El régimen chino entra, con el nombramiento de Xi Jinping como nuevo líder del Partido Comunista (PCCh), en una situación única que conllevará dificultades de gestión, dado que el actual máximo líder convivirá con los dos anteriores, Jiang Zemin y Hu Jintao, representantes de facciones antagónicas.

Nunca antes se había dado esta situación, en la que el actual liderazgo chino tuviera a su sombra los dos anteriores ejerciendo su influencia y contrapeso. Cuando los anteriores máximos líderes chinos asumieron el poder, gran parte de sus antecesores habían muerto, ya no tenían poder, o habían sido víctimas de purgas.

Mao, uno de los fundadores del Partido en 1921, no tenía que rendir cuentas a ninguna generación anterior cuando llegó al poder en 1949.

Su sucesor, el ahora casi olvidado presidente Hua Guofeng, llegó al poderío sólo cuando los máximos líderes anteriores, tanto el Gran Timonel como su "mano derecha" Zhou Enlai, habían fallecido ya, en 1976.

A finales de esa década llegó el reformador Deng Xiaoping, quien se encontró casi con un cheque en blanco debido a la caída del ala maoísta en los sonados juicios a la "Banda de los Cuatro", por lo que ninguno de sus antecesores le hizo sombra.

De la misma manera, Jiang Zemin, secretario general del PCCh, llegó al poder tras los turbulentos acontecimientos de 1989, que supusieron la caída de la entonces imperante ala reformista (uno de sus destacados miembros, Zhao Ziyang, quedó en el ostracismo hasta su muerte 20 años después, por apoyar a los estudiantes).

Deng Xiaoping, debilitado por aquellos acontecimientos, dejó por completo el poder en 1992 y apenas contó en la política nacional desde entonces hasta su muerte en 1997.

En todos estos casos, la transición de poder se gestó de forma violenta, neutralizando o a veces hasta eliminando una de las facciones en dominio, pero desde los 90 los líderes del Partido acordaron un "turnismo" que ha llevado a la actual situación.

Xi, representante de la "quinta generación" de líderes comunistas (siendo Mao la primera y Deng la segunda), tendrá a sus espaldas todavía la influencia de quien le acaba de ceder el cetro, Hu Jintao (cabeza de la "cuarta generación") y también a su antecesor, Jiang Zemin, el mentor de la tercera.

Jiang, que con 86 años ha resultado ser un político más longevo que sus antecesores (Mao murió a los 82 y Deng a los 92, pero en sus últimos años habían perdido toda facultad para gobernar), sigue contando mucho en el poder, como muestra el hecho de que la nueva cúpula comunista es predominantemente conservadora como él.

Hu, apuntan los observadores, parece menos inclinado a seguir teniendo influencia en los nuevos líderes (muestra de ello ha sido que entregara a la vez el máximo cargo del Partido y del Ejército a Xi, cuando su antecesor Jiang tardó más en dejar el poder militar), pero en todo caso seguirá teniendo influencia y aliados.

El primer problema que va a surgir será protocolario, como analizaba esta semana el diario hongkonés "South China Morning Post".

Actualmente, Jiang Zemin, como líder retirado, ocupa un espacio prominente en las grandes ceremonias: estaba al lado del entonces máximo líder Hu Jintao en el desfile por el 60 aniversario del régimen, sobre la puerta de Tiananmen, o en la inauguración de los Juegos Olímpicos de 2008, en el Estadio del Nido.

Con Xi como nuevo líder del Partido y el Ejército, y a partir de la próxima primavera también del Estado, los ex jefes supremos se acumulan en la tarima de autoridades.

Xi se enfrenta a la dificultad de consensuar sus políticas no sólo con quienes gobernarán a su lado, sino también con las dos "vacas sagradas" que le observarán a distancia: el conservador Jiang, y el reformista Hu, un choque generacional de tres sagas.

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Antonio Broto