En su nuevo libro "Noticias de la Tierra", el poeta Homero Aridjis hace un recorrido por sus casi tres décadas de lucha ambientalista, en la que ha defendido ballenas, ríos, tortugas y un cielo gris que volvió a ser azul.

La década de los 80 fue para la Ciudad de México, por decir lo menos, oscura. Se decía que era la ciudad más contaminada del mundo, una espesa nube negra hacía las veces de cielo desde donde caían pajaritos muertos, los niños no podían hacer ejercicio al aire libre y había quienes decían estar enfermos de "inversión térmica".

Un día de marzo de 1985, Aridjis leyó en un diario una carta enviada por un filósofo que se quejaba de la grave contaminación de la capital.

"Escribir una carta en la Ciudad de México a un diario es como mandar una carta a Santa Claus, nadie las lee. Si todos nos quejáramos juntos.", pensó el poeta.

Llamó a sus amigos y los invitó a exigir juntos medidas contra la contaminación, y 100 artistas e intelectuales firmaron: Octavio Paz, Leonora Carrington, Rufino Tamayo y Juan Rulfo fueron algunos.

Montado en un taxi bajo un cielo negro de smog, Aridjis repartió la carta a medios nacionales e internacionales.

"Por primera vez en mi vida me sentí subversivo; estaba repartiendo un texto contra el gobierno y en solitario", dijo 27 años después en una entrevista reciente con The Associated Press en las oficinas de su editorial en la Ciudad de México.

Al día siguiente la carta apareció en todos los medios y el teléfono del poeta no dejó de sonar: lo felicitaban, le daban quejas, le agradecían.

"Yo me sentí como Chaplin en 'Tiempos modernos'. Va caminando, hay una manifestación, se cae una bandera, la recoge y se convierte en líder de un movimiento sin quererlo", dijo quien se convirtió en el líder del aún llamado Grupo de los Cien.

Su nuevo libro, "Noticias de la Tierra" (Editorial Debate), escrito en colaboración con su esposa Betty Ferber, hace un recorrido por sus 27 años de lucha por el medio ambiente, con textos periodísticos que dan cuenta de sus actos y textos propios que en su momento denunciaron hechos atroces contra la ballena gris en Baja California o la mariposa monarca en Michoacán.

Aunque el poeta dice que su involucramiento con la defensa de la naturaleza es un evento azaroso, parece que su vida estaba marcada así desde niño.

Aridjis nació en 1940 y creció en un pueblo minúsculo en el cerro de Michoacán llamado Contepec, parte del Santuario de la Mariposa Monarca. A los 10 años tomó una escopeta para dispararle a pájaros, pero en un momento de arrepentimiento y amor a las aves bajó el arma, que pegó al piso y se disparó el segundo cartucho. Treinta y dos municiones penetraron su vientre. Su padre logró llegar con él vivo a Toluca, donde pasó varios días inconsciente, y cuando despertó lo esperaban libros de fábulas -"los mismos que leyó Neruda"-, regalo de su padre.

Desde entonces se dedicó a la lectura, la escritura y los paseos por el campo.

Aquella primera declaración del Grupo de los Cien fue sólo el primer paso de una larga lucha política para que las autoridades se responsabilizaran de la situación de contaminación de la ciudad.

Un secretario de Desarrollo Urbano y Ecología fue removido, pero "nos quitaron un corrupto y nos pusieron un inepto", dice. "México era un país muy ecológico porque en política reciclaba la basura".

Ese mismo año un terremoto destruyó física y moralmente a la Ciudad de México. Al menos 10.000 muertos y 150 edificios destruidos. "La corrupción no es buena constructora", declaró Aridjis entonces.

"En el 85 vino el invierno y tuvimos casi una epidemia por las partículas suspendidas", recuerda, lamentando que las autoridades no hacían nada, los niños no podían salir de sus salones a la hora del recreo, había historias en los medios de niños desmayados en los patios escolares mientras hacían ejercicio y de bebés que nacían con envenenamiento por plomo.

México era una de las ciudades más contaminadas del mundo y a Aridjis lo llamaron "el terrorista ambiental" porque sus declaraciones dañaban la imagen de la ciudad.

Una noche Aridjis recibió la llamada de un periodista que le pedía que fuera a la Alameda Central. Recogió pájaros muertos por la contaminación.

