Julio Castro se sentó en la casa de su tío en Miami a ver el mensaje por televisión que daría el presidente John F. Kennedy la noche del 22 de octubre de 1962 para informar que la Unión Soviética estaba construyendo en Cuba bases para lanzar misiles nucleares capaces de alcanzar a casi cualquier ciudad en el hemisferio occidental.

Castro había escapado de la isla caribeña el año anterior, y sus padres y hermanos todavía estaban ahí. Se alistó en el ejército de Estados Unidos en agosto pensando que con la ayuda de una superpotencia, él y el creciente contingente de exiliados en Miami podrían derrotar a los comunistas que habían tomado el control hace casi cuatro años.

Ahora el mundo estaba al borde de una guerra nuclear. Castro estaba dispuesto a hacer cualquier cosa para proteger a Estados Unidos y liberar a su familia. Matar incluso.

A 144 kilómetros (90 millas) de distancia, su hermano se preparaba para hacer lo mismo.

Sin saberlo uno de otro, Julio y José Castro se enrolaron en el ejército, el hermano mayor con Estados Unidos y el menor con Cuba. Mientras los estadounidenses y soviéticos avanzaban lentamente hacia una catástrofe hace 50 años este mes, un hermano se mantuvo en las trincheras observando a las tropas soviéticas instalarse a las afueras de La Habana, mientras el otro esperaba órdenes en Miami.

Los dos sabían bien lo que hubiera pasado si Kennedy hacía caso al llamado de algunos asesores de invadir Cuba.

Y cada uno sabía su papel.

"Guerra es guerra", dice Julio Castro, ahora de 71 años.

Cuando se trata de esto, "le disparas al enemigo", comenta su hermano, de 69 años.

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Antes de la revolución, los hermanos compartían un lazo cercano.

De adolecente, Julio Castro recuerda disfrutar de las delicias de La Habana: pasearía por la ciudad en su cupé Austin Healey rojo y visitaría los clubes con amigos. Su hermano se imaginaba haciendo lo mismo cuando fuera mayor.

Pero nadie tuvo esta vida en Cuba. Con el gobierno de Fulgencio Batista, la brecha entre ricos y pobres creció y la corrupción estaba desenfrenada. Los presuntos disidentes eran asesinados. Incluso el abuelo de los muchachos, un legislador que era de un partido opositor, fue perseguido y acosado.

En su casa en Cuba hubo alegría y descontento cuando Fidel Castro — que no es pariente de ellos — y los revolucionarios marcharon triunfantes por La Habana y tomaron el control del gobierno en 1959. Su padre, que estudió filosofía, simpatizaba con las ideas del socialismo. Pero su madre se sobresaltaba por las ejecuciones de ex funcionarios del gobierno de Batista.

Lo mismo sentía su hijo mayor.

"Cubanos matando cubanos, eso no está bien", pensaba Julio Castro.

José Castro también estaba comenzando a tener su propia conciencia política. Dejó la escuela católica después de unirse a un grupo revolucionario y su padre le encontró trabajo en una fábrica de ropa. Ahí, hablando con los obreros, fue donde comenzó a ver otro lado de la vida en Cuba: la situación apremiante y explotación de las clases bajas.

"Era un mundo que no conocía", recuerda.

Por la noche, en casa, los dos jóvenes se abstenían de hablar de sus diferencias políticas. Pero cada vez tenían vidas más divergentes.

José Castro se afilió a un sindicato y prometió alistarse en el nuevo ejército revolucionario del gobierno. Mientras, su hermano mayor comenzó a hacer arreglos para irse de Cuba meses después de la invasión de Bahía de Cochinos, donde el ejército cubano frustró el desembarco de cubanos exiliados y entrenados por Estados Unidos.

Julio Castro solicitó una visa de estudiante con ayuda de un tío en Miami, sin decir nada a su hermano ni a su padre. Si alguno se enteraba, Julio temía que esto pusiera en riesgo su salida o hacer peligrar a toda su familia. Por eso un día de enero de 1962, se fue solo al aeropuerto, sin despedirse de nadie.

Diez meses después de su arribo, el 14 de octubre de 1962, un avión espía estadounidense voló sobre Cuba y fotografió bases soviéticas de misiles en construcción en la isla. Varios altos mandos en Washington exhortaron a invadir Cuba de inmediato, pero Kennedy dudó que fuera el mejor camino.

A 144 kilómetros (90 millas) de distancia, José Castro recibía órdenes para ayudar a resguardar una base soviética en un área boscosa; y aunque le dijeron que había misiles dentro, él nunca los vio. Le asignaron resguardar las trincheras externas y veía a soviéticos entrar y salir de la base.

"Pensaba que eran cohetes para defender al país, no para atacar", relata.

El 22 de octubre, Kennedy dio su mensaje por televisión e informó de una inminente amenaza nuclear. Cualquier ataque desde Cuba hacia el hemisferio occidental exigiría una "respuesta en represalia contra la Unión Soviética", declaró.

En Miami, Julio Castro, veía con expectación. Ya había aceptado participar en la Operación Mangosta, otro complot de la CIA para derrocar a Fidel Castro y el régimen comunista cubano. Mientras se desarrollaba la crisis de los misiles, esperaba órdenes para ser enviado al Fuerte Knox en Kentucky a recibir entrenamiento bacteriológico, químico y nuclear.

"Mi objetivo era resguardar a esta nación", dice Julio Castro. "Ese era el objetivo número uno. Asegurar la nación y luego tratar de liberar a mi hermano".

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José Castro pasó 30 años en el ejército cubano. Su madre y dos hermanas se fueron de la isla y se reunieron con Julio en Estados Unidos en ese tiempo.

A José no le permitían comunicarse con ellos, por ser "enemigos".

Todos en Estados Unidos eran considerados enemigos.

"Mi familia no es el enemigo", pensaba.

Aun así, supo poco de sus vidas. Su madre mantuvo contacto con su esposa y le envió durante décadas las vitaminas que tomaba.

Cuando concluyó su servicio militar, José Castro comenzó a trabajar como civil y fue ahí donde empezó a ver el otro lado de la revolución. Ya no tuvo los beneficios dados a los miembros del ejército, como alimento, vacaciones para su familia y transporte al trabajo. Vivía con su familia en un modesto apartamento con muebles que su madre compró en la década de 1950.

En 2004, más de 10 años después de jubilarse, recibió el permiso para irse del país.

Su hermano Julio lo recogió en el aeropuerto de Miami. Se abrazaron y lloraron.

"Bienvenido a la tierra de la libertad", le dijo Julio.

Para Julio, la Guerra Fría persiste, y la misión que él quería sólo se cumplió a medias. La familia está reunida, aunque en un país diferente al que hubiera esperado.

"Mi hermano y yo hicimos las paces", dice. "Hicimos las paces entre nosotros porque somos familia. No hay tensión porque hay amor".

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Julio y José de Castro participan en el documental de Javier Aparisi "La Crisis de los Misiles en Miami". Se puede encontrar más información en http://www.misilesdeoctubre.com