La pesadilla del iraní Mana Neyestani comenzó en 2006, el día en que publicó el dibujo anodino de una cucaracha dialogando con un niño en el suplemento dominical de un diario de su país. A partir de ahí se inició un proceso kafkiano que le llevó a la cárcel y, después, al exilio.

El problema era que la cucaracha pronunciaba un término azerí; y para algunos de los azeríes, un pueblo de origen turco que vive en el norte de Irán oprimido por el régimen de Teherán, el dibujo de Neyestani fue la gota que colmó el vaso, por lo que se produjeron altercados con resultado de muertes por los disparos policiales.

Neyestani (Teherán, 1973), cuya obra se convirtió en el icono de la desconfianza del pueblo iraní tras las elecciones de 2009, fue usado entonces, en 2006, como cabeza de turco por las autoridades, quienes para intentar calmar los ánimos de los azeríes le mandaron a prisión varios meses, junto al editor de su revista.

Toda su peripecia vital, que le llevó a huir de su país y a recorrer medio mundo (Emiratos Árabes, Turquía, China y Malasia) con su mujer hasta lograr asilo en 2011 en Francia, la cuenta en "Una metamorfosis iraní", editada en español por La Cúpula.

Todo empezó con una cucaracha. Ese sábado estaba en su apartamento de Teherán intentado encontrar inspiración para su tira semanal para Iran Jomeh, el suplemento dominical del diario Iran.

Ese fatídico día hacia calor y apareció por el suelo de su piso uno de esos molestos insectos, lo que le dio la idea de titular su historieta "Cómo luchar contra una cucaracha".

El problema es que en boca del animalillo puso la palabra "namana", un término azerí sin mayor transcendencia que todos usan en Irán cuando no saben que decir.

Arquitecto de formación, Neyestani había empezado su carrera de dibujante en prensa a los 16 años en diferentes periódicos políticos reformistas y de oposición, hasta la primavera de 2000.

Entonces, tras la prohibición de 17 periódicos, dejó el dibujo político para orientarse a la prensa juvenil, una actividad que le parecía de poco riesgo, como el mismo cuenta en su novela gráfica.

"¡Eso demuestra lo fácil que es equivocarse!", dice al destacar la ironía que marcó su destino y que compara con el de Gregorio Samsa, el protagonista de "La metamorfosis", de Franz Kafka.

Salvo que la transformación que se produce en "Una metamorfosis iraní" no afecta a su personaje sino a la realidad que le rodea.

Una realidad contenida en las paredes de la prisión 209, una sección no oficial de la cárcel de Evin, bajo mando del Ministerio de los Servicios de Información y de la Seguridad Nacional.

Aislamiento, interrogatorios, torturas, delaciones, corrupción, droga, malos tratos o prostitución son solo algunas de las prácticas que sufrió o de las que fue testigo durante sus dos meses de detención.

Apaciguados los ánimos azeríes, Neyestani recuperó la libertad, pero apenas un mes después la amenaza de regresar tras las rejas le lleva a fugarse con su mujer a Emiratos Árabes con un permiso de salida temporal del país. Nunca más volvieron.

Dubai fue la primera escala de su periplo por el mundo en busca de una embajada de algún país occidental que les diese refugio y una visa para su futuro. Finalmente, entre 2007 y 2010, vivió exiliado en Malasia desde donde colaboró con webs disidentes iraníes.

Merecedor de numerosos premios, muchos de ellos internacionales, Neyestani vive en la actualidad en París, acogido como artista residente en la Cité Internationale des Arts, en el marco del programa internacional de protección de la libertad de expresión para dibujantes.

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Catalina Guerrero