El terremoto de enero de 2010 mató a más de 300.000 personas y demolió medio millón de viviendas. Nueve meses después, el cólera, antes concentrado en el campo, comenzó a hacer estragos en la ruinosa capital de Haití, Puerto Príncipe. Sobre llovido, el huracán Thomas mató un mes después a una veintena de personas, destruyó más de 6.600 viviendas y, al provocar inundaciones, contribuyó a propagar la enfermedad. En ese momento, la comunidad internacional reclamó ayuda. Sesenta países prometieron aportar casi 10.000 millones de dólares. Poco más de la mitad de ese monto, destinado a la reconstrucción, ha sido invertida en comida.

En tres años, Haití ha vuelto a la situación en la cual se encontraba antes del terremoto. En agosto de 2011, la tormenta tropical Emily encontró a 700.000 personas en los mismos campamentos de desplazados en los que vivían desde comienzos del año anterior. El actual presidente, Michel Martelly, más conocido como músico que como político, contendía en minoría en el Congreso contra la oposición, encabezada por el ex presidente René Preval. Organizaciones como Médicos Sin Fronteras (MSF), a cargo de las víctimas del cólera, sostienen que la comunidad internacional ha fallado en establecer las prioridades.

“A pesar de todo el sufrimiento, Haití resiste”, se animó a decir Martelly. Durante su primer año de mandato, la reconstrucción estuvo paralizada por diferencias internas que le impidieron formar gobierno. Es el otro lastre: las desavenencias políticas. De las donaciones, menos del dos por ciento pudo ser administrado por las autoridades haitianas. El grueso ha sido manejado por organizaciones internacionales. Mientras tanto, 357.000 personas siguen viviendo en 496 campamentos. En algunos casos han sido forzados al desalojo por haberse instalado en plazas públicas y terrenos privados, según Amnistía Internacional.

El hambre no perdona en medio de la desesperanza mientras campea una epidemia aún más dañina que el cólera. La llaman miedo. Los haitianos no les temen a los zombis, sino a convertirse en ellos a causa de la corrupción y la pobreza. En el trasvase de la droga hacia Estados Unidos residiría el origen de la fortuna de Jean-Claude Duvalier, alias Baby Doc, presidente vitalicio desde los 19 años. Tomó la posta de su padre, François Duvalier, alias Papá Doc, en 1971. De vuelta en casa, después de haberse exiliado en París desde 1986, se solidarizó con “profunda tristeza” con las víctimas de la dinastía familiar; entre ambos ordenaron matar a 60.000 personas.

Ocho de cada 10 haitianos profesan el vudú, con sus ritos y sus 401 dioses de origen africano, pero no reniegan del catolicismo. La mayoría lleva cruces en sus cuellos. Cada 16 de julio, marchan de punta en blanco a su lugar de culto, Saut d’Eau (Salto de Agua), donde, en 1847, creen  que apareció la Virgen del Carmen sobre una palmera y curó enfermos en las cascadas sagradas. El contacto con el agua, que cae a raudales, es el momento culminante de la procesión. Antes algunos se sacuden imitando el movimiento de las serpientes; se sienten poseídos por un dios de nombre Damballah-Wedo. De él deriva la palabra zombi (nzambi), que significa dios.

En Haití, la política es como el vudú: lidia con la leyenda de los zombis o muertos vivos. Son una invención que, al parecer, llegó a los oídos de los militares norteamericanos durante la ocupación del país, entre 1915 y 1936, y nutrió el filón de Hollywood para captar espectadores poco exigentes. Los houngans y bokors (sacerdotes y hechiceros) no matan gente con muñecos atravesados con alfileres. Detrás del misterio de los zombis hay una sustancia extraída del pez globo, la tetrodotoxina. Provoca parálisis facial y reduce el metabolismo hasta apurar la muerte. La usaban las sociedades secretas para castigar enemigos, no para revivir difuntos.

Más allá de estas historias, pocos gobiernos se preocupan por la suerte de los haitianos. Por sus costas pasaron la tormenta Isaac y el huracán Sandy con la misma furia que en los Estados Unidos, pero nadie reparó en sus víctimas ni en sus secuelas. La Oficina para la Coordinación de Asuntos Humanitarios de las Naciones Unidas evaluó las necesidades. Tres años después del terremoto, no hay dinero que alcance para sanear un sistema de salud devastado en un Estado que, quizá por hablar francés y creóle, no parece compartir la isla La Española con la República Dominicana ni pertenecer a un continente que ha echado buenas, pero es incapaz de contener y apuntalar a esa gota de África llamada Haití.

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