La capital china amaneció hoy de rojo para celebrar la apertura del XVIII Congreso del Partido Comunista, una ajustada ceremonia inaugurada por el presidente, Hu Jintao, quien se atuvo estrictamente al guión para no dejar margen a imprevistos.

Banderas rojas e insignias comunistas, el tránsito prohibido en la plaza de Tiananmen -salvo para los delegados y la prensa acreditada- o el aumento de presencia policial eran algunos de los signos que marcaban hoy en Pekín el inicio del cónclave de siete días, del que saldrán los líderes de la próxima década.

En sintonía con la importancia de la cita, hasta el cielo pequinés, normalmente grisáceo debido a la contaminación, lucía desde temprano un azul intenso que los escépticos adjudican a las técnicas poco ortodoxas -como la emisión de químicos- que las autoridades emplean para "limpiar" la atmósfera en fechas señaladas como hoy.

No son muchas las sorpresas que se esperan del cónclave, del que es más que probable que salgan encumbrados como secretario general y número dos del Partido el vicepresidente, Xi Jinping, y el viceprimer ministro, Li Keqiang, respectivamente.

Ambos se encontraban presentes en el salón principal del Gran Palacio del Pueblo pequinés para escuchar, como el resto de los 2.268 delegados y los 1.500 periodistas acreditados para el evento, el discurso de apertura de Hu.

Con apenas cinco minutos de retraso y tras sonar de fondo el Himno Nacional, Hu comenzó su intervención -la última al mando del país- a las 09:05 hora local (01:05 GMT) en un Gran Palacio del Pueblo engalanado de rojo maoísta.

Enfundado en un sobrio traje negro y una clásica corbata bermeja, el líder de 69 años leyó sin apenas cambiar de entonación un discurso de hora y media, en el que tanto lanzó llamamientos contra la corrupción como repitió los lemas y fórmulas emblemáticos de su mandato, como el "socialismo con características chinas" o la "concepción científica del desarrollo".

Las palabras de la alocución habían sido sopesadas cuidadosamente durante un año por un ejército de alrededor de 400 personas.

El discurso de Hu era, junto a la esperada modificación de la constitución y al nombramiento de los miembros del Comité Permanente -el órgano de máximo poder del Partido, que se decidirá la próxima semana-, uno de los momentos clave del cónclave.

El mandatario hizo un repaso de su década al mando y puso énfasis en la necesidad de combatir la corrupción, justo cuando el ex dirigente Bo Xilai, protagonista del mayor escándalo político chino en décadas, está a punto de sentarse en el banquillo acusado por el PCCh de delitos económicos, entre otros crímenes.

"Castigaremos sin clemencia a cualquier persona involucrada, sea cual fuere su poder o su cargo, siempre que viole la disciplina del Partido y las leyes del Estado", agregó el presidente chino.

Una de las palabras más repetidas fue "socialismo", y no tanto "reforma", como algunos analistas vaticinaban en un intento por dilucidar cuál será el legado que los próximos líderes hereden de la década liderada por Hu y su primer ministro, Wen Jiabao.

Mientras Hu lució un aspecto casi juvenil a sus cerca de 70 años, el octogenario ex presidente Jiang Zemin subió al estrado -ocupado por los actuales 370 miembros del Comité Central y los 25 del Poliburó-, renqueante y visiblemente desmejorado.

Jiang -líder del "grupo de Shanghái"- se sentó entre Hu Jintao y Wen Jiabao, un gesto que se interpretó como una señal de que mantiene su capacidad de influencia en las grandes decisiones de la formación tras un año de grandes turbulencias y disensiones políticas por el caso Bo.

Pero quien más suscitó la atención de los presentes -y cuya corpulencia menos dejó pasar inadvertido- fue el llamado a convertirse en próximo presidente de China, Xi Jinping, quien subió al escenario esbozando una amplia sonrisa, un gesto de autoconfianza que no pasa desapercibido en un país que controla cada detalle de la gran cita política.

Paloma Almoguera