Pudo haber civilización, poesía y libros en medio del infierno de Auschwitz? Pues sí, hubo un resquicio por el que se coló aliento humano, según cuenta el periodista y escritor Antonio Iturbe en "La bibliotecaria de Auschwitz", una novela basada en hechos reales acerca de Dita Kraus, la Ana Frank bibliotecaria.

Una niña que sobrevivió al horror que hoy tiene ya 82 años y vive en Israel, cuya experiencia vital ha recuperado Iturbe (Zaragoza, España 1967), afincado en Barcelona y dedicado al mundo del periodismo cultural desde hace más de veinte años.

En "La bibliotecaria de Auschwitz", publicada por Planeta, Iturbe añade algo de ficción a esos huecos a los que la historia no llega, según él mismo explica a Efe, y cuenta cómo la protagonista, Dita Adlerova (Dita Kraus), una niña, consiguió junto a Freddy Hirsch crear en el barracón 31 de Auschwitz una escuela y biblioteca clandestina.

A Dita, a los trece años, la mandaron con su familia a Terezín, a 60 kilómetros de Praga, un gueto amurallado elegido por los nazis "para mostrar, a petición de la Cruz Roja internacional, que la cosa no era tan mala, que no se gaseaba y mataba a los judíos, sino que únicamente se los privaba de libertad, y que se les permitía tener a sus niños con ellos", explica el autor.

Después, directamente, Himmler decidió en 1943 abrir un campo para estas familias checas judías de Terezín, y así llegó la familia de Dita a Auschwitz, adonde, igualmente desde Terezín, llegó también "el instructor de juventud" Freddy Hirsch, quien por mandato de los nazis tenía que entretener a los niños en un barracón y apartarlos de los adultos para que no molestasen durante la dura jornada de trabajo.

Y ahí comienza el engaño a los nazis por parte de este hombre alemán, muy pulcro pero que también guarda un secreto que conduce la trama del libro y de su vida.

Un relato que nació en la mente de Iturbe tras la lectura del libro de Alberto Manguel "La biblioteca de la noche", donde se hacía una pequeña referencia a este lugar clandestino que le sirvió al autor de "Rectos torcidos" y "Días de sal" para tirar del hilo de este fragmento de la historia.

Luego Iturbe visitó Auschwitz, indagó, buscó, estudió y encontró a esta superviviente, y al final escribió el libro para lanzar esta reflexión sobre la importancia de la lectura, que no es otra que la de que "los libros no salvan vidas, no te dan de comer, ni hacen que el verdugo suelte la guillotina, pero sí ayudan a vivir mejor y hacen al ser, humano", dice.

"Creo -sostiene el autor- que no hay que ser derrotista, pero una cosa que enseña Auschwitz es que, en medio de este terror, donde el mal ya no puede ser mayor, siempre hay alguna florecilla en medio de la basura; en medio del vertedero y los escombros siempre aparece una planta verde".

Y es que en el infierno "hubo una gente que pudo montar una escuela y los niños tuvieron una vida mejor y una esperanza en la condición humana. Fueron personas con una gran generosidad y no creo, como dijo Adorno, que después de Auschwitz ya no puede haber poesía. Si perdemos la poesía ¿de qué vale la vida? Esta historia demuestra que la condición humana puede crear el horror, pero también ser capaz de lo mejor", afirma.

En esta pequeña biblioteca clandestina circulaban tan solo ocho libros: "Atlas universal", "Breve historia del mundo", de H.G.Wells, "Gramática rusa", "Tratado elemental de Geometría", "Nuevos caminos de la terapia psicoanalítica", de Freud, una novela rusa sin cubierta, "Las aventuras del bravo soldado Svejk", de Jaroslav Hasêk, y "El conde de Montecristo", de Dumas.

Títulos cuya lectura conducirá a la propia Dita, a lo largo de este relato, por la vida y obra de sus protagonistas, abriéndose con ello a todo un mundo de experiencias y a una vida a la que ella no tenía acceso.

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Carmen Sigüenza