El movimiento de resistencia no violenta palestino, con nuevas estrategias originales, trata de extenderse e involucrar a la sociedad civil para emerger como la única alternativa a una Tercera Intifada.

Su último logro: cinco campamentos montados en terrenos palestinos amenazados por colonias judías cercanas o por planes israelíes para establecer nuevos asentamientos.

A pesar de haber sido rápidamente desmantelados por el Ejército y haber provocado la detención de activistas, Bab el Shams (Puerta del Sol), Bab el Karama (Puerta de la Dignidad), Al Manatir, Canaan y Burín, han logrado algo importante: devolver a muchos la ilusión por los actos de resistencia y convencer de la utilidad de los métodos no violentos.

El éxito es aún mayor si se tiene en cuenta que dos de los campamentos no han sido organizados por el Comité de Coordinación de Resistencia Popular (PSCC), sino que han surgido espontáneamente de iniciativas populares en comunidades hasta ahora ajenas a este tipo de lucha.

"Llevamos casi una década defendiendo la resistencia popular y nuestro objetivo para 2013 es extender el movimiento. Queremos llevar nuestro modelo a la calle, a todas las personas, no solo a los pueblos por los que pasa el muro (israelí) o a los que les expropian tierras", explica a Efe en su oficina Abdalá Abu Rahma, coordinador del PSCC.

Desde 2003 han nacido trece comités de resistencia en pueblos amenazados por la construcción el muro de separación israelí, en los que los vecinos se manifiestan cada viernes de forma más o menos pacífica, sin armas pero, a veces, con piedras contra los soldados.

El Ejército las reprime generalmente con métodos antidisturbios, en ocasiones empleados de forma letal, y a veces, con fuego real.

En los últimos meses, al tiempo que se mantenían las protestas semanales, se han lanzado nuevas acciones, novedosas, sorpresivas, en las que cada vez participan más voluntarios, y se han ampliado las actividades de formación en derechos humanos y activismo no violento.

En octubre, decenas de activistas se colaron en un supermercado israelí en una colonia para promover el boicot a los productos de los asentamientos, sobre todo entre los palestinos que compran allí.

Semanas más tarde, cortaron 40 minutos la carretera 443, que comunica Tel Aviv con Jerusalén a través de territorio ocupado pero en buena parte de la cual los palestinos tienen prohibido circular.

Poco después cortaron otras carreteras en Cisjordania reservadas para uso exclusivo de los colonos.

"Se han dado cuenta de que no bastaba con las manifestaciones y que debían hacer cosas nuevas para crecer y atraer apoyo mediático", explicó a Efe una cooperante de una ONG europea que financia el movimiento y pidió no ser identificada.

A su vez Abu Rahma afirma que "cada vez hay más voluntarios que quieren unirse a nosotros" y anuncia nuevos campamentos contra la ocupación israelí.

"No es fácil. Hemos pagado un precio muy alto. Desde 2004 ha habido unos 35 mártires (muertos), más de 10.000 heridos y mil detenidos. Hay toques de queda constantes, retiradas de permisos de trabajo, redadas nocturnas y destrucción de nuestras propiedades y olivos", dice este profesor de 43 años, padre de tres hijos.

Entre 2009 y 2011 pasó año y medio en una prisión israelí y solo pudo recibir una vez la visita de su familia, pero cree que el sacrificio merece la pena.

Las protestas han logrado que Israel cambie el recorrido del muro en Bilín y en Budrus, donde se han recuperado tierras que ahora se cultivan.

Abu Rahma considera que el "mayor éxito es haber cambiado la forma en que el mundo ve la lucha palestina. Entre 2000 y 2002 (con la Segunda Intifada) Israel logró extender la idea de que los palestinos somos terroristas. Ahora hemos cambiado esa imagen y el mundo ve que los violentos son los israelíes".

Está convencido de que, si su movimiento no triunfa, los palestinos "recurrirán a la resistencia militar", pero advierte que hace falta tiempo, porque se necesita un cambio cultural.

En un contexto de ocupación, no es fácil trazar la línea que separe lo que es y no es violencia, sobre todo en el caso de los ataques con piedras.

"No nos avergonzamos de los que tiran piedras. Es el mínimo que los palestinos tenemos contra un soldado armado hasta los dientes que ocupa nuestra tierra. Pero es algo más simbólico que efectivo y en muchas de nuestras acciones no se da", explica Abir Kopti, portavoz del PSCC.

Abu Rahma reconoce que "no es fácil convencer a la gente de que deje de tirar piedras", pues esta "fue la principal arma en la Primera Intifada" (surgida en 1987) y forma parte de la cultura palestina.

Considera que el movimiento "es mucho más poderoso sin piedras", pero entiende que "cuando los soldados o los colonos atacan, a veces la gente responda".

Aunque todavía buena parte de los palestinos considera inútil apostar por formas de resistencia no violentas, el movimiento crece poco a poco en las calles y universidades, con ayuda de financiación europea y de la Autoridad Nacional Palestina (ANP), y confía en erigirse en una alternativa que aleje el fantasma de una tercera Intifada.

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Ana Cárdenes