La cárcel ha sido un destino casi ineludible para muchos poetas: Miguel de Cervantes, Oscar Wilde, Fray Luis de León, Henry Thoreau. El poeta va a la prisión siempre, o casi siempre, por razones de política, por pasiones desatadas o por contravención a los cánones morales vigentes.

Pero en el caso de Álvaro Mutis, el gran poeta y narrador colombiano que murió hace un mes en México, su paso por la prisión tuvo razones más mundanas: por derrochar dinero ajeno de la petrolera Esso, donde trabajaba como relacionista público en Bogotá, para dárselo a artistas en diversas formas. Luego, la empresa lo denunció por malversación de fondos.

El episodio, ocurrido en 1959, es terriblemente revelador de la vida del escritor por asuntos triviales y fundamentales. Por una parte, se podría decir que en consonancia con la estética preciosista y cuidadosa de Mutis, con esa sonoridad particular de sus versos y su prosa, el penal donde terminó recluido tenía que tener un nombre bello: Lecumberri, cárcel de la ciudad de México.

Pero, además, confirma la que parece ser la parábola vital de Mutis: fue un eterno empleado que casi nunca vivió de escribir sino de trabajar en las cosas más prosaicas, contradictorias y ajenas a la imagen romántica de un poeta, a diferencia de otros escritores que han vivido de dictar conferencias, hacer consultorías, dictar clases e, incluso, vivir de sus libros.

Mutis fue locutor, actor de radionovelas, vendedor de publicidad, relacionista público, y comercializador de series de televisión. El grueso de su obra narrativa lo produce luego de pensionarse, en 1988.

Pero es un eterno empleado que se cultiva y se rodea de la alta intelectualidad donde quiera que está. Es en ellos, justamente, en quienes se gasta la plata que lo llevará a la cárcel. En el libro "El reino que estaba para mí, conversaciones con Álvaro Mutis", del escritor colombiano Fernando Quiroz, el poeta explicó lo sucedido:

"En realidad no sé en qué momento empecé a disponer de ese dinero, mediante recibos que firmaba a nombre de entidades inexistentes", dijo. "Esa plata, sin embargo, jamás llegó a mi bolsillo. La utilicé para organizar fiestas y homenajes como el que alguna vez realizamos con un amigo para celebrar los 300 años de la muerte de Brillat- Savarin... uno de los padres de la cocina francesa, para el cual mandamos traer de París hasta el pan y la mantequilla".

Con un proceso penal en su contra, Mutis se fugó a México con su mujer y dos hijos. Pasó apuros aunque de inmediato conoció a Octavio Paz, Carlos Fuentes, y Luis Buñuel. Vivió unos meses en casa del pintor Fernando Botero e ingresó sin complejos y sin pretensiones, al círculo de la élite cultural mexicana.

El terminar preso fue el punto de quiebre más importante de su vida. Fueron quince meses de rozarse, compartir e interactuar con humanos de las condiciones más extremas, con todas sus miserias y grandezas en plena ebullición. Allí vivió lo que nunca antes había visto de cerca: el desamparo, la pobreza, la barriada. La cárcel le cambió los paradigmas.

Pese a los esfuerzos de muchos intelectuales ante el gobierno mexicano, nadie lo pudo sacarlo del penal pues cuando las gestiones parecían tener éxito, la embajada de Colombia lo hundió al decir, en una carta, que quien estaba preso no era Mutis sino un impostor.

El director de la cárcel se dio cuenta, entonces, del personaje que tenía entre sus manos y lo puso a hacer tareas administrativas, labor delegada a ciertos reos, y que se les compensaba con algunos privilegios. Claro, privilegios incomparables a los que estuvo acostumbrado buena parte de su vida.

Cuando Álvaro Mutis nació en Bogotá, en 1923, su familia podía hacer alarde de uno de los apellidos más prestigiosos del país. El tío abuelo de su tatarabuelo era el español José Celestino Mutis, un científico que vino a las Indias e hizo la primera taxonomía de la flora y botánica del virreinato de Nueva Granada (Venezuela, Colombia, y Ecuador).

Sinforoso, el tatarabuelo, fue uno de los firmantes del acta de independencia colombiana. El padre de Mutis fue secretario de dos presidentes de la república. Su madre pertenecía a una familia de terratenientes de Medellín.

A sus dos años, empezó a viajar por el mundo cuando a su papá lo nombraron embajador en Bélgica. Ir a pasear o de compras a Roma, Londres, o París se volvió parte de su cotidianeidad. La muerte del padre los hizo volver a la finca de su madre cerca al río Coello, en la provincia del Tolima, a unos 300 kilómetros al suroeste de Bogotá. Mutis tenía nueve años.

Fue un cambio brutal: de la apacible y encorsetada Bruselas a los ardientes llanos del Tolima, rudimentarios, en eclosión constante de vida, con leyes simples y libres. Esa rara combinación entre el trópico feraz, sensual, agresivo, y la erudición, las filigranas barrocas, y el anacronismo imperial, será la dualidad por entre la que se deslizará toda su obra.

