A un campesino mexicano se le atribuye haber dicho que la independencia de su país era, en realidad, “otro cura en una mula diferente”. En su léxico, el cura representaba a la clase dirigente y la mula, en sus variadas acepciones, al sistema político, adaptable según las circunstancias. La presunta reflexión del campesino mexicano, coronada el 16 de septiembre de 1821 después de once años de luchas, excede las fronteras de Chiapas. Va más allá, quizás hasta la provincia argentina de Tierra del Fuego, el fin del mundo. Desde entonces, la desigualdad ha dejado su huella en América latina, así como la pobreza en África.

En tiempos de prosperidad, tanto el actual como los pretéritos, ese déficit no ha dejado de hacer mella. El continente se ha convertido en los últimos años en el más urbanizado del planeta, pero, en forma simultánea, tiene las mayores tasas de desigualdad, según el Programa de las Naciones Unidas para los Asentamientos Humanos (ONU-Hábitat). ¿Qué significa esto? Que algo así como 468 millones de personas (ocho de cada diez) reside en ciudades (la mitad, de menos de 500.000 habitantes), pero 111 millones (el 24 por ciento) lo hace en tugurios levantados en barrios pobres y cinturones de miseria.

En sus discursos, los políticos exhiben con orgullo cifras ciertas de reducción de la pobreza, pero, según el informe Estado de las Ciudades de América Latina y el Caribe, “una de cada cuatro personas en áreas urbanas es pobre y los índices de desigualdad de la región se sitúan entre los más altos del mundo”. ¿En qué quedamos, pues? En que las mejoras, de haberlas, no han sido para todos y, por ello, se ha acrecentado la crónica desigualdad, causal de violencia, segregación y otras lacras no atribuibles a la pobreza. Meten la mula las estadísticas, como suele decirse cuando alguien hace trampa en un juego de naipes.

La efervescencia social en América latina, traducida en reclamos sectoriales por promesas incumplidas o plegarias desoídas, refleja una profunda debilidad de las instituciones y los partidos políticos. E incluso, como ha ocurrido en enfrentamientos con gobiernos de distinto grupo y factor, en la autonomía de las bases respecto de los líderes. Esto coincide con el mejor período económico de la región en un cuarto de siglo, más allá de su proverbial desigualdad y de sus avances en la reducción de la pobreza y la indigencia.

En un contexto favorable, aupado en el crecimiento de la economía mundial a pesar de la crisis, la fórmula aplicada por la mayoría de los gobiernos reza: “nosotros”, identificados con “el pueblo”, contra “ellos”, enrolados en grupos de interés. Los partidos y los sindicatos, pilares de la modernidad, no se han adaptado al nuevo paradigma; de ahí su ausencia en los debates clave. Tampoco se han adaptado las sociedades, expuestas a la irritación frecuente, y contagiosa, de los presidentes.

La bonanza se debe a la demanda internacional de commodities (productos primarios). Los campesinos deberían ser los niños mimados, pero son cada vez menos. En varios países discrepan con sus gobiernos por motivos diversos que poco y nada tienen que ver entre sí, pero exigen la intervención del Estado. El Estado, según Ronald Reagan, era parte del problema, no de la solución. En América latina,  tras el esplendor del mercado en los noventa, esa proposición terminó siendo falsa. Al calor de las protestas, los grupos de interés esperan rectificaciones y reformas. Frente a ellos, los partidos se muestran incapaces.

Todo depende del cura y de la mula, dado que, según el informe de la ONU, “muchos municipios son incapaces de autofinanciarse y carecen de los recursos humanos, institucionales y económicos para su buen gobierno”. No deja de ser paradójica la falta de planificación: cuando más gente requiere el campo, más gente se traslada a las ciudades por falta de oportunidades en sus lugares de origen en una región rica en la cual un tercio de su población (180 millones de personas) vive en la pobreza y dos de cada diez tienen un ingreso per capita superior al 20 por ciento más pobre.

Distribuyen mejor su renta Venezuela y Uruguay; la distribuyen peor Guatemala, Honduras, Colombia y Brasil, según la ONU. ¿Dónde vive más gente en las ciudades? En Paraguay, dato curioso por su perfil agrícola y ganadero, seguido por la Argentina, Chile y Brasil. La pobreza urbana campea con fuerza en Paraguay, México y Brasil.

Tres ejes fija la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal) para salir del atolladero: un cambio estructural que permita avanzar hacia sectores más intensivos en conocimiento, la convergencia para reducir las brechas internas y externas de ingresos y productividad, y la igualdad de derechos. Es su discreta fórmula para romper con la rutina de “otro cura en una mula diferente” y dejar de ser igualmente desiguales.

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