En 2008, el final de la era Bush despertaba ansiedad en todo el mundo por un cambio histórico. Lo fue. Cuatro años después, disipada la novedad, Barack Obama ha rebajado esa cuota de optimismo. Su rival en las presidenciales, Mitt Romney, surgido de apuro en las primarias republicanas, lejos estuvo de hacerse conocer en el exterior. La campaña exhibió aquello que muchos latinoamericanos quisieran tener en casa: respeto a las instituciones y a la división de poderes y, aunque la tentación sea grande, ninguna posibilidad de alterar las reglas para favorecer al presidente de turno.

Vistas desde América latina, las elecciones de los Estados Unidos no trascendieron fronteras: quedaron en casa sin despertar demasiado entusiasmo ni expectativas. Pocos mandatarios, más allá de la cercanía con Obama y la lejanía con Romney, se animaron a expresar su simpatía hacia uno o el otro. No es un síntoma de apatía, sino de madurez. Las intromisiones en la política de otros países suelen tener más costos que beneficios, sobre todo por la supina ignorancia de algunos sobre el sistema electoral norteamericano. Casi ninguno repara en el Capitolio, por ejemplo, más valioso para sus intereses que la Casa Blanca.

La región no figuraba en la agenda electoral hasta que Romney señaló que “es una gran oportunidad para nosotros” y que “no la estamos aprovechando”. A su lado, en el tercer y último debate, Obama no reaccionó. Sobre América latina habían discrepado antes. Parecía un asunto concluido. El candidato republicano había tildado a Obama de “simplemente ingenuo” por no fruncir el ceño ante las relaciones del régimen de Irán con Hugo Chávez y Raúl y Fidel Castro; el presidente había dicho que “las acciones del señor Chávez no han tenido una repercusión grave en nuestra seguridad nacional”. Punto. Romney insistió después con provocadores avisos televisivos.

Sobre la mesa giraban Medio Oriente, Israel, Irán, Afganistán, Pakistán y China. Esta vez, como en otras presidenciales y en elecciones de medio término, América latina no tuvo peso específico. De tenerlo tenido, más allá de su influencia en un tema tan candente como la inmigración, sólo ha sido por el vano intento de Romney de reflotar el tratado de libre comercio con el continente. Esa iniciativa empezó con George Bush en los noventa y terminó con George W. Bush en 2005. Desde el foro regional de ese año, realizado en el balneario argentino de Mar del Plata, quedó archivada hasta nuevo aviso. Si lo hay.

A los mandatarios latinoamericanos no les daba igual quién ganase, pero hasta los más propensos a soltar favoritismos se mostraron cautos. Sólo Chávez, Rafael Correa y Cristina Kirchner demostraron su apego a Obama. ¿Les convenía más que Romney, en verdad? A varios de ellos, sí. Primero, por conocerlo desde su primera cumbre de las Américas, en 2009. Segundo, por haberse acostumbrado a no lidiar con el peligro de indiscreciones del gobierno norteamericano en sus países. Tercero, por no temer represalias después de llegar al extremo de expulsar embajadores norteamericanos.

En lo ideológico, buena parte de los presidentes latinoamericanos coincide con Obama en su disposición a reforzar el rol del Estado en la economía. Curiosamente, aquellos que se sienten fortalecidos por la bonanza de los últimos años aún buscan espejos para reflejarse o, en ocasiones, para refirmar sus convicciones. Si el presidente de los Estados Unidos anuncia grandes obras públicas, cómo no vamos a hacerlo nosotros, se animan entre sí. En algún caso no se privan de cierto placer por las crisis ajenas, quizá para convencer a sus pueblos de sus sabias decisiones y de la necesidad de que otros, como el presidente español Mariano Rajoy, importen sus modelos.

Como el fuerte de Romney es la economía, la propuesta de incrementar el comercio con América latina, más allá de sus diferencias con Chávez y los Castro, resultó novedosa en medio de una campaña intensa y peleada. La visión de Obama, después de haber viajado cinco veces a la región, estuvo acotada a México, Perú, Colombia y América Central, así como a la inseguridad y la energía. Le critican los republicanos no haber frenado la expansión de las pandillas y el narcotráfico, así como haber permitido la influencia de Venezuela y Cuba en la región. La discusión se agotó en sí misma, sin ascendiente alguno en el voto de los norteamericanos.

Obama, renuente a incluir en la agenda a América latina, terminó haciéndole un guiño al proceso de paz encarado por el presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). ¿Quiso captar de ese modo el voto latino? Es otro error. En este caso, de los políticos norteamericanos: muchas veces creen que obtendrán ventaja de los vínculos con los gobiernos cuando, en realidad, el inmigrante nacionalizado y empadronado sólo espera ser tratado como un nativo sin reparar en su origen. Eso va más allá de la coyuntura, cruz de América latina.

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