"El gran legado de Mutis es haber nombrado ciertos territorios de esta geografía nuestra que nunca antes nadie había nombrado de esa manera sutil, elegante, elevada", dice el poeta colombiano Fernando Herrera. "Él consiguió hacer existir un paisaje. Si bien Aurelio Arturo ya había nombrado esas cordilleras y esos parajes del sur, Mutis les dio una vida especial. Él descubrió para el mundo el Quindío, los valles de ríos calientes, los cafetales, todo dentro de un lenguaje precioso y con una trascendencia humana que nadie había conseguido".

La vida en Coello es abiertamente feliz y holgazana, de caminatas, de río, de atardeceres desde la terraza donde lee mucha poesía francesa, inglesa, colombiana. Tal vez por eso fue imposible volverlo a la realidad del colegio en Bogotá, al llegar la adolescencia.

La lectura y la afición al billar en cafetines del centro bogotano hicieron que el rector del colegio del Rosario lo despidiera. Y Mutis, el cultísimo, el ilustrado, agregó a sus muchas singularidades la de nunca haberse graduado de bachiller y nunca pisar una universidad; no como alumno, al menos.

Mutis se volvió entonces buena vida: uno muy cultivado que se jactará de preparar los mejores Martinis; un sibarita autodidacta, apolítico y conservador.

"Nunca he participado en política, no he votado jamás y el último hecho político que me preocupa de veras es la caída de Bizancio a manos de los infieles en 1453", dijo en una autobiografía. "Soy gibelino (partidario de los emperadores de la Edad Media), monárquico y legitimista".

Tal vez haya algo de pose en esa declaración porque en el fondo Mutis no era muy afecto a los sacerdotes y abominaba a los derechistas, como le dijo en una entrevista al escritor Héctor Abad Faciolince en 1993.

Pero más de una vez hizo ostensible su convicción en la monarquía y el "error histórico" de la independencia latinoamericana de España. Juan Gustavo Cobo Borda, en el libro Lecturas Convergentes, dijo que el poeta inició una charla en una universidad de Puerto Rico con un saludo pidiendo libertad para la isla, pero para devolvérsela a su "legítimo poseedor, el rey de España".

Uno de los grandes misterios de la literatura colombiana, e inclusive latinoamericana, es cómo pudo Mutis, ese reaccionario conservador, sostener una entrañable amistad de casi sesenta años con el izquierdista y combativo Gabriel García Márquez. Son dos antípodas en lo ideológico y literario, pues García Márquez crea para el mundo un trópico caótico, telúrico, abrupto, mientras que Mutis es el importador del cultismo europeo, de la estética ilustrada, a ese trópico germinal.

La historia dice que los presentó otro escritor en Cartagena, Gonzalo Mallarino, a quien Mutis llevó por primera vez a conocer el mar cuando manejaba la propaganda de una aerolínea.

"Ese encuentro parecía ser en verdad el primero hasta una tarde... cuando le oí decir a Mutis algo casual sobre Félix Mendelssohn", dijo el Nobel colombiano en "Homenaje al Amigo", texto publicado en el diario El País de España. "Fue una revelación que me transportó de golpe a mis años de universitario en la desierta salita de música de la Biblioteca Nacional de Bogotá... Entre los escasos clientes del atardecer yo odiaba a uno de nariz heráldica y cejas de turco, con un cuerpo enorme y unos zapatos minúsculos como los de Búfalo Bill, que entraba sin falta a las cuatro de la tarde, y pedía que tocaran el concierto de violín de Mendelssohn. Tuvieron que pasar 40 años hasta aquella tarde en su casa de México, para reconocer de pronto la misma voz estentórea, los pies de Niño Dios. Carajo, le dije derrotado. De modo que eras tú".

En el exilio mexicano, la amistad de los escritores se hizo incondicional y se reafirmó en numerosos viajes por el mundo, algunos de placer con sus familias. Alguna vez, como evoca García Márquez en ese texto, estuvieron a punto de morir en Francia cuando el auto que él manejaba saltó de la vía y terminaron cayendo a un viñedo de Provenza.

El accidente no dejó heridos. En el libro "Celebraciones y Otros Fantasmas", el escritor Eduardo García Aguilar rememoró a los dos amigos caminando por Alejandría, Egipto, y constatando que era el sitio más parecido a Barranquilla que podía hallarse en el mundo.

"Era tan exacto a Barranquilla", dijo Mutis "que nos dimos cuenta de que el mundo es igual, salvo excepciones como París".

Tal vez él, o Carlos Fuentes, fueron los primeros que leyeron el borrador de "Cien años de Soledad". Desde entonces fue uno de los lectores de casi todo lo que ha producido el creador de Macondo. Mutis le regaló la idea de escribir "El general en su laberinto", tras decidir que su novela sobre un supuesto manuscrito perdido de un coronel polaco sobre Bolívar no era un buen intento.

Con todo, el mejor recuerdo de esta inveterada amistad, fue la noche cuando García Márquez recibió la llamada que le anunciaba el Nobel en 1982. Mutis llegó en la noche a su casa y desde la puerta escuchó risas. Adentro estaban Mercedes, su esposa Carmen, y el galardonado tomando vino. Le soltaron lo del premio y tuvieron que contenerlo para que no llamara a contar lo sucedido.

