La incansable búsqueda de la perfección de Henri Matisse queda al descubierto en una exposición que se inaugura mañana en Nueva York, en la que el público podrá acceder a la trastienda del proceso creativo de un artista tenaz que se obstinó en que sus pinceles irradiaran la esencia de la pintura.

La muestra "Matisse: En busca de la verdadera pintura" acercará al Museo Metropolitano de Arte (Met) hasta el 17 de marzo de 2013 una selección de 49 lienzos del pintor fauvista procedentes de museos franceses y daneses que ejemplifican su exhaustivo sistema de trabajo, en el que retocaba y reformulaba sus cuadros hasta la extenuación.

Matisse (1869-1954) se atuvo a este método, "que para él era tan importante como el resultado final", a lo largo de toda su carrera, según explicó la comisaria de la exhibición, Rebecca Rabinow.

En sus inicios se dedicó a pintar parejas de cuadros, como dos bodegones de 1904 y 1905 que plasman el mismo motivo, pero cada uno evocando el estilo y los tonos de dos de los pintores que más le influyeron, Paul Cézanne (1839-1906) y el puntillista Paul Signac (1863-1935).

El francés continuó con su exploración creativa en la villa pesquera de Coillure, a la que se retiró en el verano de 1906, y allí retrató a un lugareño adolescente con los vívidos colores que fueron insignia del movimiento fauvista en "Joven marinero I".

Poco tiempo después, realizó una segunda versión de este cuadro, en el mismo tamaño pero empleando una gama cromática "mucho más plana y valiéndose de deformaciones que producían un efecto totalmente distinto", según Rabinow.

Matisse no se vio libre de las dudas y las inseguridades provocadas por los nuevos rumbos que tomaba su trabajo y prueba de ello es que llegó a renegar de la paternidad de este "Joven marinero II", diciendo que era obra del cartero local.

Sin embargo, más adelante reconoció su autoría y explicó que su propósito al hacer esta reinterpretación del cuadro había sido "condensar el significado de un cuerpo buscando sus líneas esenciales".

En los años siguientes, Matisse pintó sendas versiones de un trío de desnudos a tamaño natural encuadrados en un paisaje marítimo, "El lujo I" (1907) y "El lujo II" (1907-1908), mientras que en 1914 realizó varias obras en las que plasmó las vistas de la catedral de Notre-Dame de las que disfrutaba desde su estudio de París.

En ellas, según Rabinow, investigó "los cauces por los que puede discurrir la representación, el papel desempeñado por el color o la cuestión central de qué constituye un cuadro terminado".

A partir de 1916, Matisse comenzó a hacer incursiones en series más amplias, a la manera del impresionismo, como la que realizó tomando como modelo a la modelo italiana Laurette, a la que retrató con una llamativa indumentaria verde, o aquellas en las que recreó interiores de su habitación de hotel en Niza o los acantilados y playas normandas de Étretat.

En la década de 1930, el pintor innovó con un nuevo método de trabajo consistente en documentar mediante sucesivas fotografías los retoques que iba imprimiendo sobre un mismo cuadro, transformándolo paulatinamente, de modo que los diferentes estadios por los que iban pasando las obras hasta quedar concluidas cristalizaban y quedaban preservados en las instantáneas.

En diciembre de 1945, la galería Maeght de París exhibió seis cuadros de Matisse, rodeados cada uno de ellos por el conjunto de fotografías en las que se había consignado su evolución pictórica.

En esta exposición, el Met ha rescatado tres de aquellas paredes, tal como se vieron en la galería parisina, con las obras "Francia" (1939), "El sueño" (1940), y "Bodegón con magnolia" (1941), que fue una de las pinturas predilectas del autor.

En la etapa final de su carrera, un septuagenario Matisse recuperó el tema recurrente en su iconografía de las escenas de interior, con una serie realizada entre 1944 y 1948 en la villa francesa de Vence, como "Interior con una cortina egipcia", "Interior con helecho negro" o "Gran interior rojo", en las que se permitió abrazar el color hasta las últimas consecuencias.

Con estas pinturas, exhibidas sin marco, para mostrar el puro e intenso color de su arte, Matisse culminó una carrera hecha a base de un perfeccionismo y una búsqueda de la verdad en pintura que llevaron al crítico Clement Greenberg a decir en 1949 que este "maestro no puede evitar pintar bien en la misma medida que no puede evitar respirar".