Catorce perlas de concha ovaladas y rosáceas, encastadas en una base de diamantes para recrear las líneas de una vid adornada con diminutos granos de esmalte negro, forman el exclusivo brazalete de Cartier que perteneció a la reina Victoria Eugenia, y que pronto abandonará la familia real española.

"Es una pieza única. De este estilo, con motivos de una parra, hay muy pocas en el mundo, y de éstas, que lleven perlas de concha, es la única conocida", explicó a Efe el director de Sotheby's Suiza, a poco menos de un mes que la pieza sea subastada en Ginebra.

Las responsables de la rareza y la exclusividad de la joya son las perlas de concha. Producidas por un molusco del Caribe, son consideradas piedras preciosas, como sus "primas" nacidas en el seno de las ostras, pero carecen de nácar porque son concreciones calcáreas.

Estas gemas no abundan ahora, y tampoco eran comunes en la alta joyería de los años veinte y treinta -cuando se supone que la pieza fue creada-, y aún menos en el trabajo del prestigioso y aún reinante Cartier.

"Eso nos hace pensar que tal vez la pulsera fue creada especialmente para la reina Victoria Eugenia", dedujo Bennet, sin, lamentablemente, poder aportar más detalles acerca del origen de la joya.

Antes de devenir monarca, abrazar la fe católica y adoptar el nombre de Victoria Eugenia, la reina fue una princesa británica, conocida como Ena de Battemberg, sobrina de Eduardo VII, y nieta de la mítica reina Victoria.

Nacida en 1887 en el castillo de Balmoral, en Escocia -donde veranea la reina Isabel II-, se casó el 31 de mayo de 1906 con Alfonso XIII de Borbón, rey de España y abuelo del actual monarca, y murió en Lausana (Suiza), en el exilio, en 1969.

En el momento de fallecer, vivían cuatro de los siete hijos que alumbró: Jaime, Beatriz, María Cristina y Juan.

Todas las joyas que le pertenecían se repartieron entre sus herederos, y Bennett asegura que el brazalete a subastar "ha permanecido siempre en posesión de miembros de la Familia Real española".

Una de estos descendientes, y más específicamente, "una mujer con título", a la que se quiere mantener en el anonimato, ha decidido desprenderse de la pulsera, que mide unos confortables 186 milímetros de largo por 25 milímetros de ancho.

Sotheby's ha establecido su precio entre 800.000 y 1,4 millones de dólares (620.000 y 1,08 millones de euros), aunque en el momento en que el subastador concluya la puja, esa cifra puede ser mucho mayor, "porque su rareza tiene un valor incalculable", reiteró Bennet.

El día de la subasta del brazalete se pondrá a disposición de los pujadores otras 589 piezas provenientes, todas ellas, de las colecciones privadas de varias casas reales y familias aristocráticas.

El experto recordó que en la época en la que el brazalete fue construido primaba el Art Decó y las joyas tendían a copiar esa moda, con piezas rectilíneas, equilibradas.

Cartier seguía la tendencia, pero también se concedió en varias ocasiones la creación de pulseras más naturalistas, con motivos frutales.

"Sin embargo, en estos casos, la de obras con motivos 'tutifruti', Cartier utilizó en casi todas sus creaciones las esmeraldas, rubíes y zafiros, las piedras provenientes de la India".

"El hecho de haber usado perlas de concha la convierte en una de las piezas creadas por Cartier más importantes del periodo entreguerras", agregó Bennet.

La incógnita sobre cómo su valor simbólico se concreta y se materializa en una suma de siete cifras se desvelará el próximo 14 de noviembre, cuando el brazalete abandone definitivamente la Casa Real española para ir a parar a manos de un multimillonario representante de la plebe.

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Por Marta Hurtado

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