El Grupo de los Cien presentó a las autoridades locales y federales ocho medidas urgentes: sacar industrias y la refinería de la ciudad, reducir el plomo en la gasolina, cubrir los basureros al aire libre, instalar equipos anticontaminantes en el transporte público, crear el programa Hoy no Circula, rehabilitar áreas verdes, regular los crímenes contra la ecología e informar a los ciudadanos sobre los niveles de contaminación.

Uno por uno y pelea tras pelea, el gobierno fue implementando sus peticiones: algunas completas, otras maltrechas. En dos décadas la Ciudad de México revirtió los índices de contaminación de aire. La mañana de la entrevista el cielo de la Ciudad de México es claro y el sistema de medición ambiental reporta que la calidad del aire es buena.

Mientras peleaba por volver a ver el azul del cielo de la ciudad en la que vivía, a Aridjis le preocupaba el cerro en el que había crecido. Los oyameles donde descansa la mariposa monarca estaban siendo talados indiscriminadamente.

"Había un general que talaba los árboles con todo y mariposas, les echaban los camiones encima. Yo estaba preocupadísimo, aunque mi cerro estaba más o menos intacto", recordó.

Aridjis cuenta que en un momento en que la presidencia pretendía prohibir una manifestación de niños contra la contaminación, él convenció al presidente Carlos Salinas declarar el santuario de la mariposa área protegida.

"Le dije a Manuel Camacho (secretario de Ecología), '¿Por qué no cambian la represión por algo positivo? ¿Por qué el presidente de la república no declara los santuarios de la mariposa áreas protegidas?'''.

Parecía una broma, pero se había conseguido, aunque sólo en papel. "El 9 de octubre del 86 se volvió oficial. Pero el 14, la Secretaría de Agricultura daba docenas de permisos para talar los (mismos) cerros. Una secretaría protegía y la otra daba permisos. Yo lo supe seis años después, cuando vino una mortandad de mariposas".

Décadas después Aridjis consiguió que la Unesco declarara al santuario patrimonio de la humanidad.

A la monarca y el aire de la Ciudad de México sucedieron otras luchas: la construcción de una salinera de la empresa japonesa Mitsubishi en Baja California Sur que amenazaba el hábitat de la ballena gris. Aridjis llevó a Hollywood al sur de la península: Pierce Brosnan y Glenn Close, Robert F. Kennedy Jr. y Jean Michel Cousteau visitaron las ballenas y se opusieron a la salinera.

Cuando algunos grupos consumían huevos de tortuga, un supuesto afrodisiaco, el Grupo de los Cien y sus aliados lanzaron una campaña en la que una modelo decía "Mi hombre no necesita huevos de tortuga".

Con su voz suave y su trato caballeroso, Aridjis parece tener el don del convencimiento.

Convenció a Carlos Slim para que no construyera una fábrica de celulosa en la Ciudad de México, a Jorge Luis Borges y Allen Ginsberg de asistir a un festival de poesía en Michoacán, a los embajadores de la Unesco para que votaran a favor del santuario de la mariposa monarca.

En el camino ha recibido amenazas que algunas veces, dice, parecían venir de la delincuencia organizada, otras quizá de altas esferas políticas o empresariales. Vivió un año con guardaespaldas que le provocaban más miedo que seguridad.

Cada vez más el medio ambiente se volvió parte de su obra literaria con títulos como "El ojo de la ballena" o "La montaña de las mariposas". A los premios literarios -el Xavier Villaurutia a los 24 años y dos veces beca Guggenheim, entre muchos otros- se han sumado los reconocimientos a su activismo como el Global 500 de la ONU, o el Green Cross Millenium por Liderazgo Internacional entregado por Mijail Gorbachov y Global Green.

Hace 27 años, dice Aridjis, no existía tal cosa como la cultura ecológica. Ahora es otra cosa, hay gente con conciencia de la naturaleza, aliados y activistas locales, pero esta lucha es como el mito de Sísifo "sube una roca, se cae de nuevo y el castigo eterno es volver a subir".

Hoy le preocupa la minería a cielo abierto en Latinoamérica, la contaminación del agua y los nuevos intereses que llegan con los cambios de poder.

"Cada cambio de gobierno en México no sabemos si van a retomar proyectos estancados. La salinera, por ejemplo, es una tentación de políticos y empresarios que no acaba", dice el poeta. "Uno lucha a muerte por algo, gana una batalla, pero la guerra sigue. Las fuerzas depredadoras no descansan. Siempre por razones políticas y económicas".