En enero de 1999, el presidente de la Argentina, Carlos Menem, medió ante su entonces par de los Estados Unidos, Bill Clinton, para blanquear la imagen de Hugo Chávez, “un joven emprendedor” que merecía una oportunidad a pesar de su pasado golpista. Era rara la gestión, tratándose de uno de los campeones del neoliberalismo y de un acérrimo rival de Fidel Castro. Tres años y monedas después, en 2002, Chávez radicalizó su discurso tras el conato de golpe de Estado por el cual quedó fuera de juego durante 47 horas. Acusó a George W. Bush, sinónimo del imperialismo “pitiyanqui”. En 2006, la revolución bolivariana derrapó en el socialismo del siglo XXI.

En Venezuela, como en la Cuba de Fidel Castro, no hubo ni hay día desde hace 14 años en que Chávez no fije la agenda y revele por dónde van los tiros. Esa rutina no ha instaurado una revolución, con un cambio de régimen, sino una excesiva concentración del poder y una polarización latente ante la ausencia de partidos de oposición sensatos. ¿Sobrevivirá el chavismo a Chávez? Seguro. El chavismo no es un modelo “for export”, como pudo serlo la revolución cubana. Cuenta con adeptos como Evo Morales, Rafael Correa, Daniel Ortega y Raúl Castro, cuya economía y otras se mantienen a flote con cientos de miles de barriles de petróleo a precio vil.

Los Estados Unidos, a su vez, nunca dejaron de recibir crudo del mismo origen. Las relaciones diplomáticas corrieron por otro carril. Lo intuyó el primer embajador norteamericano en Venezuela de la era chavista, John Maisto. Les aconsejo a los suyos que no repararan en la boca de Chávez, sino en sus manos. Era mejor juzgar sus acciones que sus palabras. En los hechos, a pesar de una población joven afín a los Estados Unidos, Chávez pudo desafiar a los gobiernos norteamericanos con sus amistades con Saddam Hussein, Muamar el Gadafi, Mahmoud Ahmadinejad y los hermanos Castro, pero resultó inofensivo para los intereses norteamericanos.

Por eso, Barack Obama no se dejó llevar por los reparos de su adversario republicano en la última campaña presidencial, Mitt Romney, sobre sus vínculos con Chávez y los Castro. De no verse afectado el interés nacional, qué más daba que un presidente de una región postergada en la  lista de prioridades, por su escasa incidencia en los Estados Unidos más allá del narcotráfico y la inmigración ilegal, usara y abusara en beneficio propio sus denuncias de presuntas apetencias colonizadoras. Cuanto más lejos, mejor, sobre todo en momentos delicados en los cuales la salud endeble de Chávez pone en riesgo el modelo que pretendió expandir en el continente.

Ese modelo, de serlo en verdad, tiene un severo déficit, el fiscal, y otros también acuciantes, las altas tasas de inflación y de homicidios. El Estado es Chávez. En estos años, con subas considerables del precio del barril, la mejora en la calidad de vida de los venezolanos se notó en la inclusión de los pobres con un aumento formidable del empleo público, pero, como ocurre en otros países de América latina, la bonanza no resultó proporcional para todos. El clima social de enfrentamiento permanente pareció seguir la regla fijada por Bush, valga la burda comparación, con aquello de “están con nosotros o contra nosotros” en vísperas de la nefasta guerra contra Irak.

La oposición venezolana, tildada de “derecha” a secas por el chavismo, recibió dos reveses consecutivos en las presidenciales del 7 de octubre y las regionales del 16 de diciembre de 2012. De momento, si Chávez no regresa a Caracas en la fecha prevista por la Constitución para tomar posesión del cargo por tercera vez, el 10 de enero, el presidente de la Asamblea Nacional, Diosdado Cabello, debería convocar a elecciones en 30 días. En ese caso, el vicepresidente Nicolás Maduro, designado delfín por Chávez antes de someterse a la cuarta y última intervención quirúrgica en La Habana, capitalizaría tanto los últimos acontecimientos como los errores ajenos.

En lo inmediato, nada cambiará más allá del desenlace. La oposición unificada, al margen de la victoria de Henrique Capriles en el Estado de Miranda, no pudo rearmarse después de la derrota en las presidenciales. En las regionales perdió 20 de las 23 gobernaciones en disputa. Con el quebranto de la salud de Chávez, le pasa lo mismo que a la oposición argentina tras el deceso del ex presidente Néstor Kirchner: no logra enhebrar un discurso fiable, capaz de divorciarse de cuatro décadas de alternancia en las cuales ese sector ahora incluido vivía marginado.

Chávez pudo competir en popularidad con Lula, pero, más allá de las diferencias entre ambos países, nunca pudo imponer a su gobierno como modelo. Los liderazgos fuertes, marcados por síntomas de hybris (desmesura), suelen ser a plazo fijo y no tener repuesto. El chavismo seguramente sobrevivirá a Chávez como fórmula contra la inequidad y la fiesta de unos pocos, aquellos que, curiosamente, se beneficiaron en los noventa con gobiernos como el de Menem, su primer defensor, y que adquirieron el mote de boliburgueses en la Venezuela bolivariana, benefactora de presidentes afines y, también, propensos a concentrar el poder.

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