La drástica disminución de casos de lepra -enfermedad que afecta a más de 200.000 personas cada año- a finales de la Edad Media se debió a que los humanos se hicieron más fuertes frente a ella y no a una mutación genética de la bacteria, según acaban de descubrir científicos en Suiza.

En la Europa medieval, la lepra era una enfermedad común y en algunas regiones afectaba a una de cada treinta personas, pero a finales del siglo XV disminuyó en la mayor parte del continente por causas que los científicos aún no habían conseguido dilucidar.

Aunque la lepra es vista, de manera general, como una enfermedad del pasado, en ciertas zonas del mundo sigue siendo endémica, concretamente en Brasil, Filipinas, la India, Indonesia, Madagascar, Mozambique, Nepal, la República Democrática del Congo y Tanzania.

Un grupo de científicos de la Escuela Politécnica Federal de Lausana (EPFL), en Suiza, decidió comparar el genoma de cinco cepas de "Mycobacterium leprae" extraídas de restos humanos medievales en el Reino Unido, Suecia y Dinamarca con cepas de lepra contemporánea para determinar si la bacteria había evolucionado para hacerse menos virulenta.

El grupo de investigadores, integrado por biólogos y arqueólogos de distintos países y codirigido por el británico Steward Cole, desarrolló un método extremadamente sensible que permitió separar el ADN bacteriano -sólo un 0,1 por ciento del total de los restos analizados- del ADN del material humano.

Gracias a este procedimiento se consiguió reconstruir de forma muy precisa el genoma de la lepra medieval.

"El genoma de las cepas medievales es casi exactamente igual que el de las actuales y su forma de actuar no ha cambiado. Si la explicación de la disminución de la lepra no se encuentra en su agente patógeno, es necesario buscar en nosotros mismos", explicó Cole.

La investigación concluyó que fue el hombre el que se hizo más resistente a la enfermedad.

"Se reunieron todas las condiciones para poner en marcha un proceso de selección natural: una prevalencia extremadamente fuerte del virus y el aislamiento social de los infectados", según el investigador.

Cole señaló que los enfermos de lepra, al encontrarse apartados de la sociedad, se vieron obligados a procrear menos y, por tanto, los que continuaron reproduciéndose en mayor medida fueron los más resistentes, que no contrajeron la enfermedad.

"Hay otros estudios que han señalado que los europeos son más resistentes a la enfermedad que el resto de la población mundial por motivos genéticos. Este razonamiento va en el mismo sentido que nuestra hipótesis", agregó.

Independientemente del interés histórico del hallazgo, el EPFL considera que el estudio puede ser muy importante para una mejor comprensión de las epidemias y el funcionamiento del agente patógeno de la lepra.

"Los métodos para desvelar la secuencia del ADN se sitúan entre los más precisos jamás puestos en marcha", según la institución.

Además, la gran resistencia del material genético de la "Mycobacterium leprae" -probablemente debido a su gruesa envoltura celular- deja entrever la posibilidad de estudiar otras cepas más antiguas.

Esto permitiría comprender mejor la lepra y las condiciones para su aparición.

La lepra -cuyas lesiones más evidentes se observan en la piel, los nervios, extremidades y ojos- se multiplica muy despacio y el periodo de incubación de la enfermedad es de unos cinco años, mientras que los síntomas pueden tardar hasta veinte años en aparecer.

Contrariamente a la creencia popular, esta enfermedad es muy poco contagiosa y requiere para ello de un contacto muy estrecho y frecuente con enfermos no tratados. Lourdes Abad