El arte puede surgir donde nadie lo espera y el reconocimiento como artistas de pleno derecho de enajenados, discapacitados, presos, marginales y, en general, de personajes antisistema así lo demuestra, como se aprecia al visitar en Suiza una de las mayores colecciones de "arte bruto" del mundo.

El recinto del Museo de Arte Bruto de Lausana reserva innumerables sorpresas y propone al visitante un horizonte artístico muy ajeno al de los museos convencionales, cuyas colecciones y exposiciones suelen estar definidas por artistas, corrientes o épocas específicas

Con un fondo de más de 6.000 obras de 400 artistas, este museo alberga una variada colección que refleja la intensidad de emociones y sentimientos, un fuerte inconformismo y extraños universos creados por sus autores.

Independientemente de que las obras naciesen en un asilo psiquiátrico, en una cárcel, en un sótano o en plena calle, la gran mayoría comparten características comunes: el desdén por el mundo formal del arte, el desinterés por la obra una vez finalizada, el enfermizo y acelerado ritmo de creación y la utilización de materiales reciclados.

El término "arte bruto" fue acuñado por el pintor francés Jean Dubuffet para designar producciones de autores autodidactas, y capaces de crear fuera de toda regla y marco institucional que hubiese formateado su creatividad.

Más de medio siglo después, la concepción de arte bruto no solo sobrevive, sino que se ha convertido en una forma de expresión que interesa cada vez más a galerías y coleccionistas, y que se ha convertido en un nicho más del mercado del arte, según confirma la responsable de prensa del museo, Cathy Savioz.

"Hasta hace algunos años no había rentabilidad en el arte bruto, no existía el criterio comercial, pero esto va cambiando y poco a poco han empezado a surgir galerías especializadas", comenta a Efe.

La identificación de un creador de arte bruto -categoría que engloba pintura, escultura, bordado y gravado, entre otros tipos de expresión- suele ser póstuma, cuando las obras llegan a manos de museos o marchantes a través de familiares o del personal de la institución en la que el autor puede haber estado internado.

La historia de Eloise (1886-1964), una mujer suiza que pasó la mayor parte de su vida en un asilo psiquiátrica, que pintaba de forma obsesiva y de la que actualmente se presenta una exposición temporal, es un caso de esos.

Eloise, cuyas obras se centraban en la mujer y el amor, produjo miles de pinturas que iba regalando a enfermeras y médicos, que reconociendo su valor artístico conservaron unas 800 que legaron al Museo de Arte Bruto, una historia parecida a la del minero francés Gaston Duf (1920-1966), recluido por transtornos psiquiátricos y que hacía curiosos dibujos con motivos de bufones o animales extraños.

Dubuffet descubrió también al italiano Joseph Giavarini (1877-1934), un humilde obrero que estando en prisión por asesinato modelaba estatuillas con miga de pan, y al escocés Scottie Wilson (1888-1972), que siendo analfabeto y vendedor ambulante produjo una obra gráfica extremadamente refinada y de una rigurosa sintaxis lineal.

El suizo Adolf Wolfi (1864-1930) provenía de una familia suiza indigente, fue huérfano y víctima de maltratos, pero produjo una colosal obra de más de 25.000 páginas que reunían ámbitos tan diversos como el dibujo, la música, la filosofía y las matemáticas.

Fue la figura humana masculina el tema de predilección del austríaco Josef Hofer, víctima de un retraso mental, así como de problemas de audición, habla y movimiento, para quien el dibujo se convirtió en la única manera de expresión.

Más reciente es la obra de Martine Copenaut (1955-2004), quien realizó minuciosos dibujos que aparentaban a mosaicos multicolores de los que emergen figuras humanas o paisajes, o de Judith Scott (1943-2005), quien realizaba esculturas de capullos gigantes o fetiches de significado mágico. Ambas mujeres eran trisómicas, pero Scott era además sorda y muda.

La colección no se agota en creadores europeos, sino que ha logrado incorporar obras de otros continentes, entre las que destacan la del ghanés Ataa Oko, quien fabrica ataúdes figurativos personalizados, o del japonés Shinichi Sawada, autista que esculpe criaturas mágicas salidas de una mitología personal, ambos vivos.

Tras casi cuarenta años de funcionamiento, el Museo de Arte Bruto de Lausana cuenta con una red a través de la cual recibe propuestas de nuevos artistas, entre los que se hecha en falta a autores españoles o latinoamericanos.

Al tratar de explicar esa ausencia, Savioz comenta que probablemente se debe a que los anteriores directores de la institución carecían de contactos con el mundo hispánico, pero asegura que el museo siempre está abierto a nuevas propuestas.

Con un número de visitas anuales de cerca de 40.000, cada vez son más los interesados en este tipo de arte, incluyendo familias, profesores de artes visuales y artistas en busca de inspiración.

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Por Isabel Saco