Tras un año cerrado por renovación, el Centro de Historia de la Resistencia y la Deportación de Lyon reabre sus puertas con una exposición plagada de objetos y testimonios del periodo de la ocupación nazi de Francia en la II Guerra Mundial (1940-1944).

Una muestra que hoy enseñó el centro, que conmemora este año su vigésimo aniversario y con la que busca desempolvar la memoria de aquellos años convulsos con la mirada puesta en las generaciones más jóvenes carentes de vínculos directos con el último gran conflicto mundial.

"Ya no quedan apenas testigos de aquella época, de ahí que hayamos transformado la exposición en una especie de narración cronológica con Lyon como referencia", explicó a Efe la directora del Centro, Isabelle Doré-Rivé.

De ahí que el recorrido comience con la historia del edificio. Concebido para albergar una escuela militar de medicina a finales del siglo XIX, durante la ocupación nazi se convirtió en el cuartel general de la Gestapo.

Hasta que un bombardeo aliado, en mayo 1944, lo destruyó parcialmente y obligó a sus inquilinos alemanes a mudarse a otro edificio del centro lionés.

Varias fotografías de la época y dos restos de obús nos trasladan a aquel momento, con el fin de que "la historia no flote como un sueño, sino que se materialice en algo concreto", aseguró Doré-Rivé.

De aquel bombardeo tiene un vivo recuerdo Denis Domenach-Lallich, hoy octogenaria, pero entonces una joven estudiante metida de lleno en la resistencia contra el ocupante nazi.

"Llamaron a mi grupo de estudiantes para que acudiéramos a atender a los heridos y recogiéramos a los muertos, pero no pudimos entrar al estar la zona acordonada por vehículos alemanes. Hasta el día siguiente no nos dimos cuenta de la magnitud de la masacre", contó Domenach-Lallich sobre un bombardeo que causó 717 muertos y más de mil heridos.

Esta antigua miembro de la resistencia lionesa, que se emocionó al recorrer la exposición y contar anécdotas de aquellos años, afirmó que es esencial recordar para no cometer los mismos errores.

La muestra, aseguró, sirve de "reflexión que nos proyecta hacia el futuro" y añade que no le gusta hablar de la guerra, "sino de cómo se ha llegado a ella".

Domenach-Lallich se mostró gratamente sorprendida con la renovación de la exposición por la fuerza que le aportan los objetos y documentos originales de la época, así como los testimonios en vídeo.

En la muestra previa sólo había copias y facsímiles. Ahora se pueden incluso tocar las armas que utilizó la resistencia o estremecerse delante de un uniforme de un deportado a un campo de concentración.

El núcleo de la exposición, que se abrirá al público el 16 de noviembre, está dividido en seis temas: "Una ciudad en guerra", "Hacia la unificación de la resistencia", "La lucha armada", "El peligro", "La deportación de los miembros de la resistencia" y "La persecución y la deportación de los judíos".

Unos 80.000 judíos franceses fueron enviados a campos de concentración. En la pared de una de las salas, una proyección descendente, a modo de créditos de un filme, muestra uno por uno los nombres, edades y dirección, de los deportados.

Al estar centrado en Lyon, ciudad que Charles De Gaulle calificó como "capital de la resistencia", la exposición deja de lado el papel de activistas extranjeros en el seno de la resistencia, como por ejemplo, de los españoles.

El catedrático de Historia, Laurent Douzou, aseguró que en Lyon hubo muy poca presencia española, al contrario que en zonas rurales, en el "maquis".

Si bien aseguró que su papel fue "muy importante", al ser la Guerra Civil española "la antesala de la resistencia en Francia" y explicó que los miembros de la resistencia españoles estaban rodeados de un "prestigio y un aura especiales" por su experiencia en el combate.

Otra ausencia que sorprende en la muestra es la de Klaus Barbie, antiguo dirigente de la Gestapo y el más ilustre de los inquilinos del edificio. En 1987 fue condenado a cadena perpetua en un tribunal de Lyon por crímenes contra la humanidad tras ser deportado desde Bolivia, donde vivía con una nueva identidad.

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Javier Villagarcía