Todos le dicen "El Huevo", pero en realidad se llama Jesús Torres "Chucho", uno de los contados colombianos que en el país andino sigue la tradición de "animero" y que la desempeña en Copacabana, un pintoresco pueblo cercano a Medellín, capital del departamento de Antioquia.

Con su tradicional acento, "Chucho", pensionado de una de las empresas públicas de Copacabana, resume su oficio. "Saco a pasear las almas", una tarea que según él, cumple todos los días del mes de noviembre "así truene llueva o relampagueé", le dijo a Efe.

La tradición centenaria, heredada de costumbres españolas de hace más de medio siglo, la desempeña enfundado en una capa que le llega casi a las rodillas y en la que se lee "dale el Señor el descanso eterno" y en la que además hay una calavera estampada.

El ritual, del que Jesús se siente "orgulloso", comienza poco antes de la media noche cuando enfundado en su capa, guantes negros y una capucha, llega al cementerio, lo recorre y luego sale, sin mirar hacia atrás, para, en compañía de las almas, caminar por las calles del pueblo.

Durante su recorrido que se extiende por unas dos horas, el "animero" toca una campana y pide, a voz en cuello "un padre nuestro por las almas del purgatorio", pues a su juicio por cada una de esas oraciones "hay miles de almas que se salvan".

Aunque reconoce que nunca ha visto un alma, dice estar seguro de que en sus recorridos desarrollados en los últimos 47 años, siempre está acompañado de ellas.

Para él, en su actividad no hay nada sobrenatural, pero que lo único que debe tener en cuenta un "animero" es que no "debe mirar atrás".

En sus comienzos, Jesús no estuvo solo. Lo acompañaban dos amigos que años después murieron de forma trágica. Uno se suicidó tomándose un veneno y el otro sufrió un infarto.

Aunque reconoce que no son muchos los que se animan a seguir con su oficio, no dejará de buscarlos pues la tradición, dice, no puede morir.

"Para este año había preparado a un muchacho", porque tuvo problemas en el sector y "le tocó perderse (huir)".

Asegura que llegó a esta práctica, antes muy extendida por el departamento de Antioquia, en donde casi que en cada pueblo había un "animero", porque lo inició "un señor, del que no se volvió a saber nada".

Al contrario de lo que se podría suponer, Torres tiene una familia común y corriente, compuesta por cuatro hijos y su esposa.

"Ellos respetan pero no comparten lo que hago con las ánimas", dice con voz aplomada, al tiempo que recuerda que lo único que le preocupa es que a veces le toca aguantar frío y lluvia.

Por eso y pensando en no desfallecer en su actividad, Torres no descuida su amor a la actividad física, principalmente montar en bicicleta y trotar con lo que se mantiene "en forma" y seguir paseando las almas.