Decía Jacqueline Kennedy que el título de primera dama era un nombre más apropiado para un caballo que para una mujer. Ella fue, a los 31 años, la esposa de un presidente de los Estados Unidos más joven de la historia. Participó de la campaña electoral de su marido en 1960, contra Richard Nixon, hasta con un anuncio pronunciado en fluido castellano. Con otro perfil, Michelle Obama también interviene en forma decisiva en la carrera del presidente, ahora reelegido. En su caso, quizá como Hillary Clinton en sus tiempos, con un temperamento avasallador, sin inmiscuirse en los asuntos del Ala Oeste de la Casa Blanca.

En general, todas las primeras damas norteamericanas han emprendido causas sociales: Nancy Reagan contra la drogadicción, Laura Bush por la lectura y Michelle Obama contra la obesidad infantil. Ese papel ha sido más discreto en América latina hasta que comenzaron a surgir presidentas con maridos o, como Michelle Bachelet, sin ellos. Ese sesgo debería traducirse en una mejora en los índices de igualdad entre sexos, cerrando la brecha. En ese aspecto, la región está mejor que Asia, el Pacífico, Medio Oriente y el norte de África, según el índice mundial “Global Gender Gap Report 2012: The Best And Worst Countries For Women”.

De los mejores y los peores países para las mujeres se trata este copioso estudio, hecho por el World Economic Forum con profesores de las universidades de Harvard y de California. Entre 135 países, que albergan el 90 por ciento de la población mundial, las mujeres de América latina se encuentran a mitad de camino en rubros tan importantes como la contribución económica, la educación, la salud, la supervivencia y la influencia política. Nicaragua encabeza la lista: Violeta Chamorro fue presidenta entre 1990 y 1996. Le siguen Cuba, aunque ninguna lleve bigotes y barba como los Castro; Barbados, precisamente, y Costa Rica, donde gobierna Laura Chinchilla.

En Barbados ha aumentado el número de mujeres en cargos ministeriales, así como han mejorado la alfabetización y la igualdad salarial. La inclusión en los gobiernos también ha sido considerable en Bolivia, la Argentina, Ecuador, las Bahamas y Panamá. En contraste, en Honduras, Uruguay, Perú, Paraguay  y México ha habido una disminución de mujeres en cargos ministeriales.

Más abajo figura Brasil, donde el salario de los varones superó en un 25 por ciento al de las mujeres entre 2009 y 2010, según el Registro Central de Empresas (Cempre, sigla en portugués) Esa diferencia se ha ido reduciendo durante la presidencia de Dilma Rousseff, pero aún son grandes las disparidades entre regiones. La participación femenina en el trabajo es más alta en el sudeste que en el centro y el oeste del país.

Un informe de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) señala: “En muchas partes de la región, las mujeres tienen menores posibilidades que los hombres de satisfacer necesidades básicas, tales como la alimentación y el acceso a la vivienda y a los servicios de salud especializados. Las mujeres siguen particularmente expuestas a formas de violencia física y sexual, y tienen oportunidades limitadas de obtener un trabajo decente y de incidir en la agenda pública de sus países”. Cita a algunos países centroamericanos, como Guatemala y El Salvador.

La pobreza engendra discriminación y desigualdad, aunque las mujeres sean mayoría en la América latina, según el Fondo de Población de Naciones Unidas. La violencia de género y los embarazos de adolescentes son fenómenos cotidianos. La bonanza de los últimos años no ha sido suficiente, al parecer, para revertir esos flagelos. La proliferación de títulos universitarios obtenidos por mujeres todavía no ha derivado en mejores empleos y salarios.

En los últimos 20 años ha habido grandes cambios en el modelo laboral de los hogares de América latina, sobre todo por la incorporación de la mujer al mercado de trabajo y la equiparación en tiempo y riesgo con empleos que antes eran preferentemente masculinos. Dejó de ser novedosa una mujer conduciendo un autobús o un taxi, así como desempeñando la profesión de ingeniera o el cargo de jueza. En algunos casos, las mujeres se han convertido en sostenes de la economía familiar y hasta ha habido un cambio de roles dentro de la casa.

La brecha tiende a cerrarse cada vez más, pero no deja de ser pernicioso cierto resabio de machismo resumido en esa máxima de “el hombre para la guerra y la mujer para solaz del guerrero”. En un sondeo realizado en la Argentina, tres de cada cuatro personas de ambos sexos señalaron que “tener un trabajo que asegure independencia es más importante para el hombre que para la mujer” y cinco de cada diez coincidieron en afirmar que la mujer, “por su naturaleza”, es mejor para dedicarse al cuidado de la casa y la crianza de los hijos.

Varias presidentas y no pocas ministras y legisladoras echan por tierra esos prejuicios, así como mujeres de a pie que trabajan de sol a sol en espera de sentirse mejor tratadas, respetadas y, sobre todo, representadas.

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