El constructor de la catedral de Panamá ya ha sido olvidado, pero a mí, que la quemé, quizá me recuerden durante unos cien años", escribía el estadounidense John Steinbeck en 1927 en su novela "La taza de oro", en la que recrea la vida de Henry Morgan.

Pues no solo un siglo después, sino casi 350 años más tarde, los jóvenes de la Ruta Quetzal BBVA evocaron su figura al pisar las ruinas de aquella primigenia Panamá, la que fundara en 1519 el gobernador Pedrarias Dávila y arrasara en 1671 el pirata británico, hoy bautizada como Sitio Arqueológico Panamá Viejo y situada en las afueras de la actual capital del istmo.

Sentados en la hierba que crece entre los restos de aquella ciudad, denominada Taza de Oro por el esplendor que se respiraba en los siglos XVI y XVII como el paso obligado que era en el comercio entre Perú y la Vieja Europa, los "ruteros" asistieron al cierre del programa académico de esta XXVIII edición.

La historiadora Carmen Mena ofreció una conferencia, titulada "La sociedad panameña en el siglo XVI", en la que explicó a los jóvenes el origen de la ciudad de Panamá, las características de su población, la debilidad de su situación y, finalmente, su destrucción, que obligó a su traslado, en 1673, al actual Casco Antiguo.

"Parece falso que los piratas incendiaran la ciudad. Fueron los españoles quienes prenden fuego a los cuatro costados para evitar que Morgan se quede con las riquezas. Hay crónicas de la época en las que ellos lo confiesan", aseveró la profesora de Historia de América de la Universidad de Sevilla, quien desmintió así una de las tesis más defendidas a lo largo de los siglos.

La ciudad a la que llega Morgan, animado por la sed de oro y riquezas varias, ocupaba 28 hectáreas y era el primer núcleo urbano fundado por europeos a orillas del mar del Sur, avistado seis años antes (1513) por Vasco Núñez de Balboa, y la más antigua de las capitales de tierra firme en suelo americano.

Según relató Mena, los indios cuevas habitaban aquel lugar cuando llegaron los españoles, lo que explicaría una de las versiones que circulan en torno al origen del nombre de Panamá, pues en su lengua significa "lugar donde abunda el pescado". En opinión de la historiadora, "coincidiría con que los primeros conquistadores sobrevivieron gracias al pescado".

En aquella sociedad, que era "un trasunto de la castellana", afirmó Mena, convivían personas de casi todos los oficios -excepto abogados, que estaban muy mal vistos-, aunque la mayoría se dedicaba al comercio y servicios en general.

El terreno en que se asienta, con un río a cada lado y un pantano a sus espaldas, provoca que la ciudad sea "estrecha y larga", detalló la historiadora, repleta de "viviendas funcionales y no de casas coloniales como en otras ciudades americanas", construidas en su mayoría con madera y no con piedra, porque sus habitantes eran "gentes de paso".

No obstante, según explicó Mena, "esta ciudad fue de todo menos tranquila", ya que se convirtió en un "hervidero de pasiones y conspiraciones", en la que los indios cueva sobrevivieron apenas 40 años tras la fundación y cuya mano de obra barata fue sustituida por la de los esclavos negros.

"Balboa hubiera reforzado las murallas y anegado el acceso. El ejército de Pizarro habría salido al encuentro de los bucaneros para cortarles el paso en el camino del istmo. Pero aquellos tiempos intrépidos habían pasado ya. Los mercaderes de Panamá solo pensaban en sus posesiones, sus vidas y sus almas (por este orden preciso)", noveló Steinbeck acerca de las fisuras que la ciudad presentaba en su seguridad.

Y aunque desde 1531 hubo intentos de traslado por la insalubridad del terreno y en 1539 ocurrió el primer gran incendio en Panamá, no fue hasta el ataque de Morgan en 1671, que evidenció sus carencias defensivas y supuso su destrucción total, cuando se tomó la decisión de refundarla, ya bajo el reinado de Carlos II en España.

La XXVIII edición de la Ruta Quetzal BBVA empezó a despedirse hoy de Panamá, pues una parte de la expedición voló hacia Madrid, pero aún quedan por delante las etapas en España y Bélgica, además de un breve paso por París, antes de su conclusión el 23 de julio.

Y, mientras, el pirata Morgan podrá seguir presumiendo, allá donde se encuentre, de que su recuerdo sigue vivo mucho más de cien años después.

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Concepción M. Moreno