Luego, las palabras que leyó el Nobel colombiano en la cena con el rey Carlos Gustavo de Suecia las escribió Mutis porque García Márquez no tuvo tiempo para redactar ese texto y el discurso de aceptación del premio literario.

Mutis es un novelista tardío, un hombre que produce más de la mitad de su obra narrativa luego de cumplir los sesenta años, y cuya primera novela, "La nieve del almirante", se publica cuándo va a cumplir los 64 años.

El Mutis antes de cumplir los cuarenta es, fundamentalmente, un poeta. Mientras vive en Colombia publica "La Balanza" (1948), "Los elementos del desastre" (1953) y "Reseña de los hospitales de ultramar" (1955). Con "La balanza" ocurre una anécdota inolvidable, como rememora Álvaro Miranda en el libro "Tras las rutas de Maqroll el Gaviero", y es que salió a la venta el ocho de abril y el nueve ya no había ni un solo ejemplar de los 500 impresos.

Todos los quemó la turba en "El Bogotazo", la asonada popular que dejó en ruinas el centro de Bogotá, luego de que cayera asesinado el caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán.

En Lecumberri le dará forma al cuento "La muerte del estratega", "El último rostro" y al "Diario de Lecumberri". Luego, ya instalado para siempre en México, vendrán "Los trabajos perdidos" (1965), "Summa de Maqroll el Gaviero" (1973), "Karavansary" (1981), "Los emisarios" (1984), y "Un homenaje y siete nocturnos" (1986).

Maqroll, protagonista de muchos de sus versos, es uno de los pocos personajes de la poesía que dio el salto para convertirse en protagonista de varias novelas. Es un "Simbad El Marino" extraño, de tiempos modernos, que combina erudición, apetito lector y arrestos de aventurero. Mutis, en el libro de Eduardo García Aguilar, dijo que "desde el principio de la aparición de Maqroll, en mis primeros poemas, es un hombre de una formación si no sólida, muy rica por lo menos".

"Cuando en mi adolescencia leí 'Los elementos del desastre' y 'Memoria de los Hospitales de Ultramar', sentí que la naturaleza no era un espacio ajeno al ser, sino el verdadero lugar de expresión de su existencia", dice el novelista y cuentista colombiano Guido Tamayo. "En esos poemas la condición humana precaria e inútil se manifestaba a través del paisaje feroz, húmedo y calcinante del trópico. Una metáfora perfecta para atrapar la ingenua, pero a la vez estimulante voluntad del hombre por alcanzar retazos de felicidad y sosiego".

Solo en 1973 cobrará vida su primera novela, la famosa "La Mansión de Araucaima", llevada al cine una década después. Su primer borrador se escribió a mediados de los cincuenta, recién llegado a México y luego de conocer a Luis Buñuel. Éste último defendía que en el trópico no se podía escribir una novela gótica y Mutis le llegó un día con ese "relato gótico de tierra caliente". Fernando Quiroz, en su libro, revela que Buñuel le prometió llevarla al cine pero la promesa nunca se cumplió.

A punto de jubilarse, a los 65 años, Mutis detiene misteriosamente su producción poética y se dedica de un modo febril a explorar la narrativa a la que nunca le había puesto mucho cuidado, tanto que él mismo admite, en entrevista con Héctor Abad Faciolince, que llegó a quemar dos novelas que estaban casi listas. Una era la de Bolívar y la otra titulada "Cuando Dios bajó a Anagaima".

Es tan intensa la producción de este tiempo de nuevo pensionado que conseguirá escribir y publicar siete novelas en seis años: "La nieve del almirante" (1986), "Ilona llega con la lluvia" (1988), "Un bel morir" (1988), "La última escala del Tramp Steamer" (1989), "Amirbar" (1990), "Abdul Bashur, soñador de navíos" (1990), y "Tríptico de tierra y mar" (1993).

Su obra, tanto poética como narrativa, aún la más culterana, la más erudita y hasta un tanto pretenciosa, siempre tiene unos ecos locales en el paisaje de Coello, el Tolima colombiano. Mutis es un desarraigado que nunca pudo desarraigarse del calor, la concupiscencia, el estruendo de vida que significa el trópico.

Y como escritor tardío, Colombia también se tardó un tiempo largo en reconocerlo como uno de sus grandes. Sólo hasta 1974 le dieron el Premio Nacional de Literatura, y nueve años después, el Premio Nacional de Poesía, cuando ya Mutis tenía seis décadas. México le concedió, en 1988, la más alta distinción del país: Comendador del Águila Azteca. De ahí hasta 2005, llovieron 15 premios entre grandes y pequeños, incluida la Orden de las Artes y las Letras, en el grado de Caballero, del gobierno de Francia, la Gran Cruz de la Orden Alfonso X, en España, el Príncipe de Asturias, el Reina Sofía de poesía y, el más importante de todos, el premio Cervantes, en 2001.

Desde 2005, la biblioteca del Instituto Cervantes de Estambul, en Turquía, se llama Álvaro Mutis.