Con solo 24 horas de diferencia, Portugal pasó de ser el país de las maravillas que Angela Merkel puso como ejemplo europeo de ajustes económicos, a enseñar los dientes a la austeridad con la tercera huelga general en un año.

El resultado del paro de hoy, que se sintió sobre todo en el transporte y las grandes ciudades, acabó envuelto en la nebulosa que suele rodear las huelgas en Portugal, donde ni los sindicatos, ni el Gobierno o los empresarios dan cifras concretas de participación.

En el mitin sindical que cerró la manifestación final de la jornada en Lisboa, Armenio Carlos, el secretario general del único de los dos grandes sindicatos lusos que convocó la huelga, la comunista CGTP, se mostró muy satisfecho de su desarrollo.

Pero optó por considerar la huelga como "una de las mayores", frente al calificativo de la más grande de la historia aplicado a la organizada hace un año con la otra gran central lusa, la socialista UGT, que esta vez no apoyó la convocatoria pero tampoco se opuso a que una treinta de sus principales federaciones se sumaran.

Según los datos de los medios lusos, las informaciones de los sindicatos y la actividad visible en las calles, los establecimientos y las terminales de autobuses, la huelga de hoy afectó con fuerza al transporte público y a zonas fabriles de la periferia de las mayores ciudades.

Tuvo menor repercusión en las administraciones, los servicios públicos, la sanidad y la enseñanza y apenas se sintió en el comercio y las pequeñas empresas privadas.

El primer ministro luso, el conservador Pedro Passos Coelho, recibió, con la protesta, el tercer aviso sindical de descontento en los 16 meses que lleva en el poder, en los que ha aplicado las medidas de ajuste y reformas laborales más impopulares de la democracia lusa.

Sin embargo negó que haya cualquier nerviosismo en el Ejecutivo cuando, en medio de la huelga, pronunció un largo discurso, en la reapertura de una fábrica, en el que criticó el pesimismo nacional y apeló al espíritu de sacrifico de los portugueses.

Como hizo durante la visita a Lisboa, el lunes, de la canciller alemana, Angela Merkel, Passos Coelho insistió hoy en que la idea de que la austeridad es la única vía que tiene Portugal para salir de la crisis.

Pero al contrario de la canciller alemana, que se reafirmó en esa teoría y se mostró segura de que Portugal cumplirá las condiciones de su rescate financiero, los sindicatos dieron una muestra de rechazo total a los recortes presupuestarios y anunciaron más medidas de presión y manifestaciones.

La marcha de varios miles de personas que cerró la huelga a las puertas del Parlamento luso acabó, además, con choques de una violencia inusitada en Portugal, en los que se registraron siete heridos y 48 detenidos, algo nunca visto en las muchas huelgas y protestas que ha vivido el país en los últimos dos años.

Además de la cara de descontento social que reveló hoy un Portugal de huelgas y enfrentamientos muy distinto al del cumplimiento modélico del programa del rescate financiero que saludó Merkel, la economía lusa dio nuevas muestras de debilidad.

Según los datos oficiales conocidos durante la jornada de huelga, la caída del PIB luso se acentuó en el tercer trimestre del año, hasta el 3,4 %, mientras el desempleo subió al 15,8 %.

Pero Passos Coelho aseguró que esos malos datos no sorprenden al Gobierno ni apartan a Portugal de la recuperación económica que espera conseguir con su programa de reducción del gasto público.

El escenario de la crisis lusa lo completaron hoy los expertos de la UE y el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, en medio de la huelga y el revuelo de los malos datos económicos, analizaban la marcha de los ajustes, de cuyo aprobado depende el próximo desembolso de los fondos del rescate.