El histórico arte del camafeo, revitalizado desde que Victoria de Suecia lo usase en su boda, se ha modernizado tanto en los materiales, con pintura acrílica y esmalte, como en sus modelos, que son ahora familiares y seres queridos, una tendencia que siguen ya numerosos famosos.

Esperanza Aguirre luce uno con el rostro de una de sus nietas y en la boda del nieto de la duquesa de Alba, Jacobo Fitz James Stuart, la prima de la novia le regaló a la joven un camafeo con dos retratos de los novios, obras de arte personalizadas trazadas con los pinceles de Gloria Loizaga, que muestra a EFEstilo esta técnica tan minuciosa.

Loizaga nos explica el proceso mientras se pone un delantal y se acerca a la mesa de trabajo, en la que reposan pinturas, una paleta con acrílicos, finísimos pinceles, una foto de una niña que utiliza como modelo y una pequeña muestra de sus trabajos, colgados sobre minimaniquíes, que también expone en su web glorialoizaga.com.

Mientras toma una pequeña base ovalada de latón sobre la que ya ha dibujado el retrato de esa niña, empieza a colorear su rostro y a explicar el sentido de cada creación: "Es una pieza creada para ti, no es una fotografía, luego no es exacto, pero a la vez tiene un aire y un estilo" vintage que la fotografía no capta, describe.

Loizaga reconoce que sus clientes "saben que está hecho con mucho cariño" y bastantes horas de dedicación, porque el camafeo "no es algo que te pones y queda bonito, sino que llevar a tu hijo o a un ser querido significa algo más".

Un significado personal para sus clientes que ella se toma muy en serio y que le lleva a trabajar "con ese sentido de respeto y cariño", asegura.

Los abuelos suelen encargarle retratos de sus nietos, las madres de sus hijas y, de Estados Unidos recibe numerosas peticiones de parejas o "regalos de graduación", en los que dibuja "a la hija con la madre, también a la hija con la abuela... para que todo el mundo tenga un recuerdo de ese día", detalla.

Pero también las mascotas son la estrella de estos adornos, piezas de bronce o latón a las que se aplica una imprimación para evitar que se oxiden, antes de empezar el dibujo con acrílicos.

"El tiempo de realización de esta primera parte varía de dos a tres horas", y después se aplican diferentes capas de esmaltado, que se fijará durante una semana dentro de una especie de incubadora a 24 grados", cuenta la artista.

Los satisfechos portadores de estas piezas tan singulares pueden llevarlas como broches o como colgantes con cadenas o con cordones de cuero, cada uno con su estilo, con bases ovaladas o redondas.

La pasión de esta licenciada en Bellas Artes en Madrid y París surgió hace dos años de forma espontánea cuando se decidió a "pintar" en miniatura a sus padres, a imagen y semejanza del "pequeño locket con las fotografías" de su padre y de su madre que atesora, y "llevarlos como antiguamente", pero con su estilo personal.

Es una afición que le ha generado numerosos encargos, y a la que se entrega con cuerpo y alma, y también una gran lupa, al amanecer.

"Es una gozada, a las cinco de la mañana con todo en silencio es la hora perfecta", explica esta madre de tres hijos y trabajadora de una fundación con niños discapacitados, lo que ocupa todo su día.

Su "inquietud por los camafeos y por las joyas y bisutería antiguas" viene de toda la vida, pero de su etapa en París y los paseos entre mercadillos antiguos ha heredado el perfeccionismo por estas miniaturas, a las que se ha pasado después de cultivar "el formato gigante" en pintura, que para ella "simboliza la expresión porque permite moverse con todo el cuerpo".

Sin embargo, "la concentración que exige" esta disciplina artística del detalle es para ella incluso "algo terapéutico", reconoce con gusto Loizaga.

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Por Beatriz Rodríguez