En las presidenciales de Ecuador, previstas para el 17 de febrero, podrán votar los jóvenes de 16 y 17 años de edad. El voto, llamado facultativo, no es obligatorio. Con el guiño de Rafael Correa, candidato a la reelección, lanzaron la campaña “Caigamos a votar”. Tanto en Ecuador como en la Argentina, donde el voto juvenil se aprobó el 2012, los gobiernos reivindican el derecho de esa franja a votar; la oposición cree que es una treta de los oficialismos para ampliar sus caudales electorales como rédito de políticas que apuntan a favorecer la inclusión en la vida pública de adolescentes que aún no han terminado el colegio secundario.

Ni unos pueden afirmarlo ni los otros pueden negarlo. Ese segmento no está en condiciones de alterar las tendencias electorales dominantes. Tampoco se trata de algo tan novedoso como parece: en Brasil, el gobierno de José Sarney resultó ser el pionero en la materia en la región en 1988. Ni Correa, de 25 años entonces, ni Cristina Kirchner, diez años mayor, tenían certeza de llegar a ser presidentes. Defensores y críticos del voto joven tampoco sostienen argumentos contundentes sobre este asunto, quizá más propagandístico que efectivo.

¿Qué sienten los jóvenes de 16 o 17 años, o más, cuando son llamados a votar? En un planeta con mayor expectativa de vida, ¿es necesario acortarles la adolescencia y, de pronto, hacerlos tomar partido en un ámbito aún desconocido para ellos, más allá de que militen en centros de estudiantes o tengan posición política tomada? Es posible que la participación sea saludable, porque implica responsabilidad, pero ¿cuál es la finalidad si, como exponen los gobiernos que alientan el voto joven, no representa un rédito inmediato ni seguro por no ser obligatorio?

Poco antes del retorno de la democracia a la Argentina, precipitado por la derrota bélica en las islas Malvinas, el cantante Raúl Porchetto instaba a los jóvenes a participar en “guerras o elecciones” con un estribillo pegadizo: “Che, pibe, vení, votá”. Era una ironía: convocarlos y, después, olvidarse de ellos. Tres décadas después, aquella canción volvió a tronar en la radio: en 2012, la presidenta Kirchner rubricó una ley de su autoría, aprobada por el Congreso, que habilita a los jóvenes de 16 y 17 años a votar en elecciones nacionales. Es optativo, no obligatorio, como para los mayores de edad hasta los 70 años.

Lo mismo ocurre tanto en Brasil como en Ecuador y Nicaragua. En Irán, el voto es aún más precoz: desde los 15 años. En Chipre, desde los 16, y en Indonesia, desde los 17 años. En 2007, Austria redujo la edad mínima para votar de los 18 a los 16 años y la edad mínima para ser candidato de los 19 a los 18 años. En Eslovenia, los jóvenes de 16 años pueden sufragar si demuestran que tienen un trabajo remunerado. La pregunta es si en ese momento de la vida, crucial por ser la bisagra hacia la madurez, están preparados para afrontar el desafío de decidir el destino de un país o de su comarca. La réplica: ¿acaso lo están los mayores?

En América latina, los partidos políticos tradicionales han perdido peso frente a movimientos nutridos por vertientes diversas. De la economía como eje en los noventa, la política ha pasado a regir la vida ciudadana. En países con presidencias que se perfilan vitalicias con discursos de izquierdas, como Ecuador, la Argentina, Venezuela y Bolivia, el Estado se ha fortalecido y no se ha caracterizado por ser respetuoso de la división de poderes ni del respeto a las minorías. La representación no está anclada en una ideología, sino en mandatarios pragmáticos que emulan batallas épicas contra poderes concentrados. Lo son a veces; no siempre.

La canción de Porchetto, más vinculada a la legión de soldados conscriptos de apenas 18 años de edad que dio su vida en las Malvinas que a los votantes primerizos de las primeras elecciones democráticas después de la dictadura militar, en 1983, era una suerte de protesta contra el uso y abuso de muchachos tan inmaduros para empuñar armas como para acudir a las urnas. Terminó siendo profética, al menos en gobiernos democráticos no esperanzados en guerras para apuntalarse en el poder, como pretendió hacerlo aquel régimen. ¿Por qué el apuro? Hasta los jóvenes se encogen de hombros.

Síguenos en twitter.com/foxnewslatino

Agréganos en facebook.com/foxnewslatino