Con largos vestidos y turbantes blancos, los líderes religiosos entonaron cánticos en idioma africano y salpicaron agua sobre el suelo de cemento de una modesta vivienda cerca de este puerto. Bajo sus pies yacían los restos de decenas de miles de esclavos africanos que murieron poco después de llegar al continente americano en su aterradora travesía transatlántica.

Los muertos habían sido arrojados en una fétida fosa al aire libre, a veces mutilados y mezclados con basura.

Mediante la ceremonia de 15 minutos realizada esta semana, los clérigos afrobrasileños dieron aunque sea una mínima apariencia de sepultura digna para los esclavos.

"Agradezco a Dios por esta oportunidad", expresó Edelzuita Lourdes de Santos Oliveira, llamada "Madre Edelzuita", practicante de la religión candomblé. "Hemos honrado a nuestros antepasados con canciones que ellos mismos nos dejaron".

Ha sido una larga historia, no sólo para los esclavos sino también para los dueños de la vivienda y los demás que buscan dar reconocimiento a la trágica trayectoria de los negros en Brasil, un país que a veces trata de eludir su legado de esclavitud y racismo.

En este caso, los restos fueron descubiertos por casualidad, cuando una pareja compró la propiedad en 1996 y comenzó a remodelarla. En los años siguientes, los restos óseos fueron arrojados en fosas, ya sea por los obreros de construcción o por académicos. Hoy en día, un visitante puede mirar el subsuelo a través de pirámides de vidrio, y observar los restos de unos 20.000 hombres, mujeres y niños inhumados allí.

La mayoría de los esclavos eran Bantu, una etnia que habitaba el sur y centro de Africa. Tenían una creencia común: que si sus restos no eran enterrados dignamente, no podrían reencontrarse con sus antepasados, dijo el académico Julio César Medeiros Pereira, autor de un libro sobre ese cementerio.

"Lo que yo siento ahora es como que esos ancestros que durante tantos años estuvieron enterrados allí, han vuelto a la vida", expresó la "Madre Edelzuita".

El cementerio era parte de lo que una vez fue el mayor complejo de tráfico de esclavos en las Américas. Un millón de hombres y mujeres llegaron al Nuevo Mundo aquí, y fueron confinados en unos 50 almacenes hasta que eran vendidos.

Muchos de esos esclavos murieron antes de ser vendidos, extenuados por la travesía transatlántica, y sus restos fueron inhumados en lo que entonces se conocía como "El cementerio de los nuevos negros", que funcionó en Rio de Janeiro entre 1769 y 1830, aunque más parecía una fosa que un cementerio.

Los restos de los "nuevos negros" — apodados así por ser recién llegados — fueron arrojados en fosas comunes, calcinados, y cortados a fin de hacer espacio para otros cuerpos. Desde algunos de los almacenes las fosas se veían e incluso se olían, dicen investigadores.

Los propietarios de la casa, Ana de la Merced Guimaraes y su esposo Petrucio, han sido claves para animar las investigaciones y atraer la atención pública al hallazgo. Sus esfuerzos se han financiado mayormente con fondos propios y la ayuda de allegados. Merced Guimaraes además ha abierto la puerta de su casa a visitantes y ha organizado eventos como por ejemplo para el 13 de mayo, día en que Brasil conmemora la abolición de la esclavitud.

Debido a la burocracia oficial y a la falta de recursos, el proyecto se demoró, pero para el 2005, Merced Guimaraes había establecido una organización educativa y de investigación, llamada el Instituto de los Nuevos Negros. Un subsidio del gobierno le permitió organizar seminarios sobre la herencia africana brasileña. El año pasado, dijo ella, 930 personas asistieron a los seminarios. Sólo ahora, gracias a recursos municipales, pudieron cubrir las fosas con vidrio -- por recomendación de los sacerdotes -- y preparar el lugar para su exhibición.

A pesar los obstáculos, Guimaraes perseveró, sintiéndose responsable por los fallecidos que yacen debajo de su casa.

"Nadie se ocupó de ellos", dijo Guimaraes. "Murieron abandonados, en un lugar donde no conocían a nadie, y yo pensé, ¿quién luchará por ellos?"

Los académicos que analizaron los restos óseos confirmaron algunos detalles que ya se sabían: los restos eran en su mayoría de hombres jóvenes, y provenían de Africa, tanto del litoral como del interior.

Queda mucho por averiguar sobre los muertos enterrados allí, dijo Reinaldo Tavares, un arqueólogo vinculado con el instituto.

"Detrás de cada brasileño hay un 'nuevo negro''', comentó Tavares. "Son ellos los que murieron. Los que sobrevivieron tuvieron descendientes que hoy están por todo Brasil. Estamos haciendo todo lo posible por preservar esta historia y sacarla a la luz".

Esta semana también fue inaugurada, en una casa adyacente, la galería de arte Nuevos Negros, con una exposición llamada Arqueología Nueva. Las piezas contemporáneas, de 17 artistas, utilizan sonido, video, fotografía, pintadas y esténcil para proyectar la historia de la vecindad, el cementerio y la casa.

Las obras incluyen una escultura de plástico flexible llena de artesanías azules y blancas, símbolo tanto del océano que los esclavos cruzaron y la artesanía que trajeron con ellos. Además, hay una cacerola enorme de arcilla de la que emanan varios sonidos, inclusive de niños jugando y de música afrobrasileña.

"La idea es que lo viejo y lo nuevo conviven en armonía, aprovechando lo que cada uno tiene que ofrecer", dijo la artista y curadora Gabriela Maciel.

En medio de la galería hay otra fosa cubierta de vidrio, por la cual se ven los restos de un campamento de indígenas tupinamba del siglo XVII, con fragmentos de artesanía portuguesa. Fue descubierto por investigadores que excavaban la zona en busca del perímetro del cementerio.

"Aquí tenemos a los indígenas, a los negros, a los portugueses: somos nosotros, somos Brasil", dijo el curador del instituto Marco Antonio Teobaldo.

Pero la idea no es sólo ver hacia atrás, sino adelante también, dijo Merced Guimaraes.

"Queremos echar la vista hacia el futuro, no queremos concentrarnos solamente en los que ya se fueron, es también sobre el pueblo y la cultura de los que viven", expresó.