Más de cinco millones de carneros serán sacrificados hoy en Marruecos por el Aid al Kabir o Fiesta Grande, una tradición que marca la vida del país desde hace semanas, reúne a las familias, endeuda a los pobres y desborda los niveles de colesterol.

El carnero, en memoria del que Abraham sacrificó en lugar de su propio hijo, debe ser un animal macho, sin enfermedades ni heridas, con un buen par de cuernos, y preferiblemente tiene que ser degollado por el cabeza de familia.

Dice un proverbio marroquí que "quien no mata a su animal, más le vale morirse", hasta tal punto que el sacrificio del borrego se ha convertido en un deber social del que solo huyen algunas familias pudientes que prefieren pasar los días de la Fiesta del Sacrificio en un buen hotel, lejos de los efluvios de la fiesta.

Un carnero puede costar entre 2.000 y 5.000 dirhams (200-500 euros), y son muchas las familias que se endeudan -hasta los bancos lanzan líneas de crédito especiales- para poder costear los gastos que supone la compra, el cuidado, el sacrificio y el cocinado del carnero.

Sabiéndolo o no, todos los que piden un préstamo infringen un precepto musulmán -la prohibición de la usura- con tal de cumplir con una fiesta que tiene más que ver con la tradición que con la religión, como subrayan los teólogos.

Cuanto más se acerca el día de la fiesta, más se encarece el animal, por eso los más previsores lo compran con antelación y lo alojan donde buenamente pueden: no es raro oír balidos en los garajes de los edificios, en las azoteas o incluso en los balcones, y las calles de las ciudades adquieren en los días previos un curioso olor a rebaño.

Uno de los editorialistas más respetado en Marruecos, Tawfiq Buachrine, del diario "Ajbar al Yawm", lamentaba esta semana que las ciudades de Marruecos "se ruralicen" y se conviertan durante días y días "en grandes poblados, carnicerías gigantes, corrales abiertos...".

Pero el Aid al Kabir es ante todo una de las grandes fechas de reencuentros familiares, y son millones los marroquíes que se desplazan en coche, tren o autobús hasta sus lugares de origen donde los espera el padre o el abuelo con el carnero bien engrasado.

Cuando llega el día del sacrificio, hacen su aparición los matarifes a sueldo, hombres armados con afilados cuchillos que ahorran a los ciudadanos modernos el macabro rito de tumbar en el suelo al carnero, degollarlo de un limpio tajo y desangrarlo hasta la última gota (pues comer la sangre está prohibido en el Islam).

Comienza entonces el festín gastronómico que sigue unas pautas muy codificadas que tienen que ver con los días en que los musulmanes no disponían de frigoríficos ni congeladores: primero se comerán las vísceras, siendo el plato estrella el "bulfaf", trocitos de hígado envueltos en la redecilla de grasa que envuelve el estómago y asados a la brasa.

El segundo día toca el turno de las cabezas: las familias suelen asarlas o mandarlas asar en plena calle, con lo que las ciudades se llenan de un penetrante olor a carne quemada que no quita el apetito de quienes, poco después, las comerán servidas en una bandeja de cuscús o de garbanzos.

Los pinchitos de carne picada, la paletilla o las costillas asadas en el horno... eso formará parte del menú de los siguientes días, así durante una larga semana en la que se baten todos los récords de colesterol.

La "Fiesta Grande" tiene también sus detractores, aunque sean testimoniales: un grupo de "defensores de las libertades individuales", implicados en el pasado en campañas contra el ayuno en Ramadán o en favor de la despenalización del aborto, han lanzado un movimiento llamado "No festejamos".

Tal vez decir un movimiento sea mucho: no han pasado de crear una página de Facebook con su nombre, que ha atraído a menos de 300 seguidores en la víspera del gran sacrificio.

Frente a ellos, 30 millones de marroquíes se sientan hoy a la mesa para hacer lisa y llanamente lo que manda la tradición.

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Por Javier Otazu