Durante días había escuchado insistentes rumores que hablaban de un inminente golpe de estado. La fecha escogida por los militares y quienes los apoyaron fue un 11 de septiembre.

Ese martes de 1973 llegué muy temprano a la oficina sin saber que no iba a volver a casa por cuatro días por el toque de queda que decretó la junta militar.

Salvador Allende también apresuró su llegada al Palacio de la Moneda. Desde la oficina vi cómo pasaba la caravana presidencial dos horas antes de lo acostumbrado. Cuando se detuvo en un semáforo pude identificar al vehículo que llevaba al primer presidente socialista de Chile.

Eran los tiempos de la radio: las emisoras del país anunciaban que el puerto de Valparaíso había sido tomado por la Armada pero el anuncio oficial del golpe vino de labios del almirante José Toribio Merino, que a las 08.30 de la mañana anunció que esa institución se había sublevado contra el gobierno.

Poco después, escuchamos a un locutor que leía un bando militar que informaba que las fuerzas armadas llevaban a cabo un golpe encabezado por los comandantes en jefe de las cuatro fuerzas. El decreto decía que las fuerzas armadas "están unidas para iniciar la histórica y responsable misión de luchar por la liberación de la patria del yugo marxista".

"El presidente debe proceder a la inmediata entrega de su cargo de las fuerzas armadas y carabineros de Chile", dijo con dramatismo el locutor.

Luego habló Allende en la primera de cinco intervenciones en emisoras afines y confirmó que "la marinería habría aislado Valparaíso... lo que significa un levantamiento contra el gobierno".

Veinte minutos más tarde dijo que había ordenado a tropas del ejército dirigirse al puerto a "sofocar el intento golpista" y afirmó que defendería el gobierno con su vida: "sólo acribillándome a balazos podrán impedir la voluntad del pueblo".

Allende siguió hablando por la radio. Narraba su propia tragedia y la de un país que hasta entonces era la democracia más estable de América Latina. "En estos momentos pasan los aviones", dijo. "Es posible que nos acribillen".

Mientras Allende le decía a sus "compañeros-trabajadores" que pronto saldría del aire porque la fuerza aérea había bombardeado radio Magallanes, emisora que lo transmitía en vivo, un nuevo anuncio militar le daba un plazo perentorio para rendirse. En caso contrario, aviones caza atacarían la Moneda "a las 11.00 horas".

Fue entonces cuando el líder socialista pronunció sus famosas palabras finales. "No voy a renunciar, colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor".

Los militares no fallaron a su puntual amenaza. Dos aviones Hawker Hunter desataron un bombardeo furioso sobre el palacio, que estalló en llamas. Tanques y tropas del Ejército rodearon el edificio. Sentimos los impactos y vimos las columnas de humo rojizo elevarse en el horizonte. "Atacaron el palacio de la Moneda", le grité al periodista Luis Martínez justo a la hora señalada.

Aún con el toque de queda que ya había sido decretado, Martínez y yo salimos a la calle hasta el diario El Mercurio, subscriptor de la AP, para confirmar la versión del suicidio del mandatario. Juan Enrique Lira, jefe de fotografía del diario, y quien estuvo en el palacio, confirmó a Martínez que Allende estaba muerto.

Pasado el mediodía, camiones con soldados se empezaron a tomar las calles del centro. Curiosos se acercaron peligrosamente para atestiguar la caída del gobierno que se resistió hasta el último momento.

En medio del fuego, las tropas del ejército doblegaron la desigual pero porfiada resistencia armada de Allende y de un puñado de sus leales. Cuando lograron ingresar al palacio encontraron al presidente muerto con la ametralladora que le había regalado su amigo Fidel Castro entre sus manos.

El regreso desde el diario El Mercurio a la oficina fue azaroso. Cuando transitábamos por la céntrica calle Ahumada, nos encontramos de frente con un tanque desde donde un militar gritaba a los transeúntes retirarse a la carrera a sus casas. Corrimos al cercano hotel Crillón pero al llegar un empleado nos cerró las puertas e ignoró nuestras súplicas.

Lo peor fue que en ese momento, en la acera enfrente, avanzaba una columna de comandos "boinas negras". La columna se detuvo frente a nosotros y disparó hacia el segundo piso, destruyendo de paso una hermosa cúpula de vidrio que cayó a nuestros pies.

Los militares nerviosos vieron que desde el segundo piso del edificio varios huéspedes tomaban fotos con flashes. La ráfaga de disparos dejó herida en un ojo a una camarera del hotel.

Cuando recuperábamos el aliento se abrieron las puertas del lugar. Un turista italiano había obligado a los empleados a permitirnos el refugio.

Al anochecer, tras intensos enfrentamientos entre soldados y partidarios del gobierno izquierdista en la capital, una junta militar encabezada por el general Augusto Pinochet anunció la caída del gobierno de 1.000 días de Allende.

Entre tanto, nuestros colegas recibían disparos en el décimo piso de la oficina por haber violado la prohibición de encender luces en la noche. Volvimos a la oficina el día siguiente tras recorrer las calles de prisa y con las manos en alto. No teníamos comida, pero "doña Nena", quien administraba un elegante burdel ubicado un piso más abajo, se compadeció y nos mandó una olla con frijoles y otra con tallarines.

De regreso a nuestros hogares, al cuarto día del golpe, vimos una ciudad ocupada, sitiada y cuando pasamos por la avenida Santa María, junto al río Mapocho, que parte en dos el centro de Santiago, vimos a un grupo de bomberos que bajaba hacia el cauce del río. Vimos que rescataban al menos cuatro cadáveres de hombres desnudos, arrastrados lentamente por las aguas.

Iniciaba una dictadura de 16 años y medio. El día del golpe el comandante en jefe de la fuerza aérea, general Gustavo Leigh, había dejado en claro lo que se venía en los siguientes años: "Hay que erradicar de raíz el cáncer marxista", dijo.

Esos muertos del río fueron de las primeras víctimas de la dictadura que, según cifras oficiales, alcanzó a 3.197, y a un millar de ellos detenidos-desaparecidos.

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A la verificación y confirmación de estos hechos narrados contribuyeron el periodista Luis Martínez y el fotógrafo Santiago Llanquín. Desde Buenos Aires, el fotógrafo Eduardo Di Baia.