Hoy se cumplió un sueño de Oswaldo Guayasamín (1919-1999), una de las figuras de referencia del arte contemporáneo iberoamericano, con la apertura como museo de su casa en Quito, que muestra obras de sus artistas favoritos y su propio proceso creador.

El pintor y escultor ecuatoriano pidió "que estos bienes culturales, que él durante toda su vida coleccionó, vuelvan a su pueblo", dijo a Efe su hijo Pablo Guayasamín.

Explicó que sería "de un egoísmo terrible" y "criminal" que los descendientes simplemente se quedaran con las obras, pese a su gran valor.

Y así, hoy se abrieron las puertas de la casa ante una amalgama de diplomáticos, ministros, empresarios, políticos y algún cantante, como el argentino León Gieco y el chileno Alberto Plaza.

Lo que vieron fue una selección ecléctica de obras que van desde vírgenes en marcos dorados del llamado barroco quiteño y crucifijos sangrantes hasta lienzos de Pablo Picasso, Agustín Redondela y Benjamín Palencia.

"Esta colección no tiene precio, es más que maravillosa por una razón, porque está hecha por un artista con su ojo clínico, su ojo crítico", afirmó Pablo Guayasamín.

A su padre, explicó, no le interesaba la antigüedad de las piezas, sino su "mensaje cultural" y por ello en las paredes se combinan "la vanguardia con la retaguardia".

En el área de vivienda de la gran casa, de 3.000 metros cuadrados, cuelgan las obras de otros, como si Guayasamín quisiera ver el mundo con unos ojos diferentes.

Pero al bajar al estudio los cuadros de gran formato del maestro envuelven al visitante en el universo de su creador.

Allí está su trazo enérgico y simple, su paleta de escasos colores para resaltar lo principal, que para él era el dolor y también la ternura.

Es, por ejemplo, la mujer gris de pechos exhaustos que carga a un hijo marcado de costillas, que refleja la preocupación omnipresente por la justicia social de un pintor que siempre dijo ser de izquierda.

Sus familiares también han preservado su biblioteca, su dormitorio, su maletas aun con las etiquetas de la aerolínea Iberia por sus frecuentes viajes a España, sus camisas y su ropa de trabajo, como para querer aprisionar la memoria no solo del artista, sino del hombre.

La casa está situada en un ladera con vistas al volcán Pichincha y al valle andino que ocupa Quito, donde nació Guayasamín, el primero de diez hijos de un taxista y una vendedora de granos por kilo, según su hijo Pablo.

Hoy el alcalde en funciones, Jorge Albán, le entregó de forma póstuma el Gran Collar de San Francisco de Quito, la máxima distinción de la ciudad.

Lo colgó en el pino a cuyo pie reposan sus cenizas, en el jardín de su casa.

Un chamán de la etnia shuar realizó su propia ceremonia para alejar cualquier mal espíritu, agitando unas hojas y escupiendo alrededor del árbol, mientras que Pablo Guayasamín y otros invitados derramaron vodka, la bebida preferida de su padre.

Esa mezcla de lo antiguo y de lo nuevo, lo ecuatoriano y lo universal fue la tónica de la vida del artista, que dedicó sus últimos años a uno de sus proyectos más ambiciosos, la Capilla del Hombre.

Desde la casa se ve la cúpula del edificio, inspirado en un templo del sol inca, que él concibió como un homenaje a la América precolombina y un llamamiento a derrumbar las fronteras latinoamericanas.

La Capilla se inauguró hace hoy exactamente diez años, de ahí que se escogiera esta fecha también para el acto de apertura de las puertas de su casa, aunque el público solo podrá entrar desde el próximo martes.

La Fundación que él creó y que lleva su nombre tiene un acervo de 2.500 piezas prehispánicas, 800 coloniales, 1.000 obras de otros artistas y 230 óleos y 1.300 dibujos del propio Guayasamín.

Para sacar del almacén todas esas piezas, la entidad busca los siete millones de dólares que costará construir un nuevo museo, llamado Simón Bolívar, que se levantará en la misma zona que la casa y la Capilla, bajo la vista del gran pino que crece con sus cenizas.