de Madrás no hubo verdadera sangre. Es cierto que cada jugador tenía asignado, con nombre y apellidos, su propio ascensor, a fin de evitar encuentros no deseados entre los jugadores, y que la sala de avituallamiento estaba dividida en dos zonas, pero la contienda no ha registrado signos de fricción entre ambos bandos.

A falta de incidentes morbosos, el diario indio revela peculiaridades en torno al nuevo campeón: que es capaz de memorizar miles de partidas; que practica esquí, baloncesto y fútbol; que no tiene novia por el momento; que procura dormir hasta el momento más próximo posible a la partida; que come hora y media antes de jugar y que ha sido elegido entre los hombres más sexys del mundo en 2013 por la revista Cosmopolitan.

Durante todo el encuentro Carlsen se mostró fiel a sus camisas blancas -¿por su condición de madridista?- y marcó distancias con Viswanathan en múltiples facetas ajenas al propio estilo de juego.

En la novena partida, la más excitante de todas, en la que corrió serio peligro pero que acabó ganando, el noruego, absorto en el análisis de la posición, llegó a adoptar una postura casi horizontal en su butaca, en contraste con la formalidad de Anand, hierático y vertical.

El campeón se hacía servir un te por un camarero durante las partidas. Carlsen, levantándose de la silla después de ejecutar un movimiento, prefería aprovisionarse por si mismo en la sala de avituallamiento. Cuando se vio apremiado, en la novena, alguna vez regresó precipitadamente a la mesa, todavía masticando.

Señales inequívocas de que los tiempos han cambiado en el ajedrez. El hombre-máquina ha vencido al simple humano, la juventud (22 años) a la madurez (43). Hay viejos aficionados que añoran el ajedrez romántico y las trifulcas de antaño. Carlsen parece empeñado en imponer la lógica aplastante de la normalidad.