Días después de que la policía irrumpió en uno de los barrios marginados más peligrosos de Río de Janeiro para recuperar el control territorial de manos de un poderosa organización del narcotráfico, trabajadores sociales y del sector salud trabajan para aligerar la desesperación y la desolación de cientos de personas adictas al crack que repentinamente se quedaron sin la potente droga.

Desde el domingo, cuando más de 2.000 policías entraron fuertemente armados en las favelas Manguinhos y Jacarezinho, grupos de profesionales de la salud con apoyo policiaco habían reunido a 231 consumidores de crack, entre hombres, mujeres y niños que viven en las calles, y otros 67 que habían migrado a otro lugar en busca de la droga.

El área ha sido uno de los mercados de crack más grandes de Río de Janeiro, conocido como "cracolandia", donde cientos de personas compraban la droga, la consumían y se quedaban en chabolas y sobre mantas, hurgando en botes de basura en busca de materiales reciclables que vender para poder comprar más crack.

"Estas personas tienen que ser curadas y tratadas", dijo José Mariano Beltrame, jefe de seguridad de Río, durante una visita al área el martes. "No regresan a Jacarezinho y Manguinhos; el área ahora está ocupada".

Los narcotraficantes, cansados de los problemas causados por adictos y por las incursiones de funcionarios de salud y trabajadores sociales, decidieron a principios de este año prohibir la venta de crack en Mandela, una de las favelas.

La policía está asumiendo el control de todo el complejo habitacional de 70.000 habitantes como parte de una iniciativa gubernamental para hacer de Río de Janeiro una ciudad más segura antes de que ahí se lleven a cabo la Copa del Mundo 2014 y los Juegos Olímpicos de 2016.