Las autoridades indias rodean desde hace décadas a Bangladesh con una de las mayores verjas del planeta para frenar el contrabando y la inmigración ilegal a través de una porosa frontera que se extiende por más de 4.150 kilómetros.

La inacción de Dacca y la presión interna condujeron a Nueva Delhi a iniciar el vallado en los ochenta, pero tras varios vencimientos de plazo no ha sido aún capaz de sellar por completo la frontera terrestre, que supone unos tres cuartos del total.

Y la fluvial, que discurre a lo largo de numerosos manglares y ríos que surcan el gigantesco delta del Ganges, es una vía de entrada difícilmente controlable aunque la fuerzas de seguridad hayan instalado luces y patrullen las aguas con lanchas.

En el distrito de Dhubri, situado en el estado nororiental indio de Assam, la doble verja alambrada de unos tres metros de altura es casi ubicua y se levanta a menudo junto a una carretera paralela poblada de puestos de control de la guardia fronteriza (BSF).

La valla separa tierras de cultivo y arrozales y los lugareños conviven con su presencia con aparente normalidad, a pesar de que algunos estudios describan esa frontera como una de las más sangrientas y con mayor movimiento del mundo.

En 2010, Human Rights Watch acusó a la BSF de haber matado en la década de los noventa a un millar de personas que intentaron franquearla.

Y el pasado junio el organismo denunció que estos asesinatos siguen ocurriendo de manera impune en el mencionado cuerpo, cuyos efectivos reconocieron a Efe en Dhubri tener órdenes de "disparar sin previo aviso" a los intrusos.

La principal preocupación en la India es la afluencia masiva de inmigrantes que han venido de manera ilegal al territorio desde la creación de Bangladesh, un país que obtuvo en 1971 su independencia de Pakistán con apoyo político y militar de Nueva Delhi.

El flujo migratorio ya existía en realidad desde mucho antes a raíz de la partición del subcontinente indio auspiciada por los británicos, que dejó el actual Bangladesh y entonces Pakistán Oriental encuadrado en la nueva India.

A falta de datos oficiales, algunas estimaciones oficiosas sitúan hoy el número de bangladeshíes asentados en suelo indio en entre 15 y 20 millones, muchos de ellos en regiones limítrofes como Assam, donde su progresivo aumento demográfico levanta muchas ampollas.

"Antes había una pequeña verja y les resultaba más fácil cruzar. Ahora es mejor, nos sentimos más seguros", dice a Efe Gourango Dekari, un maestro de escuela de Bishkawa, una aldea situada a pocos centenares de metros de la frontera.

"No nos gusta la gente de Bangladesh y siempre hay algo de tensión con ellos", agrega Dekari.

En opinión de Wasbir Husain, del Centro para Estudios de Desarrollo y Paz, "el desafío es decidir qué hacer con aquellos identificados como bangladeshíes" pues no hay un acuerdo de extradición con Dacca, que "niega" la realidad migratoria.

"No hay otra alternativa que recurrir a la diplomacia", razona.

La siempre cambiante relación bilateral ha mejorado desde 2009 con el nuevo Gobierno de turno en Bangladesh, que tiene una actitud más pro india y colabora más con Nueva Delhi por ejemplo contra los insurgentes indios que se refugian a su lado de la frontera.

Las partes firmaron además el año pasado un pacto territorial para corregir la delimitación de más de un centenar de enclaves poblados de uno y otro país que se encontraban en territorio del otro de manera errónea.

Si el movimiento de personas es importante, no menos espinoso es el de bienes, como divisas falsas o medicamentos, aunque quizás el más sorprendente y pujante es el de ganado vacuno que pace suelto en la India.

"La frontera es porosa y sufre mucho tráfico ilegal. Las mafias están asociadas", explica a Efe bajo anonimato un comandante del cuerpo fronterizo en la región, que asegura que "el contrabando de vacas es muy importante para la economía de Bangladesh".

"Estamos hablando de miles de vacas, allí tienen el triple de valor. Las trocean e incluso exportan la carne", dice la fuente.

En Assam, la verja casi está finalizada; no sucede los mismo en partes del norte de Bengala, algo que se hará en los próximos años, y sin embargo los lugareños tienen claro que ningún muro podrá detener estos fenómenos.

"La inmigración es una realidad. La gente viene a través de la verja, del río... ¿Pero qué se puede hacer? Nada", se lamenta el joven Dipin Roy.

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Igor G. Barbero