El primer ministro iraquí advirtió el miércoles que una victoria de los rebeldes en Siria desataría guerras sectarias en Irak y Líbano y crearía un nuevo refugio para al-Qaida que desestabilizaría la región.

Los comentarios del premier Nuri al-Maliki en una entrevista con The Associated Press representan una de sus más graves advertencias hasta el momento sobre la situación que el derrocamiento del presidente sirio Bashar Assad pudiera crear en el Oriente Medio.

Se produce en momentos en que su gobierno confronta tensiones crecientes entre la mayoría chiíta y una minoría suní cada vez más descontenta, casi una década después de la invasión estadounidense de Irak.

La guerra civil en Siria tiene tonos sectarios, con rebeldes predominantemente suníes enfrentados con un régimen dominado por los alauitas, una subsecta de los chiítas.

Los principales aliados internacionales de Assad son Irán, un país abrumadoramente chiíta, y la milicia chiíta libanesa Jezbolá.

Al-Maliki es chiíta y su secta domina el gobierno iraquí.

Sus comentarios reflejan crecientes temores de muchos chiítas en Irak y otras partes de la región de que los suníes van a dominar Siria si Assad es derrocado.

La caída de Assad asestaría un duro golpe a la influencia regional de Irán, que ha creado relaciones cada vez más fuertes con el gobierno chiíta sirio.

Irak ha tratado de mantener una posición neutral hacia la crisis en Siria, diciendo que las aspiraciones del pueblo sirio deben ser alcanzadas por medios pacíficos.

Hablando en su oficina en un palacio de la era de Saddam Hussein en la custodiada Zona Verde de Bagdad, al-Maliki reiteró su posición de que una intervención militar extranjera no es la solución para poner fin al conflicto en Siria.

Llamó a otros países a "ser más razonables respecto a Siria".

"Si el mundo no acuerda respaldar una solución pacífica por medio del diálogo... entonces no veo un fin para la crisis. Ni la oposición ni el régimen pueden derrotarse totalmente", dijo.

"Si la oposición resulta victoriosa, va a haber una guerra civil en Líbano, divisiones en Jordania y una guerra sectaria en Irak".

Al-Maliki, de 62 años, ha sido acusado por muchos suníes de promover los intereses de su secta chiíta a expensas suyas y de estar demasiado alineado con Irán.

Su gobierno ha enfrentado dos meses de protestas persistentes de la minoría suní, cuyos miembros tuvieron posiciones de alto nivel en el régimen de Saddam Hussein y perdieron su prominencia política tras el derrocamiento de éste por la invasión estadounidense de 2003.

Las marchas suníes, que han sido mayormente pacíficas, comenzaron en el bastión occidental suní de Anbar a finales de diciembre luego del arresto de guardaespaldas del ministro de finanzas Rafia al-Issawi, uno de los más importantes políticos suníes en el gobierno.

Aunque las detenciones fueron la chispa para las manifestaciones, las protestas tienen su raíz en quejas suníes más profundas, incluyendo el sentimiento de discriminación a manos del gobierno de al-Maliki.

Al-Maliki y sus aliados inicialmente restaron importancia a las protestas. Pero a medida en que éstas ganaron fuerza y se extendieron a otras áreas del país donde se concentran los suníes, el premier iraquí comenzó a hacer concesiones, incluyendo la excarcelación de más de 2.000 detenidos, algunos de los cuales no conocían cargos en su contra.

Al-Maliki dijo que las protestas serán toleradas mientras sigan siendo pacíficas. Pero, como lo ha hecho en el pasado, dijo que influencia exterior estaba alimentando el descontento.

"Lo que está sucediendo en Irak está conectado con lo que está sucediendo en la región. También está conectado con los resultados de la llamada Primavera Árabe y algunas políticas sectarias en la región", dijo.

___

El periodista de la Associated Press Sameer N. Yacoub contribuyó a esta historia.