Ocho minutos antes de terminar el encuentro, cuando el portero hondureño Noel Valladares mataba el tiempo con el balón entre sus pies, empezaron a sonar los cohetes por la ciudad de Tegucigalpa.

Era el preámbulo de una fiesta que había tomado forma desde el medio tiempo del partido en Kingston, cuando Honduras ganaba 2-1 sobre Jamaica para asegurar su clasificación al Mundial de Brasil. El resultado finalmente fue 2-2, de todas formas suficiente para que los hondureños se clasificaran a la Copa del Mundo.

En la Plaza San Martín, más de un centenar de personas ataviadas con la camiseta azul y blanco de la selección catracha celebraban adelantadamente la tercera clasificación a un Mundial, y la segunda consecutiva. El empate no opacó los ánimos. No importaba el resultado, sino el festejo.

Por una noche en Tegucigalpa, los hondureños salieron a la calle sin temor de que las explosiones que escuchaban a lo lejos no eran disparos sino cohetes que representaban la alegría de todo un país.

Cuando sonó el silbatazo final, hombres y mujeres de todas las edades gritaban y saltaban eufóricos a lo largo del céntrico Bulevar Morazán, el lugar histórico de los triunfos deportivos, armados con banderas, silbatos y pólvora para una fiesta que, a pesar de ser un martes, duraría toda la noche.

En una ciudad habitualmente vacía después de anochecer debido al peligro y la inseguridad, los atascos de tráfico y los cláxones ocuparon por una noche la capital más peligrosa del mundo. Hasta las luces de los semáforos se unieron a la celebración.