ngel, un colombiano de 60 años, llegará hoy, como en los dos últimos meses, a un comedor social del centro de Madrid para el almuerzo, donde coincidirá con otras personas sin recursos que han perdido su trabajo a causa de la crisis económica que vive España.

Es el caso también de Gonzalo, un boliviano que llegó a Madrid en 2006 y que, pese a las dificultades, mantiene la esperanza en la recuperación, por lo que se resiste a regresar a su país, porque dice "si aquí no hay trabajo, allí no tengo futuro".

Coincidiendo con el Día de las personas sin hogar, el centro de las Hijas de la Caridad de San Vicente de Paul, situado en la calle General Martínez Campos de la capital española, servirá una jornada más de refugio y punto de encuentro de muchas personas que se acercan allí para compartir una comida caliente y también una conversación.

Ángel oculta sus apellidos "por vergüenza, después puede leerlo algún amigo en Colombia y se pondría a criticar a los que vinimos con grandes expectativas y al final hemos terminado pidiendo", señala a EFE a las puertas del centro.

"Para los latinos, la mendicidad es una cuestión de dignidad, además de afectarnos emocionalmente, solo nos lleva a auto-flagelarnos", admite tras salir del primer turno de comidas.

Licenciado en Filosofía y después de haber ejercido como profesor de secundaria en Colombia, cuando llegó a España en 1990 solo consiguió trabajo en la hostelería.

"Nunca he tenido pesar por no trabajar como maestro, no tengo problema por ser camarero, pero desde 2008 ya ni eso, lo único que me queda es regresar", cuenta.

Dice que lleva meses intentando presentar los documentos necesarios para acogerse al programa de Retorno Voluntario que ofrece el gobierno español a inmigrantes que quieran regresar a su país de origen, pero debido a su condición de refugiado político está encontrando algún obstáculo.

"Por tener la nacionalidad española que me concedieron con el asilo político, me están poniendo problemas para regresar a mi país, pero es mi única vía, aquí ya no queda luz para nadie", afirma.

Es el camino que están siguiendo algunos de los inmigrantes que llegaron con la ilusión de progresar en un país "que nos ha tratado muy bien pero que ya no puede darnos nada más", afirma Segundo Linares, un peruano de 52 años, con ocho de estancia en España, que también acude al comedor de las Hijas de la Caridad.

"Me vine para trabajar, porque entonces había empleo y conseguí estar tres años con una empresa de transporte de alimentos frescos", cuenta Segundo tras enumerar de memoria los pueblos de la ruta que hacía a diario.

Después solo consiguió trabajos temporales y muchos de ellos, sin contrato porque -señala- los empresarios ya no quieren pagar la Seguridad Social.

Explica que comparte una de las tres habitaciones del piso en el que vive y asiste regularmente a comedores sociales. "Cuando consigo empleo, primero pago la habitación, luego doy lo que puedo a mi familia y después compro comida", cuenta.

También él piensa acogerse al programa de Retorno Voluntario y confiesa que "cuando aterricé no vi los rascacielos que esperaba, yo pensaba que esto iba a ser como Miami".

Otros no comparten esa visión, es el caso de Gonzalo, un boliviano que llegó a Madrid en 2006.

"Llegas a España y te acostumbras al metro, al progreso. En Bolivia no ganaría ni la cuarta parte del peor sueldo español" explica.

Este boliviano de 40 años lleva uno sin trabajo y sin subsidios. "A veces consigo algo temporal en el campo, pero sin contrato y mal pagado", lamenta a las puertas del comedor social.

Aun así, sigue en trámites para obtener la residencia española. "Puede que me vaya a Bolivia un par de años, o que me vaya a otro país europeo hasta que la situación aquí cambie", afirma optimista ante una posible mejora de la economía española.

Gonzalo sigue enviando dinero a su madre, aún no ha podido regresar a su país de visita, y asegura que "no me iría de otra forma, porque si aquí no hay trabajo, allí no tengo futuro", sentencia.