No es tanto que la historia de Lance Armstrong haya sido demasiado buena para ser verdad. Ahora quizá sea demasiado buena como para olvidarla.

Incluso después de que las investigaciones revelaran un mordaz reporte que lo dibuja como un tramposo que no se arrepiente de usar drogas, Armstrong sigue confundiendo a su público con imágenes contradictorias: la de una persona rapaz que haría lo que fuera con tal de ganar o el héroe que pudo superar al cáncer.

Todos hemos escuchado su historia previa: Un ciclista en ascenso que se enfermó de cáncer testicular a los 25 años y le pronosticaron menos de 50 por ciento de posibilidades de sobrevivir. En cambio, combate la enfermedad y vuelve más fuerte. Gana el Tour de Francia siete veces. Se codea con presidentes. Sale con una estrella de rock. Utiliza su éxito y fama para recaudar millones de dólares y promover la concientización sobre el cáncer.

Incluso aunque en realidad es el cuento de hadas que parece — uno escrito en una ríspida montaña de drogas, decepción y presiones — ha sido la cantaleta que el mundo ha escuchado por casi 15 años.

Más de 1.000 páginas de evidencia detallada por parte de la Agencia Antidopaje de Estados Unidos ahora está abierta, apoyando su decisión de proscribir a Armstrong del ciclismo de por vida y le quitaron sus títulos por uso de sustancias que mejoran el desempeño. Sin embargo, mientras que otras estrellas deportivas que han padecido una caída de este tipo se desdibujan de la memoria o se convierten en objetos de escarnio, Armstrong se mantiene como antes.

Además de verlo en las redes sociales, uno puede ver este fenómeno en sus patrocinadores — Nike es un ejemplo — que se mantienen al lado del ciclista. Uno pude verlo en las donaciones hechas a la Fundación Lance Armstrong, que han crecido desde agosto, cuando Armstrong anunció que no lucharía en contra de los cargos por dopaje.

"Toda su historia cae, de alguna manera, en la categoría de 'en ocasiones la gente buena hace cosas malas' o por el contrario 'a veces la gente mala hace cosas buenas''', dijo Stan Teitelbaum, autor de "Los atletas que se entregan a su lado oscuro".

"En cierto modo, es como el 'Síndrome de lo que sea'. Solía ??haber una fuerte sensación de indignación ante este tipo de cosas. ¿Cómo podía mi héroe ser así? Pero luego de que la gente, el público, se ha desilusionado tantas veces, nos encogemos de hombros y decimos simplemente: 'Lo que sea''', concluyó.