En 2007, los latinos radicados en los Estados Unidos eran dueños de 2,3 millones de negocios; en apenas cinco años, ese segmento de la población capeó la crisis, incrementó su volumen de operaciones en un 43,6 por ciento y, como consecuencia de ello, creó más empleo que cualquier otro. De tener un país dentro del país, los latinos supondrían la décimo segunda economía mundial. En las universidades también baten récords de inscriptos y graduados. Es la población con mayor tasa de natalidad (2,4 por ciento; 0,4 más que la media) y la más joven (28 años frente a los 37 del resto).

¿Cómo no van a tener presencia e influencia en el renovado gobierno de Barack Obama y en los otros poderes si son, además, más emprendedores y activos que otras minorías? En las últimas presidenciales votaron 12,5 millones de personas de ese origen, el 71 por ciento a favor de la reelección de Obama; estarán en condiciones de hacerlo 40 millones en 2030. ¿Tendrán pronto un presidente propio? Seguramente. Uno de cada seis residentes en los Estados Unidos es de origen latino; en 2025 será uno de cada cuatro. La cuenta es fácil: hay más latinos en los Estados Unidos que españoles en España o argentinos en la Argentina.

Esa apetecible porción del electorado, que incluye a aquellos con padres y ancestros hispanohablantes, superó los 50 millones en el censo de 2010 y, según las proyecciones, será la tercera parte de la población en 2050. Muchos latinos han nacido en el país, pero sus mayores siguen siendo indocumentados. La Dream Act (Ley de Fomento para el Progreso, Alivio y Educación para Menores Extranjeros), impulsada por los demócratas en el Capitolio, pretende aliviar la angustia de más 11 millones de personas que viven en forma irregular en el país.

Es la gran deuda de Obama. Durante su primer mandato, curiosamente, han sido deportados más inmigrantes de origen latino que en años anteriores. Los republicanos, sobre todo los enrolados en el Tea Party, sugirieron sin más trámites desde expulsiones masivas y arrestos inmediatos hasta vallas electrificadas en la frontera con México. No lejos de esa posición estuvo el candidato presidencial Mitt Romney: apoyó la polémica ley de Arizona que faculta a la policía para determinar el estatus migratorio de la gente y restringir los servicios estatales para los indocumentados.

En perspectiva, las últimas presidenciales resultaron una dura lección para los republicanos. Durante las primarias, el gobernador de Texas, Rick Perry, tropezó con el obstáculo insalvable de la inmigración cuando iba a la cabeza de las preferencias. Su sensibilidad, al apelar al corazón frente a aquellos que se oponían a brindarles educación estatal a los hijos de los indocumentados, terminó siendo fatal. Le retiraron el apoyo. Fue algo así como su sentencia de muerte. Al parecer, nadie observó que la cara del país ha cambiado en forma radical en las últimas décadas.

Con esa reserva de votos se alzaron los demócratas. Al final de la campaña, Obama gastó los últimos cartuchos en anuncios televisivos grabados en castellano. Romney, más allá de ser hijo de un mexicano que arribó al país a los cinco años y llegó a ser gobernador de Michigan, debió apelar al buen castellano de su hijo Craig para hacerse entender con los latinos. Pocos se sintieron tentados a vetar a Hugo Chávez y el régimen de los Castro, como insistía el candidato republicano. La preocupación de los latinos pasaba por la creación de empleo, como sucedió con el resto de la sociedad, y la regularización de su estatus migratorio.

Una minoría blanca se siente ahora discriminada por otros grupos étnicos y raciales, según un estudio de las universidades de Harvard y Tufts. Esa presunta discriminación es denunciada por el Tea Party como si fuera el precio de la igualdad con los afroamericanos desde el comienzo del gobierno de Obama. Los latinos, a su vez, están en vías de ser la tercera parte de la población de Texas. En el país, 17,6 millones tienen menos de 18 años. Nueve de cada diez han nacido en los Estados Unidos.

El incremento de la población latina fue cuatro veces superior al resto y continúa en ascenso. De México, Puerto Rico, El Salvador y Cuba procede la mayoría; de América del Sur, sólo el 10 por ciento. Las próximas campañas electorales estarán cada vez más enfocadas en resolver sus problemas y aprovechar su potencial. Muchos han abrazado el sueño americano y, sin reparar en banderías políticas, se muestran conservadores. No por ello renuncian a sus orígenes o son indiferentes frente a la escasa suerte de sus paisanos. Los hay, como en las mejores familias, pero no son la mayoría.

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