La presión era extraordinaria para cualquiera, incluso para alguien que está bajo los reflectores desde la adolescencia. Y es que no debe ser fácil ser considerado, a los 21 años, como el mesías del fútbol brasileño.

Todavía le falta mucho por crecer y demostrar, pero Neymar dio en esta Copa Confederaciones un paso gigante en su desarrollo y se echó al hombro a la selección brasileña que el domingo bailó 3-0 a España para conquistar el torneo por tercera ocasión al hilo.

Cuatro goles en cinco partidos dicen mucho. Su liderazgo, capacidad para generar juego para compañeros y desfachatez para encarar a los oponentes, cuentan la otra faceta del delantero que fue elegido como el mejor jugador del torneo.

Una escena ejemplificó lo que significa este fenómeno para la "selecao": todo el plantel brasileño esperó su llegada antes de salir por el túnel del estadio Maracaná para los calentamientos previos a la final. El nuevo astro del Barcelona encabezó la salida del equipo al césped, y recibió una estruendosa ovación del público.

Hay que tomar en cuenta que Neymar ni siquiera es el capitán de la selección — ese honor corresponde a Thiago Silva — y que en el plantel hay veteranos como Dani Alves y Julio César.

A un año del Mundial en Brasil, la "Verdeamarela" debe sentirme optimista la evolución de un joven que comenzó su carrera con Santos y que, a partir de la próxima temporada, tendrá como compañeros y maestros en el Barsa a Lionel Messi, Xavi Hernández y Andrés Iniesta.

Neymar llega a un club donde no cargará con toda la responsabilidad. Por el contrario, el que sería el líder indiscutido en casi cualquier otro equipo, tendrá un papel complementario al lado de Messi, el inimitable astro argentino y mejor futbolista del planeta.

Si sabe aprovechar esa circunstancia, Neymar puede empaparse de la filosofía de juego de un club que lo ganó todo en los últimos cinco años. También corre el riesgo de que sea una navaja de doble filo. Si no le va bien, el veloz atacante puede quedar relegado a la banca o pasar a un segundo plano, como ya le sucedió antes a artilleros como Zlatan Ibrahimovic y David Villa.

Y lo último que quisiera ver Brasil es ver a su gran esperanza como espectador de lujo en el Camp Nou.