Antes de la matanza de 20 niños en una escuela primaria de Connecticut, Luke Schuster, de 6 años, fue asesinado a tiros en Dakota del Norte, John Devine hijo y Jayden Thompson, ambos de 6 años, fueron muertos de manera similar en Kentucky y Texas.

Veronica Moser-Sullivan, de 6 años, murió en una sala de cine en Colorado, mientras que Kammia Perry, también de 6 años, fue asesinada por su padre afuera de su casa en Cleveland.

Julio Segura McIntosh, de 3 años, murió de un tiro en la cabeza en Washington. Se disparó por accidente con un arma que halló dentro de un auto.

El presidente Barack Obama ha dicho que el país no puede aceptar como rutina las muertes violentas de niños. Pero cientos de esos fallecimientos — sean accidentales o intencionales — indican que quizá ya lo sean.