Jose Oliva

Fue la más grande bailaora del siglo XX, revolucionó el mundo del flamenco y se codeó con algunas de las grandes personalidades de su tiempo. Todo eso fue Carmen Amaya, que mañana habría cumplido cien años.

Es difícil poder determinar la herencia que dejó Carmen Amaya desde su muerte el 19 de noviembre de 1963 en Begur (noreste de España), pues el flamenco, como todo arte, evoluciona por acumulación de experiencias, pero lo que sí es seguro es que las generaciones actuales saben poco de aquel mito, que abrió nuevos caminos en el flamenco y revolucionó el baile.

Nacida el 2 de noviembre de 1913 en una barraca del Somorrostro en Barcelona, Carmen Amaya despuntó ya de niña en el baile, una faceta que eclipsaría a la cantante.

La Capitana comenzó a pulir su arte, como recordó Ana María Moix, en "los miserables antros del barrio Chino, en tabernas llenas de prostitutas, borrachos, ladronzuelos y camellos", allí donde la llevaba a bailar su padre, el Chino; y a los 10 años ya bailaba como lo hizo siempre.

De aquellos antros, a los que no se acercaba la burguesía, Carmen Amaya dio el salto y sedujo al público de París, Londres, Buenos Aires, Berlín, México, Los Ángeles, Hollywood o Nueva York.

Llegó a actuar en tres ocasiones en el programa de Ed Sullivan, fue admirada por Toscanini, por Stokovski, seducida por Orson Welles para participar en una película con Marlene Dietrich, conoció a la reina de Inglaterra, protagonizó un gran reportaje en Life, y bailó en la Casa Blanca para el presidente Franklin Roosevelt, que la obsequió con una chaqueta con incrustaciones de brillantes.

Para la fotógrafa Colita, que a los 22 años realizó el reportaje fotográfico de la película "Los Tarantos", de Rovira Beleta, y convivió con La Capitana en los últimos meses de su vida, Carmen Amaya es "una de las grandes bailarinas del siglo XX, que se podría comparar a Nijinsky o Diáguilev".

Movía los brazos y las manos como sus antecesoras, recordó Moix, pero tenía "una fuerza descomunal en los pies y picaba el suelo con una energía nunca vista en una bailarina", con un taconeo que sólo se podía apreciar en los bailarines masculinos.

Las bulerías, la soleá, el taranto, el fandango, las alegrías,las seguiriyas, el garrotín se suceden en el escenario de una manera endiablada, fluyen de una Carmen embutida con pantalones negros y chaqueta corta blanca, y luego esos ojos, esa mirada tan profunda que se alimenta de un estado casi de éxtasis.

Aunque Carmen Amaya despertó un enorme fervor popular, pocos intelectuales se hicieron eco de su arte, con las contadas excepciones del crítico de arte Sebastià Gasch, de Gonzalo Ruano o de algún otro escritor.

La escasa presencia pública de Carmen Amaya en su ciudad natal, con una fuente en la Barceloneta y una escultura perdida en la montaña de Montjuïc, son testimonio del olvido al que su arte y su figura fueron condenados durante años.

La efeméride del centenario del nacimiento, aún pendiente de confirmar el año de nacimiento -algunas biografías sostienen que nació en 1917 o 1918- y de los 50 años de su muerte han servido para paliar ese ostracismo con el Año Carmen Amaya, que ha inundado Barcelona y otras poblaciones catalanas de espectáculos, de proyección de películas y de presentaciones de publicaciones.

La última novedad es el libro "Carmen Amaya" (Ediciones Bellaterra), escrito por David Pérez y Montse Madridejos, y prologado por el novelista Juan Marsé, que se presentará el 5 de noviembre en el marco de la IV edición del Festival Carmen Amaya. EFE

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(La Fototeca dispone de una colección de Carmen Amaya en http://bit.ly/16xDPYc)