La guerra civil española la perdió quien "más hambre pasó", señala a Efe el hispanista Michael Seidman quien en el ensayo "La victoria nacional" analiza la "eficacia" económica de los sublevados durante la contienda, pero no después, y dice que Franco fue el contrarrevolucionario con más éxito del siglo XX.

Pero para que nadie se llame a engaño "La victoria nacional. La eficacia contrarrevolucionaria en la guerra civil", editado por Alianza Editorial, "no es un libro franquista", advierte Seidman, especialista en historia social y económica.

Franco fue "un general, no perfecto desde el punto de vista militar, pero sí competente", un estratega "prudente y cuidadoso", que comprendió bastante pronto que el conflicto se convertiría en una guerra de desgaste y su prioridad fue asegurarse de que sus tropas tuvieran medios para aguantar más que el enemigo, explica.

"Los nacionales fueron los únicos contrarrevolucionarios del siglo XX que han podido dar comida a su gente", algo que no lograron los nacionalistas chinos y los rusos blancos que sucumbieron ante los movimientos revolucionarios de sus respectivos países, explica.

Cómo vivía el pueblo, cómo era su vida cotidiana, es el hilo "original" del que tira Seidman, profesor de Historia Europea en la Universidad de Carolina del Norte (Wilmintong, EEUU) para analizar el conflicto a pie de calle en el bando nacional.

Un ejercicio similar al que efectuó hace casi una década, en 2003, cuando publicó "A ras de suelo", una radiografía del conflicto desde la perspectiva de la gente corriente, individuos, familias y grupos que sufrieron la guerra, pero en el lado republicano.

Y la conclusión es inapelable: "salieron victoriosos los que dirigieron la economía de guerra de manera eficiente".

Los nacionales fueron capaces, por ejemplo, de establecer una moneda sólida, limitar la inflación y recaudar impuestos, así como ganarse la confianza de los campesinos y gestionar mejor los recursos, tanto de comida como de animales, especialmente las mulas, esenciales en el esfuerzo de guerra y en las labores del campo.

Al tener, añade Seidman, más respeto por la propiedad privada había menos saqueos por parte de las tropas y, por tanto, la población rural y los pequeños propietarios sintieron más simpatía y lealtad hacia los sublevados en un país con una burguesía prácticamente inexistente, salvo en Cataluña y País Vasco.

Es verdad, reconoce Seidman, que hubo ayuda exterior de los fascistas, pero mantiene que no fue tan determinante como aseguran muchos historiadores políticos y diplomáticos. "Los nacionales pagaron buena parte de la guerra con sus impuestos", afirma.

La ayuda extranjera fue un factor necesario, pero no suficiente para la victoria, añade Seidman, que insiste en que la forma de administrar los recursos contó tanto o más que la cantidad de ellos.

La República, señala, fue incapaz de capitalizar sus muy considerables activos, que incluían el control inicial de la mayoría de la población, las principales ciudades, el Tesoro y la mayor parte del aparato del Estado.

Contaba también con ayuda de muchas democracias occidentales, las cuales conforme fue avanzando la contienda eran cada vez más reacias a respaldar a un Gobierno que creían que no emplearía su ayuda de forma sensata. Y con el hambre creció se deslegitimó el régimen.

Pero toda la eficacia que los nacionales desplegaron durante la guerra se desmoronó al acabar la contienda, constata Seidman, muy crítico con la drástica política de control de precios durante la posguerra que fomentó el estraperlo y la corrupción.

Un mal que paradójicamente fue "una forma de resistencia al régimen y también de acomodación o conformismo", así como "un caldo de cultivo para educar en la corrupción a todo un pueblo", lamenta.

Afortunadamente, celebra Seidman, muy crítico con el neotradicionalismo católico, a finales de los años 50 se abandonó la rigidez autárquica y se aplicaron políticas más flexibles que favorecieron la modernización de España y su inclusión mucho más tarde, de pleno derecho, en la Europa Occidental.

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Por Catalina Guerrero