En el inframundo de la calle egipcia, las historias de violencia sexual y consumo de drogas también afectan a los más pequeños sin hogar, vulnerables ante los agresores y víctimas de traumas difíciles de borrar.

Pese a que no hay datos oficiales sobre su número, un paseo por el centro de El Cairo basta para encontrar a niños que deambulan sin un techo donde cobijarse. Viven expuestos a situaciones de pobreza y riesgos de los que apenas tienen escapatoria.

De acuerdo a las últimas cifras del Centro de Investigación Social y Criminológica de Egipto, un 36 % de los niños de la calle ha sufrido abusos sexuales como violaciones (que representan más de la mitad de esos casos) y otras prácticas coercitivas como la prostitución.

En eso que llaman "la cultura callejera de la violación", los agresores llegan a marcar el rostro de los niños que pierden con ellos la virginidad y les van dejando cicatrices en el resto del cuerpo en sucesivos ataques.

Algunos tienen suerte y terminan en centros de acogida como el que gestiona la organización no gubernamental Hope Village (aldea de la esperanza) en el distrito cairota de Ciudad Naser.

En el salón, una veintena de menores ve los dibujos animados en la televisión. Siempre juntos, duermen, comen, estudian y juegan en las modestas áreas compartidas.

A Mohamed, lo que más le gusta es jugar al dominó con sus compañeros. Con 11 años, sueña con ser ingeniero informático y sus tutores valoran en él su disciplina, sobre todo teniendo en cuenta que durante años fue un "mendigo profesional" que incluso fingía sufrir heridas para atraer limosnas.

Entre sus amigos hay casos de abusos sexuales, mendicidad y adicciones a drogas como el pegamento, pero los responsables del centro se cuidan de no señalar experiencias concretas o perturbar a los menores con el recuerdo traumático de su pasado.

Presente en varias ciudades del país, esa ONG suele tratar al año a casi 6.000 niños que carecen del cuidado familiar necesario, ya sea porque son huérfanos o porque proceden de familias que atraviesan serias dificultades económicas o directamente los repudian, explica a Efe su director, Mahmud Ahmed.

La mayoría de estos menores ha sido víctima de ataques sexuales y algunos necesitan tratamiento médico por las secuelas físicas o psicológicas.

Los depredadores suelen buscar a los más jóvenes porque piensan que así se reducen las posibilidades de contraer enfermedades de transmisión sexual como el sida, según comentaba esta semana la investigadora Nelly Ali en el diario egipcio "Al Masry al Yum".

La situación se complica cuando las chicas violadas quedan embarazadas. A partir de ese momento, los asistentes sociales intentan primero encontrar al agresor para que se case con ella, afirma Ahmed, dado el peso que tiene el matrimonio en la sociedad egipcia y la necesidad de preservar el honor de la futura madre.

La organización se encarga también de los certificados del bebé, para lo que necesitan conocer el nombre del padre, que pasa a ser el primer apellido del recién nacido.

La inseguridad callejera y la inestabilidad política están repercutiendo en un aumento de las agresiones a los menores sin hogar, apunta a Efe la directora general de la unidad contra el tráfico de mujeres y niños del Consejo Nacional de la Infancia y la Maternidad, Azza el Ashmawy.

Aunque la ley prevé penas de cárcel para los responsables de la violencia, su aplicación resulta "insuficiente" y cada vez surgen nuevas formas de explotación de menores, asevera Al Ashmawy, que invoca también los esfuerzos de la sociedad civil para mejorar la protección de los menores.